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LA REVOLUCIÓN Y LAS ESTRELLAS

EL EXILIO

por Eduardo Carrasco 

Nosotros comenzamos el exilio sin saberlo. Partimos de Chile, a mediados de agosto de 1973, convencidos de que la gira que iniciábamos duraría algunas semanas. Hacía tiempo que veníamos tratando de hacer algo, aunque fuera modesto, en el extranjero. Nuestras salidas, hasta entonces, se habían limitado a algunas giras a Europa sin grandes repercusiones, y a nuestras visitas a la Argentina y al Uruguay, países donde habíamos logrado un reconocimiento comparable al que teníamos en Chile. Ese año, no habíamos programado nada especial, y sólo un cable que nos llegó desde Francia, anunciándonos la proposición de cantar en el Olympia el 15 de septiembre, nos hizo comenzar a pensar en una eventual salida.

Esta escena parisina tiene una imagen muy prestigiosa en América Latina. Para nuestro Macondo, aparte de la Comédie Française, éste era el único teatro importante en Francia, actuar en él, era cumplir una formidable hazaña, que hasta entonces no había sido realizada por ningún artista nacional. Para nosotros, el Olympia estaba revestido por la mitología de muchísimas actuaciones memorables, los éxitos de importantes figuras de la canción, como Edith Piaf, Jacques Brel, y hasta los Beatles, habían atravesado el Atlántico y habían forjado su leyenda. Cuando supimos que el teatro se interesaba en presentarnos, tuvimos un gran alegrón, y comenzamos de inmediato los preparativos para la gira. Conseguimos otras cosas en Francia, entre las cuales, una actuación en la escena central de la fiesta de l'Humanité, y una presentación en Le Havre, donde le agradeceríamos a los obreros portuarios franceses su solidaridad con el gobierno de Chile. Además, teníamos en vista una gira por Escandinavia, y una visita a Argelia, acompañando la comitiva presidencial que se desplazaría en septiembre a Alger, con el objeto de participar en la Conferencia de Países no Alineados. Dicho sea de paso, el coordinador de todos estos ambiciosos proyectos era Guillermo Haschke, un chileno que trabajaba en el aeropuerto de Orly, que, hasta ese momento, nunca había tenido nada que ver con espectáculos. Él, como tantos otros latinoamericanos vagabundos desembarcados en París, después de varios años fabricando pizzas en restaurantes italianos, había logrado reciclarse, y ganaba ahora su vida haciendo los planes de vuelo de los aviones que cruzaban el Atlántico. Esta ocupación le dejaba tiempos libres, que él ocupaba cooperando con la Embajada de Chile. Como había sido compañero de colegio del Willy, se interesó particularmente en nuestro viaje. Si algunos aviones perdieron su ruta en estas semanas, dejo constancia aquí que no se nos puede imputar la responsabilidad del hecho.

La situación política del Chile que dejábamos, era extremadamente grave. El conflicto social había entrado en una etapa crítica, desde que las fuerzas derechistas y democratacristianas habían quedado defraudadas por los resultados electorales de marzo de 1973: la obtención de poco más del 50%, en las circunstancias muy difíciles que estaba afrontando el gobierno, fue interpretado por los analistas de la oposición, como un peligroso equilibrio, del que difícilmente se podría salir, sin romper el cuadro institucional. La izquierda parecía ir asegurando las elecciones de 1976, con lo cual, el proceso chileno, reconfirmado por la vía democrática, adquiría un carácter irreversible. Ante esta situación, las intenciones golpistas comenzaron a aparecer desembozadamente, y los grupos de ultraderecha acentuaron sus esfuerzos por provocar desmanes públicos, y por actuar incisivamente en todos los puntos que originaban inestabilidad. Hoy día, está perfectamente claro, que, por esa época, la derecha chilena, algunos sectores de la Democracia Cristiana, la Embajada Norteamericana, y los sectores más retrógrados de las Fuerzas Armadas, preparaban fríamente el golpe militar. El jefe de la organización fascista, "Patria y Libertad", hacía abiertos llamados a través de la prensa para que los militares intervinieran derrocando al gobierno. A través de radios, televisión y otros medios de información que la derecha controlaba, se desató una terrible campaña de injurias en contra de la Unidad Popular, azuzando el odio de clases, y culpando al gobierno de los problemas que los propios opositores creaban, utilizando los considerables medios económicos todavía en su poder. Muchos artistas fueron tocados por esta campaña, entre los cuales, Víctor, que por tercera vez era víctima de ataques públicos: la primera vez fue con ocasión de la publicación de su canción, "La Beata", antes del gobierno de Allende; la segunda, un poco más tarde, por causa de su canción, "Puerto Montt", en la que denunciaba a los culpables de la matanza de pobladores que había tenido lugar en esa ciudad, y la tercera, ahora, en que se lo calumniaba, acusándolo de corrupción moral. Nosotros recibíamos llamados telefónicos en los que se nos amenazaba y se nos insultaba. Una mañana, sobre la puerta de mi casa, descubrí pintada la palabra fatídica: "Yakarta". Todos estábamos en la lista negra.

Toda esta campaña de intimidación formaba parte de los preparativos del lock out, con el que se pretendía paralizar al país. Como en octubre de 1972, ahora nuevamente se lanzó a los camioneros a la cabeza del movimiento sedicioso, apoyado inmediatamente por una buena parte de los sindicatos profesionales. Todo esto, financiado millonariamente por la CIA. El país se transformó en una tempestad desatada: los problemas de desabastecimiento se agudizaron, se formaban largas colas para comprar los productos de primera necesidad, el acaparamiento y el mercado negro, fueron las formas más espectaculares que revistió la crisis. Frente a esta turbulencia, el gobierno trataba de poner al descubierto los peligrosos planes sediciosos, y llamaba a la población, a organizar juntas de abastecimiento popular, y a denunciar a los comerciantes que acaparaban. Al caos económico, se agregaron los atentados políticos, el terrorismo, y las huelgas ficticias, en las que fácilmente se descubrían móviles politiqueros: la más dañina de ellas paralizó las minas de cobre, provocando un daño irreparable a la economía chilena. Junto con todas estas medidas de desestabilización, se trataba, por todos los medios, de abrir la discusión sobre el papel político de los militares, buscando que los cuerpos armados se definieran de una vez, en contra del gobierno de Allende. El presidente respondía a esto, robusteciendo la posición de los constitucionalistas; entre los cuales, el más firme era Carlos Prats, general en jefe de las Fuerzas Armadas. Para terminar con las maniobras de la derecha, Allende decidió llamar a los militares a participar en su gobierno, proponiéndoles ocupar algunos ministerios. El propio Prats se hizo cargo del Ministerio del Interior. Después de las elecciones de marzo, los jefes de las tres ramas de las Fuerzas Armadas se incorporaron al gobierno, como ministros de Estado. En el momento en que nosotros salíamos de Chile, comenzaron a manifestarse serios problemas con los militares. El representante de la Aviación renunció a su cargo, dando lugar al nombramiento de Gustavo Leigh, quien fue después, uno de los principales gestores y responsables del golpe militar. Por esa misma época, se llevó a cabo un atentado político público en contra del general Prats: su vehículo fue obligado a detenerse, en plena calle, y un grupo de mujeres de oficiales de las Fuerzas Armadas lo increparon, tratándolo de traidor y de vendido al comunismo internacional. A Prats no le quedó otra salida que renunciar a su cargo de ministro, pensando que tal vez, de este modo, se apaciguarían los ánimos y se lograría mantener la unidad de los cuerpos armados. Su cargo en las Fuerzas Armadas fue ocupado por Augusto Pinochet, quien comenzó de este modo su intervención en la vida política nacional.

