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Isabel Parra, cantante: «No estoy dispuesta a vender a mi madre»

MEDIOS el 11/10/2009 

Después de que en una crónica del diario La Tercera fuese calificada como “censora” del legado epistolar de su madre por no incluir las supuestas cartas que hablan del suicidio, entre otras, Isabel Parra, la encargada de difundir al mundo la amplia producción artística y cultural de Violeta, responde a quienes la han calificado como el mayor obstáculo para elevar a la artista a la categoría de marca registrada.

Por Susana Rojas S. para El Periodista

Llevamos semanas tratando de concretar nuestro encuentro. El lanzamiento del Libro Mayor, una gran compilación epistolar de Violeta Parra, es el motivo. Sin embargo, distintos inconvenientes nos llevan a cancelar la entrevista más de dos veces. Pero, tal como nos dice Isabel en medio de nuestra conversación, de forma casi mágica, un día todo se da para que El Periodista logre visitarla en su acogedor departamento de Providencia y para que ella, oportunamente, responda a una crónica periodística que la ha calificado como “censora” de su madre.

 

En más de una hora, la hija de la Viola, no sólo nos deslumbra con su claridad para expresar el dolor que siente frente a este tipo de ataque, sino que también aclara con El Periodista, el por qué su madre no ha recibido en Chile el mismo reconocimiento que otros grandes y nos explica qué significa ser hija de quien es, el descubrimiento interno que le produjo la reedición del Libro Mayor y por qué el Museo Violeta Parra, La Jardinera, tendrá un sello personal.

 

En una crónica publicada el 3 de octubre en el suplemento de Cultura del diario La Tercera, el periodista Andrés Gómez, te califica como “la censora” de las cartas que componen el Libro Mayor de Violeta Parra. Que tú decidiste censurar algunos episodios como el suicidio o cuando decide quedarse en París tras la muerte de su hija, Rosita Clara. ¿Qué respondes a eso, Isabel?

 

Los argumentos de este hombre son falsos y ridículos. Primero, si yo hago un libro de X persona, con cartas de X personas; si yo soy la gestora de ese libro, es lógico que pongo en ese libro lo que me da la gana, porque soy una persona libre de elegir el material que quiero para ese libro, entonces, desde esa perspectiva, no tengo que rendirle cuentas a este Andrés del porqué de esta carta o esta otra. Pero bueno, el tema es que no existen esas cartas que él dice. Él se está arrancando con los tarros y está inventando o suponiendo cosas que no son verdaderas. De todos modos, en el caso de que hubiera alguna carta de la Violeta que dijera: “mañana me voy a matar”, no tendría por qué darle cuenta yo a este hombre de la existencia de esa carta.

 

¿O sea, que el periodista de La Tercera sabía que no existía la carta de suicidio a la que alude en su crónica?

 

Se lo dije por teléfono, porque cometió la impertinencia de llamarme a mi casa para preguntarme por el suicidio de mi madre, lo que me pareció totalmente fuera de lo normal. Creo que esas cosas no se hacen y le puse como ejemplo un suicidio tristísimo que ocurrió estos días. “¿Te atreverías a llamar al padre de este niño que se suicidó para preguntarle detalles?”, le dije. Creo que frente al suicidio tenemos que respetar, y se lo dije. La verdad es que yo no tengo idea de por qué mi madre se suicidó, y por tanto no puedo hacer conjeturas gratuitamente, y menos con este periodista con quien no tengo ninguna unión; ningún lazo afectivo. No lo conozco.

 

¿Sentiste que esa entrevista perseguía un fin escabroso desde el comienzo?

 

El día del lanzamiento del Libro Mayor en el Centro Cultural Palacio La Moneda, él se me acercó y me interrumpió preguntándome cosas, que en ese momento encajaban en el contexto, pero después cuando me llama a mi casa, a mi teléfono privado preguntándome sobre este tema tan mío, empecé a sentir olor a nauseabundo; lo empecé a sentir a él nauseabundo, y me di cuenta que lo menos que le interesaba era el Libro Mayor de la Violeta Parra. Le interesaba esa parte morbosa, escabrosa, de empezar a averiguar por teléfono, con la hija de la persona que se suicidó, las razones de por qué se había matado, cuestión que repito, me parece nauseabunda. Es lo menos que puedo decir.

 

En la crónica el periodista cita otras fuentes que dan fe de la existencia de estas cartas…

 

Su error fue ese. Él supuso que habían otras cartas porque un Señor X le dijo que la Isabel tenías estas cartas escondidas no sé dónde y que por qué no las ponía, entonces comienzan a aparecer otros informantes en la historia, que indudablemente están en mi contra y suponen cosas que no tengo idea por qué.

