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Estrena «El reino de Rada en 3D», su nuevo espectáculo infantil

Rubén Rada: «Lo que quiero es que los chicos sean desfachatados»

MEDIOS el 24/07/2009 

Pionero del candombe beat, viajó desde El Kinto de Eduardo Mateo y Opa hasta la creación de una obra para niños que ya es un clásico.

Por Marcelo Pavazza, para Crítica de la Argentina.

“Estamos en la ruina, como Independiente. Es increíble: fuimos dos glorias y ahora no tenemos nada, agarramos la bajada”, dice, muy uruguayo, Rubén Rada. Peñarol, su club, lo tiene mal al Negro, pero eso no impide que el escudo del cuadro aurinegro corone el apartado “Discografía” en su dinámico sitio web. Algo que parece hablar, en escala doméstica, de la tenacidad de este músico uruguayo de 65 años que entraría en cualquier lista de personas y músicas con la estatura de “clásicos”. Una pátina dorada de reconocimiento que le dio muchas cosas: la idolatría de músicos de uno y otro lado del Río de la Plata, el resonar de su nombre cuando de cruce de géneros e invenciones se trata y, por añadidura, la seguridad de que una de sus etapas como artista, la del acercamiento al mundo infantil –que ya tiene diez años de vigencia–, tiene una estructura muy firme, construida a pura sinceridad. Por las dudas, lo blanquea: “Ahora me encanta hacerlo, pero al principio no quería saber nada. El que me enseñó fue Horacio Buscaglia, que un día me dijo: ‘Los niños de Uruguay necesitan a alguien que les cante’. Le contesté: ‘Y... que les cante otro, yo les tengo terror a los niños. Se empacan, lloran, y aparte no sé’”, recuerda. Enseguida, Buscaglia le prometió ayuda, pero “sólo quiso que le contara qué es lo que quería decir”, cuenta Rada. “Le retruqué: ‘Que los niños sean desfachatados’. Y entonces compuse canciones como ‘Malas palabras buenas’, ‘Me revienta’, otra que explica la globalización o ‘La novia de la escuela’, todas con letras que se ubican en el lugar de los pibes”.

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El enganche de los chicos con Rada es intenso, como sucede con los grandes desde hace más de tres décadas. El “Rada infantil” comanda todo, como el otro, desde su torre de tumbadoras, y ejerce un magnetismo análogo sin importar la composición etaria de su platea. Para disfrutarlo, ir hoy, mañana y pasado a La Trastienda (Balcarce 460, a las 16.30). El espectáculo se llama El reino de Rada en 3D, y su argumento, antes de hacerles pasar un buen rato a los concurrentes, divierte a Rada, que lo relata: “El show cuenta la historia de un reino donde yo soy el monarca y mi hija (interpretada por su verdadera hija, Lucila Rada) vuelve de estudiar hechizos, pócimas y embrujos en el Colegio de Notre Dame. Llegan con el Conde Roquefort (el gran músico uruguayo Pinocho Routin) y quieren cambiar mi reino. Es muy divertido. Hago esas canciones que te nombré y otras, pero también “Cha cha muchacha” y “Plena”, porque la intención es que el espectáculo sea para toda la familia.

 

–¿Y lo del 3D?

 

–Ah, porque está de moda, ¿viste?. Entonces, como yo soy largo, ancho y profundo, tengo las tres dimensiones.

 

En realidad, se requiere sintonía fina para saber en cuántas dimensiones funciona un artista como él: cantante desde los 7 años –cuando imitaba a Gardel, al mexicano Miguel Aceves Mejía o Brenda Lee para los parroquianos de una parrilla–, Rada respiró desde siempre y por partes iguales música, Montevideo y carnaval. El crecimiento de sus piernas (interrumpido por una tuberculosis cuando era muy pequeño) conoció de tablados y trabajos (“Repartía telegramas”) hasta que, pasados los 15 años, lo encontró con la decisión de dedicarse exclusivamente a la música. “Empecé en una orquesta de salsa tipo Lecuona Cuban Boys o La Sonora Matancera. Después llegaron los Hot Blowers (donde conoció a sus compinches musicales de larga data Hugo y Osvaldo Fatorusso), con los que hacía jazz y cantaba por fonética. Ahí nació Richie Silver, un nombre que me pusieron (el actor) Cacho de la Cruz y Bachicha Lencina”. Ese inglés sanateado terminó por cansarlo: “Un día vino una mina y me dijo ‘¿No me firmás un autógrafo?’ Le puse cualquier cosa, no sabía ni cómo se escribía. Me dije ‘¿Qué estoy haciendo?’. Al año murió Richie Silver, que sólo volvió hace un par de años para joder un poco”.