A todo esto, hay que agregar dos hechos de graves consecuencias: el poder legislativo discutió y aprobó una acusación constitucional en contra del gobierno, y el poder judicial perdió completamente su carácter neutral, pasando a ser una barricada más en la lucha anti-gobiernista. A partir de esta parcialización o partidización, comenzaron a sucederse, una tras otra, las acusaciones en contra de los ministros, haciéndose prácticamente imposible gobernar el país. Todo esto, ponía a Chile al borde de una guerra civil, en la cual, la izquierda, por lo demás, llevaba todas las de perder. Allende intentó jugar hasta el final la carta democrática, y concentró todos sus esfuerzos en evitar el desastre.

Los partidos de izquierda tomaron algunas medidas de autoprotección, el Tancazo de junio les había enseñado algunas cosas. Comenzó a aparecer una conciencia más clara del peligro que se correría si la sedición se desataba, pero los medios con los que se contaba para detenerla, eran insignificantes. Todos los militantes de la Unidad Popular comenzaron a prever la posibilidad de un enfrentamiento. Nosotros también empezamos a participar en algunos ejercicios paramilitares, que se hacían en locales universitarios. Yo tenía una pistola de fabricación nacional, la cual fue desarmada infinitas veces por la concurrencia a dichas prácticas, sin que jamás llegáramos a disparar un tiro, por miedo a que su avejentado esqueleto nos explotara en la mano. Era la única arma con la que contábamos para defender el gobierno popular. Hacíamos gimnasia, y un instructor nos enseñaba lo que él llamaba "karate", conjunto de ejercicios que de haber sido alguna vez puestos en práctica, nos habrían dejado mancos, tuertos, cojos y anudados, para felicidad del adversario, que no habría tenido que hacer un gran esfuerzo para inmovilizamos: las propias "llaves" de nuestro profesor, habrían dado cuenta de nosotros.

Frente a este infantilismo, los derechistas no se andaban con chicas. Un día, asaltaron nuestro taller, rompieron los instrumentos que allí se encontraban, arrasaron con los muebles, destrozaron los vidrios, y al aturdido que se le había ocurrido ese mismo día ir a hacer el amor con su Dulcinea en la mezzanine que teníamos en un rincón, lo habrían matado, si lo hubieran descubierto, Felizmente, no fue así, y nuestro amigo, con la elegida de su corazón, desde la intocada atalaya, fueron mudos testigos de todos los desmanes de la horda enfurecida.

A pesar de toda esta turbulencia, nosotros salimos de Chile, persuadidos de que nada grave podía pasar. Estábamos convencidos de que, aún en el peor de los casos, habría fuerzas y medios suficientes como para detener a los grupos facciosos. Los propios partidos de izquierda nos habían inculcado esta confianza, respondiendo a las inquietudes de la militancia con la famosa frasecita: "No se preocupe compañero, el Partido sabe lo que hace...". La verdad es que ningún partido supo muy bien lo que hizo, y todos estos preparativos de defensa, eran un juego de niños, en comparación con los aprestos de los militares derechistas que promovían el golpe.

Pero nosotros teníamos objetivos muy precisos que cumplir en el extranjero, y comenzamos nuestra gira, tal como la habíamos planeado. En Finlandia y Suecia, pudimos hacer varios programas de televisión, conferencias de prensa, y conciertos, con un éxito inesperado. La tensión que se vivía en Chile, despertaba un gran interés en el extranjero, y esto facilitaba nuestra acción. Cuando llegamos a Argelia, esperábamos encontrar allí al Presidente Allende, que encabezaría la delegación chilena a la conferencia de países no alineados, pero la situación interna de Chile se había agravado tanto, que él había cancelado su viaje, enviando en representación suya, al Ministro de Relaciones Exteriores, Clodomiro Almeyda. Este tuvo la mala suerte de volver a Chile, inmediatamente después del término de la conferencia, el día 10 de septiembre. Pocos días después del golpe, fue tomado prisionero, y enviado a un campo de concentración en la isla Dawson, en el extremo sur del país, donde pasó un largo tiempo con otros prisioneros del gobierno, que fueron, como él, víctimas de la represión militar.

