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53 Festival de Cosquín 2013

Tercera luna coscoína. Del remanso litoral a la aventura cuartetera

por Pao de Senzi/Boletín Folklore el 22/01/2013 

Todo en una noche: Los Manseros, Barboza y Spasiuk, Vitillo Ábalos, Leo Dan y el cuarteto cordobés, se dieron cita en la Plaza Próspero Molina en la tercera luna. El público respondió por igual con el aplauso a todos los artistas.

Chango Spasiuk y Raúl Barboza. © Paul Amiune
Chango Spasiuk y Raúl Barboza.
© Paul Amiune

 

La previa a la tercera luna del Festival de Cosquín, ya venía con algunas cuestiones sobre quien de todos los números fuertes de la noche se llevaría el mejor aplauso y la mayor cantidad de gente en la platea. Fue una noche en que lo popular estuvo al lado de artistas cuya presencia enriquece desde otros lugares, y uno comienza a preguntarse nuevamente, cual es la búsqueda real del público festivalero.

 

Si el silencio para Spasiuk y Barboza fue proporcional al bullicio de la banda cuartetera Chévere, o si la ovación para por Vitillo Ábalos se convirtió en coro para Los Manseros, —siendo el mismo público el que ocupaba la Plaza— es que, seguramente hay una predisposición para escuchar y entender de qué se trata. Y ahí está el resultado: el público de Cosquín incluye todos los públicos.

 

La noche comenzó con historia santiagueña (algo que se repitió en otros segmentos de la noche). Los Manseros avanzaron hasta el borde del escenario y cantaron para un público fervoroso, que temprano ya ocupaba las butacas. Luego de las palabras de Marcelo Simón, dedicadas a la provincia de Córdoba y sus personajes, Onofre Paz saludó a la gente y comenzó a cantar. Al punto de Añoranzas, a Paz la emoción lo embargó, mientras recitaba los versos de Julio Argentino Jerez. Son 53 años los que llevan él y sus compañeros sobre los escenarios, y la ovación es parte de la cosecha de esa siembra de tantos años, debe haber pensado Paz, mientras cantaba.

 

“Somos un grupo de amigos que compartimos la vida y cuando nos encontramos compartimos la música también”, explicó un emocionado Raúl Barboza sobre el escenario observado de cerca por su compañero, el Chango Spasiuk. Ambos fueron protagonistas de uno de los momentos más altos de la noche. Norte, litoral y dos de los fuelles más talentosos del país, que nos representan en el exterior, pero que cuando vuelven a casa, parece que jamás se fueron. ”Yo le presto lo que sé y él me presta su entusiasmo”, volvió a enunciar Barboza un rato más tarde, como resumiendo el encuentro. Cada uno en lo suyo, o juntos para interpretar temas propios (abrieron con Sao Luis Gonzaga) en contrapunto o a dúo, se fueron aplaudidos de pie por la gente que, —es verdad— de vez en cuando necesita de un remanso musical a tanta estridencia.

 

Una rato más tarde, Vitillo Ábalos puso tierra y provincianía al escenario Atahualpa Yupanqui para convertirlo en un patio santiagueño, algo así como —parafraseando a Peteco— un Memorial de los Patios a cargo del único hermano sobreviviente de los Ábalos. Vitillo llegó junto a un grupo de coprovincianos y su humanidad de noventa años intacta. Cómo no terminar con Nostalgias santiagueñas para cerrar un capítulo de la historia del folklore, en la tercera luna.

 

Otros artistas de la noche: el regreso de Natalia Barrionuevo, la riojana a la que Maia Sasovky presentó como “la elegida de Mercedes Sosa”, Las Voces de Montiel, la colorida delegación de Jujuy y Mariana Cayón, con su particular (e innecesariamente estrafalario) atuendo, el santiagueño Franco Ramírez, el talento de Joel Tortul y ese talento nato del santafesino y Néstor Garnica, haciendo sonar su violín decidor cuando la madrugada ya avanzaba hacia el día.

 

Promediado la grilla y por primera vez en el Festival, subió al escenario aquel chango de Atamisqui, que fuera compositor de algunas chacareras que hoy cantamos todos. Luego la vida lo llevó a radicarse en México donde produce y transita otras músicas. Pero siempre se vuelve al primer amor. Y al punto de haber sido su primera vez en este festival, el público que lo recibió colmando la plaza Próspero Molina. En su set, Leo desafió al tiempo y desandó grandes éxitos de otras épocas: Celia, Estelita, Atamisqui, y otras coreadas por todos. El pastor que es hoy reemplazó al cantor de ayer en el final de la actuación, cuando, emocionado, agradeció a Dios y bendijo al público al son de sus mariachis.

 

Franco Ramírez, otro santiagueño, fue el encargado de aplacar a un público fervoroso que pedía la vuelta de Leo Dan, ya sin posibilidades de repetir. A fuerza de guarachas, Ramírez dejó conformes a todos. Rubén Patagonia y Orlando Veracruz pusieron lo suyo, como lo hicieron Sentires, Los del Suquia, Gustavo Córdoba y el Mono Leguizamón.

 

La avanzada la dio Ángel “Negro” Videla, uno de los más antiguos cantantes de la banda cuartetera Chévere, encargada del set homenaje a la música de Córdoba, cuando subió a cantar junto al grupo Cinco Sentodos, antes de Veracruz. Minutos más tarde, se acoplarían a Videla todos los integrantes de Chévere, más sus vocalistas históricos: Julio “el turco” Manzur, Miguel Calderón “Pelusa”, Fernando Bladis y Rubinho, que cantaron una tema cada uno para reunirse a la banda y cerrar con 25 Rosas, cuando ya el cielo se aclaraba desde el horizonte.

 

Ya parecía lejana la emoción de Onofre Paz, ante los versos de Jerez. Un poco más cerca, estaba el fuelle de Spasiuk rebotando sonidos contra los del acordeón de Barboza, pero lejos igual quedaba el zapateo de Vitillo. Todo en una noche, desde la emoción hasta el bullicio, el remanso y el silencio. Como el huayramuyo que surge del violín de Néstor Garnica, Cosquín pasa rápidamente pero siempre deja en cada luna, algo para conservar en la memoria.










 
  

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