 

–Y entonces llegó El Kinto.

 

–Claro. Primero El Kinto, con (Eduardo) Mateo, Urbano Moraes; y después Tótem. Te digo que esos dos fueron los grupos más importantes del Uruguay. Pero Opa, que vino después, directamente fue, y es, una banda de culto.

 

No exagera: Opa llegó afilado por las dos agrupaciones precedentes, que hirvieron el caldo del llamado candombe-beat para que luego la audiencia se lo tomara de a sorbos. Rada no puede desgranar su historia con tranquilidad si no hay un lugar para el (ahora) reverenciado Eduardo Mateo, mucho más que un nombre dicho al pasar en su biografía: “Mateo para mí es como Picasso. Y le tocó vivir la vida de un pintor: lo amaron después de muerto”, se lamenta. “Era un adelantado. Lo que él hacía cuando empezó no lo entendía nadie. De hecho, íbamos juntos a los boliches, tocábamos sus canciones y nos terminaban echando”.

 

Tras muchos intentos (“¡Vine tantas veces y no pasó nada!”, ríe), hizo pie en Buenos Aires: nadie podría equivocarse si ubica temas como “El rock de la calle”, “Blumana” (aquella de “Tocá, che Negro Rada”) o “Ayer te vi” como pilares de la escena de los 80. Tampoco sería errado asegurar que lo que él hacía estaba entre lo más original que podía encontrarse por aquellas épocas: Uruguay y África en tambores, guitarras eléctricas y teclados inspirados que cruzaban rock con candombe o con murga, sazonados por una puesta en escena que apelaba al humor y a lo festivo. Ritmo y sangre para una banda sonora que iluminaba la entrada a la libertad, ese bien tan poco conocido entonces. Vuelto a Montevideo en el 95, tras un lustro de vivir y trabajar en México, regresó con gloria bajo el ala de los álbumes Montevideo y Montevideo 2. Premios, discos de platino, admiración, reverencia. ¿Dinero? “No, la plata llegó recién en 2001, con ‘Cha cha muchacha’”, explica, “Ahí comí: pude comprar mi casa recién a los 55 años, y tengo 65. Hace 10 años nomás que tengo una casa. Me decían ‘músico de elite’ y nunca gané un mango, nunca. Ahora me siento puteado porque canté eso. Mi hijo Matías me dice: “Papá, esa boludez de ‘Cha cha muchacha’”. Le digo: “Gracias a eso, tenés una casa”.

 

Un cuento de hadas negro con aires familiares y ritmo de candombe

 

Rubén Rada está lejos de ser un renegado, aunque su infancia haya sido durísima: “Éramos siete en una pieza: mi vieja y mi tía, que eran mellizas, mis hermanos Martín y el Chila, y mis primos el Cola y Carlitos. Era en Montevideo, en la calle Daseglio. Teníamos techo de cinc con goteras, y el que se acostaba último marchaba, porque era al que le caía la gota en la cabeza. ¡Hacía un frío! Era la época de los sabañones. ¿Qué querés que te diga? Para mí era divino. Me acuerdo de que nos daban como siete litros de leche por día que había que ir a buscar a la mañana. En aquella época yo tenía muchos complejos por ser negro y le decía a mi vieja que la maestra era racista. Pero yo sacaba unas notas espantosas porque era un pelotudo que no estudiaba. Había muchos negros, es verdad. Pero, ¿viste?, te criás en una familia de negros, en un barrio de negros y había racismo. Había bailes donde no dejaban entrar negros.” Rada, que cuenta riendo algo digno de un drama, tamiza con el mismo humor –y un orgullo no disimulado– la relación que tiene con sus hijos: “Tengo tres. Y los tres negros, ¡qué desastre, loco! Lucila, que vive acá, tiene 28 años, estudia teatro, canta conmigo y ahora saca un disco; Julieta, que tiene 19 y está cantando jazz en Thelonious, con grandes músicos; y Matías, que tiene 23 y está tocando conmigo en un proyecto que tenemos con Osvaldo Fatorusso y el pianista Gustavo Montemurro, que se llama Confidence.










 
  

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