El 7 de septiembre, nosotros llegamos a Francia desde Argel, después de haber cumplido con nuestros compromisos de representantes de la cultura chilena, y el 9, cantamos por primera vez en la fiesta de l'Humanité, ante miles de personas que aclamaban a Chile y a su proceso. Como nuestro concierto en el Olympia estaba programado para el día 15, para tratar de anunciarlo lo mejor posible, comenzamos esa semana recorriendo los medios de prensa. El martes 11, a mediodía, nos encontrábamos en las oficinas del diario l'Humanité, haciendo una entrevista, cuando de pronto, algunos periodistas llegaron atropelladamente a la oficina en que estábamos, para mostrarnos los cables que acababan de llegar: en ellos leímos por primera vez el anuncio de la caída del gobierno popular. Los textos eran dramáticos: se hablaba de junta militar, de bandos, de bombardeos, y de otras cosas terribles, cuyo alcance nos escapaba. A partir de ese instante, todo cambió para nosotros: sin atinar a nada, nos quedamos pegados a los aparatos de télex, como si únicamente de ellos dependiera nuestra vida. Súbitamente, los cables dejaron de llegar, y el mundo entero quedó sin noticias sobre Chile. Lo peor comenzó en ese momento: durante algunos días -tal vez sólo fueron algunas horas- nada pudimos saber de lo que estaba pasando en nuestra patria. De muchas partes surgían rumores macabros. Como estábamos en contacto con algunos chilenos que se encontraban en otros países, para suplir la falta de información, nos llamábamos por teléfono para intercambiar noticias. Se formó una cadena improvisada, que iba, desde Roma, hasta Moscú, pasando por Francia, Alemania, Hungría, Argentina, Perú y no sé cuántos países más. Las informaciones que circulaban eran inquietantes, y aumentaban de más en más nuestra angustia. No estábamos preparados para escuchar lo que después pasaría a ser la rutina informativa sobre Chile: se hablaba de asesinatos en las fábricas, de muertes en las poblaciones, de torturas, de cadáveres que aparecían flotando en los ríos, de allanamientos masivos, de asaltos, de campos de concentración, y de crueldades sin nombre. Nuestra desazón era completa, no sabíamos qué hacer, lo más insoportable era desconocer lo que había pasado con nuestras propias familias: uno podía imaginarse lo peor. Intentamos llamar por teléfono, pero todas las comunicaciones estaban cortadas. Nadie había previsto esta violencia.

Durante algunos días, reaccionamos a ciegas. Nos llegó la noticia de que Luis Advis había sido tomado prisionero. Organizamos de inmediato un acto de solidaridad en un teatro parisino, pidiendo que se intercediera ante el gobierno de Chile para liberarlo. La información era falsa, sólo había sido convocado al Ministerio de Defensa, para después ser liberado. Otro día supimos que al grupo Illapu, en Antofagasta, lo habían metido en un helicóptero y lo habían tirado al mar. Tampoco era verdad. Se habían confundido los nombres, eran otros chilenos que habían sufrido esa muerte horrible. Pero lamentablemente, a pesar de estos errores, la mayor parte de este tipo de noticias, no sólo eran exactas, sino peor todavía, lo que se decía en la prensa estaba muy por debajo de las atrocidades reales, las cuales, con el tiempo, han ido apareciendo en los testimonios directos de las víctimas, o en los informes de diferentes organismos de defensa de los derechos humanos. El Chile que dejamos, con todas sus tensiones y conflictos, no tenía nada que ver con el monstruoso país que fue apareciendo a través de los cables de prensa; la ferocidad de los militares chilenos, su crueldad desatada en contra de las organizaciones de izquierda, depasó toda medida, y nos despertó del sueño en que nuestro país se mostraba como un ejemplo de constitucionalidad y democracia. Obligándonos a comenzar a repensarlo todo, Pinochet nos devolvió a la realidad, descubriéndonos a un Chile que había estado hasta ese momento oculto, y unos valores que habíamos creído expresión de minorías, pero que, en realidad, habían estado siempre allí, al acecho, detrás de nuestras propias mitologías.

Lo que nos sacó de la desesperación, fue nuestra primera decisión de continuar nuestro trabajo, cumpliendo hasta el final la tarea encomendada por el gobierno popular. En esas circunstancias, cualquier inmovilismo habría sido destructor, y aunque todos estábamos conmovidos en lo más profundo por la decepción y el desconcierto, tratamos de remontar el cataclismo, cantando por los jirones de ese Chile, que todavía se debatía entre la vida y la muerte. Evidentemente, el contenido de nuestros conciertos cambió completamente: habíamos salido como embajadores culturales de un país en construcción, y la vida nos transformaba en portavoces de una cruel derrota histórica, representantes de un pueblo sometido por la más terrible de las dictaduras, embajadores de un martirio, del que diariamente se daban nuevos detalles espeluznantes.

Jamás perdimos de vista el hecho de que un concierto nuestro podía ser un factor de agitación de la solidaridad con Chile. Teníamos que ser testimonio del drama de nuestro pueblo, pero, al mismo tiempo, mensajeros de su voluntad democrática. Habitaba en nosotros esa contradictoria síntesis de amargura y de voluntad de seguir adelante, sentimiento presente en casi todas nuestras canciones de esa época. Felizmente, como depositarios privilegiados del interés de todos los que querían a Chile, nos vimos siempre rodeados de la amistad de mucha gente, que supo transformar la solidaridad política en verdadera solidaridad humana. Gracias a ellos, y a nuestro canto, logramos remontar nuestros problemas, y encontrar nuevos motivos para seguir bregando. Por supuesto, los primeros meses estuvieron marcados por una confianza muy ingenua en que la tragedia tenía que durar poco -los más pesimistas hablaban de cinco años- y que pronto los militares serian obligados a volver a sus cuarteles. El optimismo provenía de esa dosis de irrealismo y de oportunismo, que no ha faltado en nuestros dirigentes políticos, los cuales, cada cierto tiempo, anunciaban que "los días de Pinochet estaban contados", y que comenzaba "el ocaso de la dictadura". Esto duraría todavía algunos años, hasta que conquistamos por fin un cierto realismo, y nuevos motivos para enfrentar nuestra tragedia con esperanzas y expectativas verdaderas.

Pero en los primeros días, predominó el desconcierto. Las informaciones, que apenas comprendíamos, porque no hablábamos el francés, muchas veces eran contradictorias: de pronto llegaba un cable diciendo que Allende no estaba muerto, y otro, que anunciaba el feroz bombardeo de una población indefensa. Media hora más tarde, nos llamaban desde la Argentina, para informarnos que las fuerzas populares venían avanzando desde el sur, con el general Prats a la cabeza... íbamos desde la depresión más concreta, hasta las esperanzas más locas, o desde el entusiasmo delirante, hasta el más apabullante desaliento. Pasábamos el día entero esperando las noticias de la televisión, o la salida de los diarios, buscando desesperadamente motivos para volver a creer. Esto duró así, hasta que se confirmó la noticia del asesinato de Salvador Allende en La Moneda. Entonces, ya no pudimos dudar más de que los militares habían logrado sus propósitos. Días más tarde, nos llegó la noticia de la muerte de Víctor Jara, y el 25 de septiembre, la del desaparecimiento de Pablo Neruda. Todo estaba perdido. ¿Qué significaban realmente las pocas frases que anunciaban esta tragedia? ¿Qué había pasado verdaderamente en nuestro país? ¿Cuánto dolor se escondía detrás de las escuetas palabras que daban cuenta de estos hechos? Nuestro mundo había sido arrasado, no era sólo un cambio de régimen lo que se había producido, todo lo que creíamos ser la base y el fundamento de nuestra convivencia nacional se venían abajo, una contrarrevolución, más eficaz que la revolución de Allende, había devastado nuestra utopía.

