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«Yo no soy Amália Rodrigues ni lo quiero ser»

Gisela João, de dependienta a nueva estrella emergente del fado

AGENCIAS el 18/07/2014 

Gisela João llegó a Lisboa en 2010 con poco más que una maleta y muchos sueños decidida a probar en el difícil mundo del fado, género en el que es ahora una nueva estrella emergente, comparada incluso con la más grande: Amália Rodrigues.

Gisela João

 

EFE - En menos de tres años de vorágine, Gisela João pasó de trabajar como dependienta en una tienda de ropa —a 2,5 euros la hora— a sacar su primer trabajo en solitario, en julio de 2013, del que se vendieron miles de discos y que le permite hoy compartir escenario con figuras como Mariza, la fadista más conocida dentro y fuera de Portugal.

 

Entre medias, actuaciones noche sí, noche también en casas de fados de la capital lusa, donde amadrinada por María da Fé, otra de las grandes del género, se fue dando a conocer en el "mundillo".

 

A sus 30 años ha irrumpido con fuerza en el mercado musical luso y su trabajo de debut recibió críticas muy positivas. Defensora del fado en su versión más tradicional, milita en él con una imagen más moderna y desenfadada de lo habitual, con los brazos llenos de tatuajes y un "piercing" en la nariz.

 

En una entrevista con Efe, admite que todavía siente vergüenza al salir a un escenario, una sensación que no se refleja desde la platea, donde su chorro de voz lo inunda todo.

 

"Yo no soy Amália Rodrigues ni lo quiero ser", explica Gisela João, la mayor de siete hermanos, nacida en una familia humilde de Barcelos (al norte de Portugal) que todavía hoy "alucina" al ver su éxito. El éxito de "Gisa", como es conocida en casa.

 

La comparación con la diva del fado, a la que coloca a la altura de grandes como Frank Sinatra o Elvis Presley, le halaga y le da vértigo a la vez.

 

"Es un peso muy grande para mí y no me gustan las comparaciones, todos somos diferentes", razona mientras apura su café.

 

Su carrera está plagada de casualidades y de intenso trabajo. Su flechazo con el fado le llegó joven, con sólo siete años, mientras fregaba la vajilla y por la radio sonaba un tema de Amália, Que Dios me perdone.

 

"Si mi alma cerrada se pudiera mostrar, y lo que yo sufro callada se pudiese contar, toda la gente vería lo desgraciada que soy, cuando finjo alegrías y cuando lloro cantando", entona casi sin darse cuenta.

 

"Me identifiqué en esa letra porque yo era la más mayor entre mis hermanos y tenía responsabilidades en casa, tenía que ser siempre fuerte y no hacer tonterías para dar ejemplo al resto", rememora.

 

Sin antecedentes familiares en el fado, desplegó su incipiente arte en espectáculos escolares, aunque lo dejó de lado cuando entró en la adolescencia.

 

Amante entonces de la música electrónica, regresó al género popular portugués cuando abrieron en su ciudad natal una casa de fados, lo que le permitió ahorrar para recién estrenada la mayoría de edad mudarse a Oporto, donde pretendía estudiar un curso de moda.

 

El dinero empezó a menguar en cosa de meses y encontró un trabajo a tiempo parcial de dependienta para compaginarlo con los estudios. Sin embargo, el virus del fado ya la había infectado y echaba de menos actuar.

 

A través de un músico amigo llegó a una de las casas de fado más conocidas de Oporto, donde venció el escepticismo inicial del propietario y acabó por hacerse un hueco.

 

Como integrante del grupo Atlanthida conoció a algunas de las figuras clave del sector musical portugués, lo que le dio la oportunidad de actuar frente a María da Fé.

 

"Me invitó a Lisboa, dijo que podía ayudarme. Y yo sabía que ocasiones así se presentan sólo una vez en la vida", subraya.

 

Las apariciones más o menos esporádicas en casas de fado de Lisboa le obligaron inicialmente a compaginar ese trabajo con el de dependienta para llegar a fin de mes, aunque con el paso de los meses consiguió más actuaciones y pudo centrarse en su carrera.

 

"Podría haber grabado un disco antes, pero yo no hago las cosas por hacer", razona.

 

Ese momento no llegó hasta dos años después de aterrizar en la capital lusa, y su trabajo no vio la luz hasta meses después, en verano de 2013.

 

Desde entonces ha vendido cerca de 15.000 copias y ha ganado fama y popularidad, tanta que incluso algunos fans la paran por la calle.

 

"Estaba comprando el otro día unos muebles y me pidieron una foto tres veces, y yo despeinada, sudando...", comenta entre risas.

 

Pese a su juventud, es una defensora del sonido más tradicional del fado: "Me da mucho miedo caer en ese error de querer hacer algo diferente para ser diferente. Yo no entiendo así mi música, para mí el fado tiene que ser puro y crudo".

 

Define este género como "intenso" y rechaza la etiqueta de triste que tantas veces recibe, a la vez que se lamenta de las dificultades que atraviesa un artista en Portugal para vivir de su trabajo.

 










 
  

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