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Violeta Mayor

«Hay que saber tratar a las Violetas»

MEDIOS el 27/09/2009 

Textos y fotos inéditas, un poema de Silvio Rodríguez y la desmitificación de tipos que algunos elevaron a un altar. Violeta Parra por Violeta Parra, como siempre debió ser, claro que con la mirada atenta de Isabel y muchos regalos de gente que busca compartir el legado.

De Sergio Benavides para La Nación Domingo

Dice que Violeta siempre quiso que se convirtiera en su secretaria. Y aunque en la época en que coincidieron en vida Isabel ni siquiera tenía máquina de escribir, ya se sabe que la porfía de la hermana de Nicanor puede traspasar umbrales incluso espirituales. “Sí, de alguna forma lo logró, creo que Tita, Milena y yo, a veces nos olvidamos de nosotras para convertirnos en su secretaria”, dice Isabel entre risas.

 

“El libro mayor de Violeta Parra” nace como una necesidad que se incubó en el exilio de la hija de Violeta, cuando todos querían saber de su madre. Episodios complejos, considerando que la herencia de la mujer que mejor ha graficado la identidad chilena estaba dispersa, entre países, pueblos y personas que pasaron por su juguetona vida.

 

El París de 1975 encontró a Isabel reuniendo fuerzas, y decidida a tomar un rol que le permitiera reconocer a su madre en distintos sentidos y en ámbitos en que nunca la vio, pero con la misión de realizar un testimonio escrito agrupando esas vivencias.

 

A SONARSE Y SEGUIR

 

Una llamada de Barcelona con una invitación de la Editorial Vergara era el golpe que faltaba. El mundo de los libros catalán se abría a la necesidad y le mostraron modelos de hermosas biografías de María Callas para convencerla. “Yo estaba en un proceso musical con Violeta. Era el proceso que nos formó a nosotros. Después vino todo lo demás. A medida que maduramos comprendimos sus otras dimensiones. Uno no nace con eso. Y tampoco terminas de conocer a tu mamá, no dejas nunca de saber. Sobre todo con este final tan trágico, que deja todo como en el aire. No le preguntaste nada de lo que querías preguntarle, no sabes nada. Es decir, te enfrentas a una persona que decide quitarse la vida voluntariamente en un momento donde nadie se imaginaba eso, entonces las interrogantes son infinitas”, explica Isabel que, pese a esas contrariedades, decidió seguir adelante. Lloró muchas veces con cada revelación, con cada carta que le entregaban amigos franceses. Recopilar sin transar era su consigna, pero como con Violeta nunca se sabe, Isabel recordará que “sólo ella decide cuándo los proyectos resultan o no”. La editorial luego de más de dos años de trabajo le dijo que no, que no había posibilidad de publicar, porque iban a quebrar. Entonces vino otra lloradera, pero el libro tenía que seguir su camino. “Pero como dice Cortázar uno se suena los mocos y se pasa el llanto, por suerte”, cuenta.

 

-¿Cómo fue trabajar con esa contrariedad de vida y muerte, de perdón y legado?

 

-Ahora ya no lo veo como perdón o no…, lo pondría como comprensión. Por qué tendría yo que perdonarla o no perdonarla. Sí, lo lamento. Cómo no lo voy a lamentar, lo lamento todos los días y cada cinco minutos, porque estoy siempre enfrentada a su vida, a su obra y al trabajo que hago por ella.

 

CARROÑA

 

Pese a los problemas Isabel siguió con el proyecto y el alivio se lo proporcionaba la propia Violeta. Su personalidad le jugaba a favor, se entretenía con cada una de las ocurrencias y anécdotas que descubría de su madre. “Si fuera una lata de madre, no habría movido ni una uña, pero es una persona tan rica en su vida, en su relación con el mundo, con la gente que es muy entretenida, y eso es lo que sostiene”, dice.

 

Movediza, insólita. Isabel cree que esos adjetivos definen a Violeta, además de su eterno emprendimiento. Al iniciar la arqueología de su madre en 1975 la recopiladora no tenía un solo papel. Pero día a día las colaboraciones fueron transformando su trabajo en un “banquete”.

 

Llegaron fotos, cartas. Entre ellas las dirigidas a Gilbert Favre, que enfermaron a Isabel durante un mes luego de leerlas. “Me destrozaba el alma, lloraba, me dejaba en un estado calamitoso. Yo no podía decir ‘tengo que dejar los sentimientos de lado por escribir el libro’. Sufrí mucho escribiendo el libro. Y me di cuenta de esa parte desconocida que al mismo tiempo me hacía sonreír porque la Violeta siempre hacía lo que quería”, recuerda.

 

Ese material descansó en la mesa de noche de su cuarto de París 14, hasta que en una conversación con el dueño de la editorial del Partido Comunista, éste le dijo que harían el libro. Sin embargo, las bases de ese texto estarían sentadas en Haydée Santa María, directora de Casa de las Américas. Un día ella recibió un libro que quería entrar a un concurso. Se llamaba “Gracias a la vida” y Haydée le contó a Isabel. Se trataba de una investigación de un grupo de la Universidad Católica a la que Isabel asistió. Creían que era un trabajo privado de un grupo de alumnos, que luego pasó a ser un libro que quiso concursar en Cuba. Pero para mala suerte de sus promotores, Isabel se encontraba en ese momento en la isla y Haydée no dudó en avisarle. “Veo el nombre del autor y dije no lo puedo creer”. Era Bernardo Subercaseaux. “Entonces uno aprende cuáles son las consecuencias de una personalidad como Violeta Parra y cómo despierta voracidad de todo tipo a todo nivel y en todas partes. Es la gente que se aprovecha de la muerte de otro, así de simple, queriéndola o no queriéndola”, dice molesta. Fue el primer palmetazo que recibió Isabel de los “millones que recibiría después” en cuanto al aprovechamiento del nombre y de la obra de su madre.