El primer signo de este apocalipsis, habían sido las últimas palabras del compañero Presidente, pronunciadas a través de una de las pocas radios que no fueron inmediatamente intervenidas. La mayor parte de los chilenos vivieron estas dramáticas horas del comienzo del golpe, en sus casas, pegados a sus receptores, y escuchando, a lo lejos, el desplazamiento de los tanques, el silbido de los aviones a reacción, o el traqueteo de los helicópteros: esto es lo que explica, que este último discurso de Allende haya llegado a tantos oídos y a tantos corazones. Escuchadas hoy día, estas palabras sorprenden: son frases de profunda decepción y de condena moral, en las cuales, él anuncia su decisión de morir -"pagaré con mi vida la lealtad del pueblo"-, pero donde también se encuentra la esperanza y la confianza en el futuro -"pero no se detienen los procesos sociales, ni con la fuerza, ni con la violencia"-, están dichas en un tono tranquilo y confiado, como si en ese instante toda duda se hubiera despejado, dando paso a una extrema lucidez. Después de recordar airadamente la traición de algunos militares, se anuncia, con exactitud profética, la pesadilla que vivirán los chilenos en los próximos meses, para terminar, afirmando que "otros hombres" superarán el colapso que se inaugura con su muerte. El contenido nada mesiánico en que esto está dicho, aleja cualquier sospecha de demagogia, o de falsa solemnidad, no hay nada enfático, ampuloso o afectado en estas palabras, que se han transformado hoy día en un mensaje histórico.

Mirando hacia atrás, es difícil resumir el ideario que moría con Allende. Y en esto tal vez radique su mayor mérito como político, pues detrás de su acción, encontramos casi todos los elementos capaces de unir la diversidad doctrinaria de la izquierda chilena. Allende era incuestionablemente un demócrata, un político que luchó en contra de los sectarismos y que habló en nombre de la libertad, de la tolerancia, y de la justicia social. Heredero, además, de todas las luchas obreras, defensor del multipartidismo, del parlamentarismo, del régimen de derecho, de la constitucionalidad, orgulloso de representar por igual, a "marxistas, laicos y cristianos", partidario del socialismo, de la coexistencia pacífica, defensor del tercer mundo, frente a la política de bloques, amigo de los países socialistas, y en especial, de Cuba, sustentador de una política internacional independiente, partidario acérrimo del latinoamericanismo, fervoroso antiimperialista, su política no corresponde exactamente a ninguna de la de los partidos de la alianza de la izquierda chilena. En eso estuvo su fuerza, pero también su debilidad, pues, a pesar de que a Allende no le faltó genio para unificar las faenas que necesitaba para llegar al gobierno, los partidos que constituyeron la Unidad Popular siguieron manteniendo sus diferencias, no sólo entre ellos mismos, sino también con respecto al proyecto común que los unía. Esto es lo que explica que Allende haya podido erigirse en líder unitario, sin llegar a transformarse en el héroe marmóreo indiscutible, de otras revoluciones o procesos de cambios sociales. Hoy día, después de su martirio, su nombre aparece a menudo en la boca de los chilenos, con una mezcla de pesar por no haber sabido comprenderlo enteramente en su momento. "Tenía razón el viejo" -se acostumbra decir, pensando seguramente en sus esfuerzos por llevar a cabo ese programa, para el cual, nunca tuvo verdaderamente un partido que lo apoyara. Paradójicamente, de todos los líderes políticos de su época, Allende es hoy día el único cuyas ideas siguen enteramente vigentes. Por aquí y por allá, ha habido cambios, correcciones, divisiones, reajustes, autocríticas y transformaciones, muchas veces, sustanciales. Por el contrario, en Allende, casi todo lo fundamental sigue prodigiosamente en pie, como si la historia de Chile tuviera que marchar a reculones, y los chilenos tuviéramos que vivir hasta el limite nuestras derrotas, para poder llegar por fin a reconocer la verdad de nuestro propio pasado. Por eso, a 13 años de su muerte, Allende está destinado a ser lo que nunca fue durante su vida, un líder incontestado, un hito del que todos se reclaman, un político, que, gracias a su intuición de futuro, hoy día hace la unanimidad.

Allende quedó solo, empuñando su fusil, y murió como mueren los héroes, a pesar de que su vocación más profunda era otra, la de constructor realista de una historia. Con él murieron muchas cosas, pero nació tal vez la posibilidad del allendismo.

La democracia chilena venía funcionando, casi sin interrupción, desde 1833, fecha en que se creó nuestra primera carta constitucional: sólo una vez, ésta sufrió cambios, sin que, por lo demás, dejara de ser aplicada. Esta situación, inédita en América Latina, fue borrada de una plumada por los militares, quienes, en corto plazo, transformaron a Chile en un campo de concentración, en el cual comenzaron a probarse las políticas más favorables a los sistemas de penetración. Con ayuda de ellos, comenzó la minuciosa tarea de destruir las bases de nuestra sociedad y los fundamentos de nuestra vida económica independiente. En esta opción, los militares chilenos han revelado una fatídica pericia, acumulando los problemas económicos y políticos, hasta desembocar en la crisis más destructora que ha conocido Chile. Será difícil restablecer y reconstruir lo destruido, habrá que emplear fuerzas descomunales, los préstamos que se han tenido que pedir, superan todas las cifras imaginables, y se han realizado, aceptando condiciones que significan, en los hechos, una renuncia a la propia soberanía sobre los bienes que sirven de garantía. Para colmo de males, se han aceptado, sobre la base de la renuncia irrevocable e incondicional del derecho a la renegociación, entregándole a un grupo de bancos norteamericanos, el poder de veto para cambiar nuestra política económica. Esta verdadera traición, inédita en nuestra historia, es el colmo a que nos han llevado la ceguera y el empecinamiento oscurantista, de quienes pensaron "salvarnos del marxismo leninismo", y reconducir nuestra democracia, sin tener en cuenta los verdaderos intereses de nuestro pueblo.

