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Aniversario de la desaparición de un inconformista

Boris Vian, uno de los autores franceses más iconoclastas, entra en La Pléiade a los 50 años de su muerte

MEDIOS el 23/06/2009 

En España, Tusquets y Demipage recuperan algunas de sus obras

Por Elena Hevia, para El Periódico

Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver. Boris Vian dejó el suyo en el patio de butacas de un cine de París mientras veía de incógnito la (nefasta) adaptación de su novela Escupiré sobre vuestras tumbas. Lo de incógnito era porque oliéndose lo terrible del resultado se negó a que su firma figurara en los créditos. Y quiso ratificarlo. Arrastraba una cardiopatía desde la infancia y su corazón no lo resistió. Murió a las puertas de convertirse en un cuarentón, a los 39; hace, hoy 23 de junio, 50 años. Todo un símbolo para un hombre que multiplicó sus facetas como —ahora es fácil decirlo— si tuviera la intuición de que la fiesta iba a acabar pronto.

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Vian fue ingeniero, inventor de artilugios curiosos como la rueda elástica. Pero también autor e intérprete de canciones con alma de cabaret —casi 400—, crítico y trompetista de jazz, agitador incansable de la noche parisina tras la euforia de la segunda guerra mundial en locales míticos como el Tabou, donde tocaban sus amigos Miles Davis y Duke Ellington. Sin olvidar su etapa como sátrapa del surrealista Colegio de Patafísica y poeta.

 

Denis, el recordado lobo-hombre en París que protagonizó la canción del grupo La Unión, nació de una de sus novelas. Porque fue un novelista lírico y transgresor en las obras que firmó con su nombre —El otoño en Pekín, La hierba roja, La espuma de los días— y un salvaje cuando se escondía bajo el seudónimo de Vernon Sullivan con el que firmó unas satíricas e hiperviolentas novelas negras-negras (se suponía que el tal Sullivan era un afroamericano y que Vian era solo el traductor). Tras su muerte, los chicos del Mayo del 68 lo elevaron a mito. Era fácil, hay una convergencia ideal entre la juventud, su prosa desaforada y sus ganas de tocarle las narices al sistema. Para muestra, en plena guerra de Argelia escribió Le déserteur (El desertor), una canción incomprendida entonces pero que con el tiempo se convertiría en himno de un pacifismo todavía por inventar.

 

Todas esas cosas y muchas más (también están sus guiones cinematográficos y sus obras de teatro) fue Boris Vian, que en los años 80 conoció un momento dulce en la edición española y hubiera pasado al limbo de los olvidados si Tusquets no se hubiera empeñado en seguir editándolo. En diciembre el sello publicará el inédito en castellano Trouble dans les Andains, una desopilante intriga policiaca, y en septiembre Demipage pondrá en las librerías una nueva versión de Je voudrais pas crever, un librito de poemas, larga enumeración de tareas pendientes antes del adiós definitivo que escribió en 1952 en un momento particularmente agitado de su muy alterada existencia: estaba por divorciarse de su primera esposa. El libro que se publicó en Francia póstumamente y que Hiperión tradujo como No quisiera morir hace unos cinco años se llamará ahora más apropiadamente No me gustaría palmarla, lo que no es raro si se tiene en cuenta que algunos de los traductores son Javier Krahe, Fernando Savater y Santiago Auserón.

 

Más suerte tiene el Vian compositor, porque acaba de aparecer L’ingénieux romanesque, un álbum con tres discos que recoge parte de sus grabaciones como músico de jazz, sus canciones y una selección de artistas como Henri Salvador, Juliette Greco y Maurice Chevalier que han interpretado sus temas. Eso sin contar el muy recomendable disco que el argentino Andy Chango le dedicó el pasado año.

 

En Francia, los homenajes que se le tributan –básicamente reediciones y espectáculos teatrales y musicales– tienen una mayor entidad. Para empezar están enmarcados en la reciente entrada del autor en la Biblioteca de La Pléiade, el mayor signo de reconocimiento que un autor puede tener en el país vecino. ¿Qué hubiera pensado Vian, despreciado en su momento por editores y periodistas y finalmente por el santón Jean-Paul Sartre, que había sido su amigo? Reírse, sin duda. Su gamberrismo poético y alejado de los dogmas ha subido finalmente al Parnaso.










 
  

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