 

Entonces, como para calmar la molestia, Haydée la tranquilizó. “Este libro es malo”, le dijo y ella le desahucia ahora: “Era medio chismoso, hablaban personas que no tenían ni voz ni voto, era un libro cahuinero”, según su parecer.

 

Finalmente y más allá de las dificultades, en Cuba el libro tomó otro cuerpo. Víctor Casaus (quien hizo un documental con Violeta) escribió un prólogo. Y así, con la energía de la isla nació “El libro Mayor”.

 

LA SEGUNDA PATITA

 

La primera edición encontró a Isabel en la última etapa del exilio, en Buenos Aires. El libro le parecía “pobre, pero honrado”. No era un texto de anécdotas ni ficción. Eran documentos que fechaban la información ambigua existente y que trazaba con precisión algunos caminos que marcaron la vida de Violeta. “Salió chiquiturrio, pero la gente reaccionó fantástico”, dice Isabel, aunque asegura que le dolió que en esa época el diario El Mercurio lo tratara de “feúcho libro”.

 

Cuando regresó al país se dedicó a sus cosas, a los conciertos, discos, pero cada vez que salía, tenía que sacar fotocopias de fotocopias por el libro mayor. La necesidad popular fue fundamental en esta nueva aventura de realizar una segunda y ajusticiadora edición del libro mayor. Y fue así como otra vez Violeta se ponía en el centro de su vida, la desvelaba y la hacía trabajar como siempre lo ha hecho.

 

En la versión que ahora publica Editorial Cuarto Propio, vienen cartas que son reveladoras. Está, por ejemplo, una que escribió a Osvaldo Rodríguez sobre Alberto Zapicán. Ahí Violeta aparece molesta porque el uruguayo se fue de la carpa porque le pidieron un trabajo de carpintería. “Por fin caen las cosas por su propio peso”, dice Isabel, “y ya no tendré que responder por él y otros personajes que algunos elevaron a un altar que no corresponde”.

 

También vienen anécdotas y amistades fundamentales. Entre las primeras está cuando Violeta partió a la pampa argentina a rescatar al Tío Lalo de una de sus aventuras. El Tío volvió, pero Violeta se quedó en casa de gente que la vio desenvolverse entre recitales, talleres y su trabajo. Después Violeta viajará a Buenos Aires, pero esa historia ya es más conocida. “Cuando la fuimos a buscar no le preguntábamos nada, con las cartas que ella escribía era suficiente. Tampoco eran muchas. Siempre le pedía cosas a Gilbert, que le llevara las arpilleras, los cuadros, etc. Entonces un día que vuelvo a París encontré una caja en casa con cartas que decía: “Cartas que le escribía Violeta a Don Joaquín Blaya”. Isabel dice tener suerte de que exista ese tipo de personas desinteresadas, que gracias a ellas se logró el trabajo. “Son verdaderos diarios de vida”, dice Isabel. “Son voladuras de Violeta que abarcan el universo completo”, cuenta, universo que completan opiniones de Gonzalo Rojas, Gastón Soublette y un poema que Silvio Rodríguez dedicó a Violeta.

 

Resumir el texto sería un absurdo, pero en palabras de Isabel sería algo como “Su vida, sus cartas, sus costumbres, su postura en el mundo, Violeta. Eso es El libro mayor”.

 

EN ACCIÓN

 

La presentación del libro se realizará el 29 de septiembre a las 12 horas en la Sala de Cine del Centro Cultural Palacio La Moneda. Ese día cantará Isabel, Tita y Antar y presentarán una antología musical.

 

Carta a Violeta Parra

Mi siempre bien amada Violeta Parra:

supe por una nube tu dirección.

Te escribe una guitarra

que te recuerda con devoción,

sólo para cantarte, sí,

cómo va la cuestión.

Por aquí abajo huelgan las maravillas,

la costumbre deserta de la piedad.

Reina la pesadilla

como suprema divinidad.

Ego, fama y dinero, sí,

bendita trinidad.

El afortunado

hace vista gorda

y el vilipendiado

carne de la horda.

Beso a Carmen Luisa,

novia de un arcángel.

Quiero a la Chabela

y saludo al Ángel.

Las redes tejen sueños para subastas;

la sangre ajena es un efecto especial.

La dignidad se gasta

como la piedra filosofal.

El lucro y la codicia, sí,

forman la patronal.

Mi querida Violeta, mándame aéreos,

voces de tu Universo en evolución,

para usar tu misterio

contra las plagas del faraón,

para que me den fuerzas, sí,

y una buena canción.

El afortunado

hace vista gorda

y el vilipendiado

carne de la horda.

Beso a Carmen Luisa,

novia de un arcángel.

Quiero a la Chabela

y saludo al Ángel.










 
  

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