Allende y Neruda, quedaron como símbolos de un proyecto, que, más que un ideario político o un esquema ideológico, es la simple expresión de una futurista amplitud. No faltarán los que interpretarán esto como falta de rigor teórico, pues ambos, a pesar de sus declaraciones ideológicas bastante restrictivas, fueron durante sus vidas anti-sectarios por excelencia. Neruda se declaraba gustamente partidario del idealismo y del materialismo, y contrario a todo dogma o ideologismo estrecho. El poeta no quería luchas inútiles, quería convivir con el cura del Tabo, y con todo el que defendiera ideas humanistas, quería sentar a todo el mundo en su mesa, sin hacer distinciones odiosas, quería reconocer a los hombres como hombres, antes que como este, o este otro "ismo". Pero quería, además, extender los límites de la poesía, sacándola de los marcos elitistas, para hacerla del pueblo, para transformarla en panfleto si ello fuera necesario para defender los valores democráticos, pero quería también elevarla a los cielos más lejanos, para empujarla hacia su esencia. Tal vez esta amplitud de fondo, no suficientemente teorizada, que encontramos en Allende y en Neruda, sean sus más importantes legados, especialmente en esta época en que los chilenos hemos sido víctimas de la ignorancia y de la intolerancia en sus versiones más burdas.

Pero de todas las trágicas noticias que nos conmovieron durante aquella época, la más dura para nosotros, fue la del asesinato de Víctor Jara, Nuestro amigo no tenía nada que ver con esa muerte, era un hombre de la guitarra y no de la violencia. Había entregado su vida a la lucha revolucionaria, pero entendiéndola como pura creatividad, jamás como destrucción de un enemigo. No recuerdo haberlo visto jamás en una escena de violencia: su desazón debe haber sido espantosa, cuando descubrió, de improviso, con todos los que con él se encontraban en el Estadio Chile, esa sangrienta imagen de Chile. Algo de eso quedó reflejado en sus últimas palabras, que, en nombre del amor y de la paz, denuncian las atrocidades cometidas por los militares. Los detalles macabros de su asesinato han quedado como un testimonio abrumador en contra del Ejército chileno. Hay crímenes que no son expiables, y éste quedará como una mancha que nada podrá borrar de los uniformes militares. Con la muerte de Víctor, una parte de nosotros mismos entraba en la leyenda: cuando cantamos en los primeros homenajes que se le hicieron, descubrimos con estupor, que la muerte nos había estado acechando desde un principio, habíamos sido testigos próximos de un destino, la vida de Víctor se cerraba como la de un héroe. ¿Y qué es un héroe? Uno que al final se encuentra consigo mismo, y no con otro.

El golpe dividió bruscamente nuestra vida en dos partes. Fue bastante duro y difícil, darse cuenta de lo que realmente había pasado. ¿Lo sabemos ahora? Los hechos de esta magnitud se comprenden difícilmente, uno queda atado a las formas de ver el mundo, que eran válidas en el pasado inmediato. Cuesta encontrar la nueva lógica, el nuevo orden, que va fijando los hechos en una historia. ¿Cómo pensarlo todo de nuevo, en unos pocos días? ...tirados en unos colchones, que nos servían de improvisados lechos, hacinados en un departamento que nos había conseguido el Gitano Rodríguez, para alojarnos mientras estuviéramos en París, pasábamos las noches en vela, tratando de atar los cabos de ese nuevo enigma que la vida nos había puesto delante. ¿Cómo había que encarar esta nueva etapa de nuestra existencia?

Como ya lo hemos dicho, al principio, nos imaginábamos que después de unas semanas, todo volvería a la normalidad, que podríamos rearmar nuestras vidas, probablemente cambiando de rumbos, pero, en todo caso, en Chile; pero pronto comprendimos nuestra ceguera. Las noticias eran cada vez más claras. En cuanto pudimos restablecer algunos contactos, supimos los detalles de las persecuciones, y pudimos hacer el triste recuento de los amigos perdidos. En Santiago, algunas de nuestras casas habían sido saqueadas, se nos buscaba como a tantos otros chilenos de simple filiación izquierdista, con el agravante de que nosotros éramos conocidos. Los amigos y parientes nos recomendaban quedarnos fuera, por nada del mundo intentar volver. A mi pobre abuela, señora de 80 años, casi inválida, los militares la habían tenido encañonada durante dos horas, mientras registraban su casa, buscando supuestas armas y documentos. Ante esos desmanes, ni siquiera tuvimos que tomar la decisión de quedarnos en Francia. Nos quedamos, simplemente, o si se quiere, no nos fuimos. Comenzamos a organizar nuestra nueva vida, tomamos contacto con gente que podía ayudarnos, y empezamos a actuar en la nueva dirección que tomaba nuestra vida itinerante.

Nunca dejamos de cantar. El primer concierto que dimos en París fue el tan esperado y tan anunciado concierto en el Olympia. En un ambiente tristísimo, y tratando de remontar la derrota, entre suspiros y lágrimas, gimoteamos, más que cantamos, la "Cantata Santa María". Todo lo que estaba ocurriendo en Chile lo había ya anunciado esta obra. La matanza de 1907 volvía a reproducirse a escala mayor, los mismos de un lado, los mismos de otro, como si la larga historia de las luchas populares, sólo hubiera servido para aumentar el número de víctimas y para hacer más despiadada la ferocidad de los militares. Para aumentar nuestro dolor, por fin, después de innumerables esfuerzos infructuosos, desde los camarines del teatro, pudimos comunicarnos por teléfono con algunos familiares: conversaciones, en las que poco se podía hablar, por miedo a que las llamadas estuvieran intervenidas, pero de las que concluimos que todo estaba ya perdido.

Poco después, cantamos en la Salle Pleyel, en el gran homenaje a Neruda, dirigido por nuestro amigo, Raoul Sangla, en el que recitaron, Aragon, y Miguel Ángel Asturias, en una de sus últimas apariciones públicas. Al final del acto, el poeta francés, con su larga melena canosa, nos abrazó y nos dijo una sola frase, que repetía emocionado, sin cesar, como si fuera la única conclusión a sacar de todas nuestras desgracias: "Lo que importa es amar, lo que importa es el amor. Todo lo demás es ficticio...". Después de estos conciertos vinieron cientos más, no paramos en dos años: actos de solidaridad, homenajes a Allende, a Neruda, a Víctor Jara, encuentros, reuniones, congresos... Nos bajábamos de un avión, para tomar el siguiente, no teníamos tiempo para nada: en dos meses de 1974, no recuerdo cuáles, estuvimos en los cinco continentes. Gracias a esta incesante actividad, nunca alcanzamos a sentir un verdadero rompimiento de nuestros lazos con Chile, éramos parte de su lucha por reconquistar la democracia, representábamos una voz libre de nuestro pueblo avasallado. Así, vivimos durante todo ese tiempo, casi sin reflexionar, consumidos por la acción, sin todavía sacar las conclusiones de lo que nos había pasado.

Se ha dicho que el humor es una de las características de los chilenos. Creo que ésta es una de las pocas generalizaciones de este tipo que sea verdadera: por lo general, la pseudosabiduría que se expresa en estas afirmaciones, no hace otra cosa que reafirmar ciertos prejuicios, mitos renuentes de los que nos es difícil liberarnos. Según algunas de estas proposiciones, los chilenos serían "los ingleses de América", el Uruguay, "la Suiza del continente", los argentinos, unos farsantes irrecuperables, etc. Estas frasecitas, cuando se adentran demasiado en las cabezas de nuestros políticos, pueden llegar a provocar desastres de proporciones... Pero dejemos de lado esta discusión, y quedémonos con el hecho de que los chilenos, efectivamente tienen un humor particular. En el Estadio Nacional, cuando a los presos los obligaban a barrer y a limpiar letrinas, éstos lo hacían cantando: "Enceremos, enceremos...". Las primeras manifestaciones de protesta, en Chile, fueron los chistes que comenzaron a correr a propósito de los cuatro generales de la junta. Durante el largo tiempo que duró su mandato, "Mendocita", el representante de los carabineros, reemplazó al popular personaje, Don Otto, en la personificación graciosa del tonto. Y el almirante Merino, se convirtió en blanco predilecto de la ironía popular. También nosotros nos recuperamos por medio del humor. Una noche, de esas en que comentábamos angustiados las noticias que nos habían llegado desde Chile, preocupados por la suerte de nuestras familias, y con la congoja del futuro incierto, de pronto, después de la enumeración exhaustiva de nuestras tragedias, en la habitación se produjo un gran silencio. Todo estaba oscuro, no volaba una mosca, ya no había nada más que agregar. Pasó un largo rato así, sin que escucháramos otra cosa que el ruido que a veces hacia el Metro cuando pasaba por algún lado, allá abajo, en los intestinos de nuestro edificio. De pronto, una voz comenzó a cantar: "No sé por qué piensas tú, soldado que te odio yo...". El despropósito era tan grande, que nos echamos a reír. Otro se atrevió: "Usted, señor general, no nos entiende..." (el texto de la cantata). De algunos rincones, surgieron risas nerviosas. Otro se lanzó a voz en cuello: "Soldadito de plomo...". Así, en una especie de rito para exorcizar nuestra impotencia, fueron apareciendo de a poco todas las canciones con temas militares que sabíamos. Todo era tan ridículo, que terminamos riéndonos a carcajadas. De ahí en adelante, nuestro drama se transformó: podíamos reírnos de nuestra propia tragedia, y lo hicimos hasta las lágrimas, a veces, en raptos medio histéricos, a veces, con una alegría verdadera. Cuando la cosa terminó, pudimos por fin echarnos a dormir.

Nos han preguntado muchas veces por qué en esa ocasión nos quedamos en Francia. La respuesta es simple: allí estábamos, y en ese momento, con todos los problemas que se nos venían encima, pensar en trasladarnos, habría sido temerario. No teníamos dinero, y la incertidumbre sobre nuestro futuro era total. Ni siquiera se trataba de trabajo, porque, ni soñábamos con poder ser capaces de mantenernos sólo del canto. Si en Chile no lo habíamos logrado, era absurdo pensar que íbamos a poder conseguirlo ahora.

Felizmente, a las pocas semanas, esta casualidad se transformó en algo querido, el azar se transformó en destino, y Francia comenzó a parecernos como el mejor lugar donde podíamos pasar nuestro exilio. El país era, al principio, un enigma para nosotros, teníamos muy pocos contactos con la gente, porque no hablábamos el idioma, y aunque nunca aquí nos hemos sentido extranjeros, las formas de trabajo y de acceso al medio artístico, nos eran completamente desconocidas. Cantábamos a menudo en actos de solidaridad con Chile, en fiestas españolas y en galas culturales latinoamericanas. Vivíamos todos juntos, en un pequeño departamento que arrendamos en el París 15, y nuestra principal preocupación era la de volver a juntarnos con nuestras esposas, hijos y novias, que se nos habían quedado en Chile. Algunos viejos militantes antifascistas alemanes, expertos en la lucha clandestina, nos habían aconsejado no hacer nada por tomar contacto con nuestros familiares, hasta que las cosas se calmaran. Nosotros estábamos tan desesperados, que no les hicimos caso, y llamábamos casi todas las semanas, preparando una rápida salida. Felizmente, nada pasó, y toda nuestra gente pudo llegar a París, a comienzos de noviembre de 1973.

Un día, fuimos a cantar en una manifestación por Chile, a la ciudad de Colombes. El alcalde, Dominique Frelaut, se interesó vivamente en nuestra suerte de exiliados, y como su municipalidad había terminado de construir un edificio de 28 pisos, en un nuevo barrio, nos ofreció a todos irnos a vivir allí. Gracias a esta generosa oferta, pudimos por fin volver a vivir más civilizadamente, y desde entonces, la mayoría de nosotros habita en esa altísima torre, desde la cual, todos hemos aprendido a amar el París lejano, que aquélla vez descubrimos como una aparición, a través de nuestras ventanas.

Lo que habíamos dejado en Chile no nos importaba. Eran tantas las pérdidas, en vidas humanas, en proyectos, en historias, que nos vino una completa indiferencia respecto de tener o no tener casa, libros, muebles, automóviles, etc. Hasta mucho tiempo después, no hicimos ningún caso, de si estábamos sentados en un cajón, o en un sofá, si comíamos en el suelo, o en verdaderas mesas, si guardábamos nuestras cosas en cómodas y roperos, o, como ocurrió en mi caso, en los escalones de una pequeña escalera que los pintores del edificio habían dejado olvidada.

En los primeros días, nuestras casas estaban amuebladas con muebles-cajas. Los muebles-cajas son las cajas de desechos de los supermercados, que el ingenio humano puede transformar, según sus necesidades, en mesa, en velador, en escritorio o en librero. Estos muebles-cajas, si bien son muy baratos, tienen el inconveniente de no resistir que un vaso se derrame, por ejemplo: si esto ocurre, rápidamente todo se desploma, y el usuario está obligado a bajar corriendo al supermercado más próximo, en busca de otro mueble-caja que lo reemplace. Lo más probable, es que el nuevo no tenga el mismo tamaño que el anterior, lo que obliga a cambiar inmediatamente la escala de relaciones, si no se quiere depositar los platos en el vacío. De estos muebles-cajas, pasamos a los muebles fabricados por nosotros mismos, comprando tablas en las barracas. Este tipo de muebles, mucho más sólidos, nos hizo desplegar increíbles esfuerzos imaginativos, para forjar un estilo que se acomodara a nuestras posibilidades pecuniarias. La solución de todo llegó, cuando descubrimos que podíamos utilizar en su factura, los troncos de árbol que encontrábamos a veces tirados en los bosques. Estos, fueron, durante algún tiempo, causas de envidia entre nuestras dueñas de casa, las cuales se peleaban por conseguirlos, para hacer patas de mesas, pisos o elegantes veladores, cuando el tamaño lo permitía. Después, vino la época de los muebles verdaderos, obtenidos gracias a la buena voluntad de los vecinos, que quisieron deshacerse de sus trastos viejos; gracias a ellos, por fin pudimos volver a comer en mesas verdaderamente horizontales, en las que ya no había que tener ningún especial cuidado para ubicar los platos y los vasos. Así, nos fuimos haciendo, poco a poco, de casas habitables.

Para acceder a algunas de las comodidades que proporciona lo moderno, nos aprovechamos del estar viviendo todos en el mismo edificio, y compramos algunos útiles colectivos. Estos fueron: una sartén incolable y una lavadora. La sartén viajaba de departamento en departamento, y a veces, para freír un huevo, había que recorrer todo el edificio para encontrarlo. La lavadora era sedentaria, pero, lamentablemente, se encontraba en mi casa, lo cual significaba que, a toda hora, había visitas con atados de ropa sucia. Estas facilidades no las tuvimos, cuando se trataba de ensayar nuestras canciones, pues, durante mucho tiempo, tuvimos que hacer uso del subterráneo de una casa municipal, habitado desde tiempo inmemorial por arañas e insectos que hoy día deben ser expertos en canción chilena. Pero no sé si se puede confiar mucho en sus conocimientos, porque el piano que usábamos, y que ellos tan asiduamente visitaban, jamás tuvo una nota afinada como es debido.

Francia nos fue conquistando poco a poco. El franquismo había interrumpido los lazos culturales entre España y América Latina, y el país que, en cierto modo, tomó el relevo, fue Francia. En nuestro específico terreno de la música folklórica, éste era el único lugar europeo donde ésta se conocía algo más profundamente: desde hacía tiempo que los latinoamericanos de París habían estado armando y desarmando grupos, los cuales ya en los años 60, habían logrado un relativo éxito: los discos de "los Incas" y "los Calchakís" se vendían hasta en los supermercados, y la presencia de grupos de exiliados paraguayos y de algunas grandes figuras radicadas en París, como Atahualpa Yupanqui y otros, había alimentado el interés de los franceses por este tipo de música, que, cuando nosotros llegamos, ya tenía un numeroso público ganado.

Pero lo que terminó de conquistarnos en Francia, fue el conocimiento más profundo que comenzamos a tener del país, de su pueblo, del paisaje, de su historia y de su cultura. Viajamos mucho por todas las provincias, conocimos los pequeños pueblos y las grandes ciudades, participamos en fiestas populares, en grandes manifestaciones, en pequeños conciertos, y nos fuimos impregnando de la vida francesa, que, poco a poco, nos fue seduciendo. No creo que nunca un exiliado pueda conseguir una adaptación perfecta al país en el que está obligado a vivir, nunca se deja de pertenecer al propio, pero la propia vida, el hecho de que un nuevo paisaje humano pase a formar parte de nuestras circunstancias, va relativizando nuestra pertenencia, y nos va abriendo hacia otras posibilidades de ver y de sentir el mundo. Así, vamos ganando una vida que no teníamos: nuestra nacionalidad no es algo voluntario, y los nuevos lazos que se van tramando con el país de exilio, van construyendo un amor paralelo. El amor a la patria es menos excluyente de lo que se cree, el país de adopción pasa a ser un nuevo punto de referencia, desde el cual accedemos al mundo, como un segundo nacimiento, volviendo a adoptar costumbres, lenguajes, valoraciones, ahora de un modo mucho más consciente, rehaciendo el camino que habíamos hecho a ciegas, para ser chilenos o latinoamericanos. Un día, durante una gira en una ciudad remota del Japón, y cuando estábamos aburridos, en esos tiempos muertos que se producen esperando una actuación, de pronto, en la pantalla de televisión comenzaron a aparecer imágenes de París. Todos quedamos absortos, mirando, y haciendo comentarios nostálgicos acerca de los detalles de paisajes y calles que iban apareciendo: nuestra nostalgia ya no era más exclusivamente por Santiago, por los paisajes cordilleranos, por el norte desértico o por los lagos de Chile, ahora se agregaban las calles de París, nuestro propio barrio, y todas esas cosas que hemos aprendido a querer en estos años de exilio. Los años que hemos vivido en Francia no son un "paréntesis en nuestra vida", como decía uno de nuestros acertados políticos, sino una parte de ella, una fatalidad, que, felizmente, hemos podido transformar en algo positivo. El exiliado aprende muchas cosas, pero sobre todo, una: que se pueden amar otros paisajes, otra gente, otras costumbres y ceremonias, que el mundo es inmensamente rico, que muchas vidas son posibles, y que nunca faltan razones para volver a comenzar. Seguramente, en estos años ha habido muchos chilenos que no han podido remontar la tristeza del desarraigo, son como plantas que sólo saben florecer en un clima, que no tienen ninguna facilidad de adaptación: por lo general, esta gente se encierra en un mundo ficticio, e intenta reconstruir con los pedacitos de realidad de que dispone, el complicado puzzle de sus lazos con su patria. Con eso se consigue una cierta continuidad, pero, en verdad, se pierde toda realidad, no se está, ni en una, ni en otra parte. Cuesta mucho salir de ese cascarón protector, y echarse de nuevo al mundo, para descubrir en él, y no en el recuerdo, los elementos reales, con los cuales debe uno ahora construir su vida. Los exiliados que no son capaces de esto, se extinguen lentamente o se neurotizan en extremo. Nosotros, por nuestra profesión de cantores, pero también por la situación privilegiada de haber sido durante largo tiempo los representantes de la lucha democrática de nuestro pueblo, tuvimos muchas facilidades para crear puentes hacia otras realidades, sin renunciar a nuestros vínculos culturales con Chile. Nuestros conciertos, aunque tengan lugar en Tokio o en Nueva York, siempre han seguido siendo una parte de la cultura chilena, una continuidad con respecto a lo que habíamos creado hasta 1973. Esto nos ayudó a comprender mejor nuestra nueva situación, y a sobrellevar nuestra nueva vida.

Una de las grandes cualidades, que, los artistas que hemos pasado por aquí, tenemos que reconocerle al pueblo francés, es su amplitud, su apertura, su capacidad de comprender lo ajeno, sin renunciar a lo propio, su valoración de lo nuestro, exigiéndonos fidelidad a nuestras propias raíces. Aquí, pudimos seguir siendo nosotros mismos, sin que nuestra adaptación el medio artístico francés nos obligara a seguir un derrotero diferente al nuestro. Sólo después de haber vivido aquí doce años, hemos visto la necesidad de cantar en francés, y esto, no porque nuestro propio idioma nos dificulte el contacto con este público, sino por una necesidad espontánea, que surge ahora de nuestra propia implantación en Francia. Durante todos estos años, hemos tenido aquí un público fiel, que nos ha seguido en nuestro itinerario cancionero, y que nos ha permitido encarar nuestra labor con creatividad, que se ha interesado en nuestra aventura, y que sigue exigiéndonos superación de lo ya hecho, sin renunciar a nuestro pasado.

Algunos exiliados, seguramente por frustración, se ponen especialmente agresivos con el país que los ha acogido, se les produce una especie de reacción alérgica hacia todo lo que los extranjeriza, todo lo que les recuerda que están lejos de su país, y aunque tratan de rehabilitar su vida pasada, formando ghettos de sueños y empanadas, chocan inútilmente con los usos del lugar, y viven en la confusión y la nostalgia. Para nosotros, las cosas han sido diferentes: rápidamente, aprendimos a reconocer los beneficios que podíamos extraer de nuestra permanencia en Francia, y después de nuestro naufragio, yo diría que ahora estamos instalados en este medio, y con pocas ganas de salir nuevamente a la aventura, inclusive, si ésta fuera en un Chile que hubiera recuperado la democracia. Esto podría parecer ingrato y exagerado, pero el tiempo pasa, y no vale la pena inventarse pretextos y justificaciones, cuando la vida se ha apoderado de nuestras decisiones. Ahora que hemos vuelto a tener sofás, roperos y camas, es muy duro pensar en tener que volver a reconstruir todo de nuevo. Y una de las cosas que más pesan en este sentido, es el nacimiento de nuevas familias, las vidas que han ido haciendo nuestros hijos, ahora seguramente mucho más franceses que chilenos, los nuevos parentescos, los nuevos compromisos, y la nueva trama de relaciones humanas, con la cual se va tejiendo la vida real. Para nuestros hijos, Chile viene a ser como un país mitológico, más cercano a los sueños de sus padres, que a los suyos propios, lugar que quisieran visitar seguramente, pero en el cual no se imaginan viviendo, pues, como nosotros, también ellos le deben fidelidad a las raíces que la vida les ha impuesto. Lamentablemente, estos problemas nunca han aparecido enfrentados en forma realista, se ha dado una imagen completamente falseada del exilio, tomándolo únicamente en su aspecto político, y se ha inventado un dramatismo o un patetismo, que la mayoría de las veces, está lejos de la realidad, haciendo creer que todos los chilenos que viven afuera, pasan sus días con la espina del retorno clavada en medio del corazón. Seguramente hay casos de ésos, pero un buen número de exiliados, hoy día se ha asimilado a su nueva condición, y sería muy difícil sacarlo de ella. Para muchos, volver sería multiplicar el exilio, o en el caso de los que llegaron muy jóvenes o que nacieron aquí, comenzar a vivirlo.

Desde Francia se descubren nuevas pertenencias, se tiene una visión más general de América Latina, y se hacen más presentes, países y regiones de los que en Chile sabemos muy poco: África, por ejemplo, los países árabes, Japón, China, etc., pero además, se vive la propia realidad francesa como observador y participante a la vez, lo que habitúa a una cierta objetividad, frente a conflictos, que, de otra manera, se enturbian por los partidismos y las tomas de posición, en apariencia, inconciliables. Esto nos ha ayudado a ser más amplios y tolerantes, y a tratar de comprender nuestra propia realidad latinoamericana, desideologizando un poco nuestros conflictos, los cuales revisten a veces el carácter de grandes cruzadas, cuando, en realidad, no son otra cosa que pequeñas reyertas unilaterales y estrechas.

Pero tal vez, lo más decisivo para nosotros, ha sido lo que tiene directamente que ver con nuestra profesión; en este sentido, el conocimiento de la canción francesa, ha influido directamente en lo que hacemos. En estos últimos decenios, los latinoamericanos hemos perdido mucho los vínculos que antes tuvimos con la cultura francesa. Nuestros pueblos apenas conocen a algunos cantantes del pasado, y de manera muy superficial. La influencia anglosajona ha sido devastadora, y nos ha impedido ver lo que se ha estado haciendo en otras partes. Grandes figuras de la canción francesa, como Leo Ferré o Georges Brassens, o inclusive, Jacques Brel, son apenas escuchados por algunos intelectuales, pero completamente ignorados por el gran público. Para nosotros, descubrirlos a ellos, y a todos los demás, de Charles Trenet a Renaud, fue como entrar en un nuevo continente. Por eso, nuestras creaciones posteriores al golpe están marcadas por esta experiencia.

Los exiliados somos ciudadanos de extraños países intermedios, que no están en ninguna parte, pero que, a su manera, hacen la imposible síntesis de lo que hemos vivido. El que visita un país como turista, en el fondo, nunca sale del suyo, todo lo que mira, lo ve desde la ventana de su propia realidad, desde su punto de vista nacional. Por el contrario, el que llega a vivir en otro país, comienza a conocer la ambigüedad de su posición. Tal vez exista un país entre Francia y Chile, un país nuevo, que está todavía por descubrir. Nosotros formamos parte de él. Tal vez, los que vivimos flotando, hayamos descubierto una verdad importante, que une los extremos, y demuestra la ilusión que hay en toda fragmentariedad humana, tal vez, el único país real es el que establece los vínculos entre todos los hombres y todos los países. El exiliado ha perdido muchas cosas, pero ha ganado otras, entre ellas, esta conciencia de que todas las tierras engendran en el hombre el mismo deseo de cultivarlas, de elevar nuestras casas en ellas, este saber de que ningún verdadero amor se contradice con otro, de que todos pueden coexistir en el alma, sin desgarros y sin destrucción.










 
  

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