 

¿Qué sensación te deja todo esto?

 

Mi intención es que la gente conozca el Libro Mayor de la Violeta. Él no lo conoce, no lo leyó, no le interesa, pero sé que hay miles de personas que sí quieren conocer este libro que viene con cartas nuevas, con cartas inéditas, con fotos inéditas, con testimonios de los cerebros más importantes de la historia intelectual de Chile, que están ahí atestiguando por Violeta Parra.

 

Yo no sé si este tipo se dio cuenta que en el lanzamiento, al cual dudo que se haya quedado, cuando Gastón Soublette, habla de su amistad con Violeta, se quiebra y se pone a llorar; eso no le importa a este periodista, ni mucho menos a su diario, entonces yo me pregunto cuando las personas estudian periodismo en la Universidad, ¿tienen un profesor que les dice: “oye, tú te vas a dedicar a la parte fea del periodismo; tú te vas a dedicar a cagar a la gente que te da entrevistas”. ¿Hay un ramo que se dedica a eso? Creo que no, porque la verdad, es que él ha sido la excepción. Debo pensar que él tiene un editor al que le gusta escarbar en los ámbitos más delicados o dolorosos de las personas. No sé, pero en cualquier caso, el asunto me parece patético y dramático, porque no creo que este diario venda más por escarbar en esa arista de la Violeta.

 

Pero independiente del periodista en sí y de la crónica, las fuentes que él cita y que son varias, reafirman la línea de que tú no sólo fuiste censora en la elección de las cartas que contiene esta reedición sino que también lo has sido en algunas gestiones que la Fundación Violeta Parra ha dejado de hacer en años anteriores, ¿qué opinas de eso?

 

Las cartas que aparecen en este libro son las mismas cartas que puse el año 80, cuando hice este libro en Francia, pero esta vez agregué otras que yo no conocía, que son inéditas, que son correspondencia que tenía mi madre con un amigo argentino que no están en el libro original y sin embargo sí están en éste. Yo he puesto todas, porque todas me parecen de un gran valor, por lo tanto esa es una falsedad; es un argumento de alguien que no sabe, que no ha investigado el tema, que no está informado.

 

Cuando descubres este nuevo material y decides hacer una reedición, ¿cuál es el enfoque que quisiste imprimirle a este nuevo texto?

 

En esa primera versión del Libro Mayor, yo no tenía los testimonios cerca de mí como los tengo ahora que vivo en Chile. Este libro lo hice casi virtualmente. Estaba en Francia con un dolor terrible porque no vivía en Chile, porque estaba exiliada y porque la gente siempre me pregunta por la Violeta y me preguntaban si había una biografía, si había material que yo tuviese para enseñarles quién había sido mi madre, y no había nada porque yo estaba exiliada. Me fui de este país con una hija de cinco años y con una maleta con unas pilchas, nada más. Entonces en mi calidad de exiliada en París y respondiendo de cierta manera al interés de la gente por la Violeta, decidí volverme a esta tarea impulsada también por Haydeé Santa María, la Directora de la Casa de las Américas, la heroína de la revolución cubana, que me dijo: “Isabel, no te queda otra, has el libro”, y así, con amigos que venían a Chile y con conexiones que tenía, pude comenzar a recopilar. Recuerdo que había que ser muy cuidadosa, porque nuestro nombre era prohibido en Chile; todo esto se hacía bajo cuerda.

 

Pasé 4 años de mi vida juntando ese material que coincidió con la petición de un editor, que me invitó a Barcelona, me mostró libros preciosos de María Callas, y me propuso que hiciéramos un libro de la Violeta. O sea, se me vino este elefante encima, lo asumí y lo hice.

 

¿Qué contienen estas cartas que enriquecen la figura de tu madre?

 

El enriquecimiento es enorme. Por ejemplo, había cartas dirigidas a nosotros, los hijos, pero que quedaron por ahí, porque la vida de la Violeta era re-loca. Si lees el libro te darás cuenta. Ella le escribe a un señor argentino, desde Azerbaiyán, desde la URSS, entonces yo como hija no puedo dejar de preguntarme cómo se las arregló mi madre para mandar esta carta; ¿en qué idioma lo hizo?; ¿cómo se comunicó con la gente del correo? Entonces, tener este contingente de correspondencia es una reliquia; es una suerte que no se hayan quemado, extraviado, que no se hayan destruido. Cuando mi madre está fallecida en la carpa de La Reina, yo lo único que hice fue recuperar su papeles en un baúl. Sólo eran papeles tirados. No eran archivos. No había orden. Yo me llevo esos papeles, que son los papeles de los que yo dispongo y después de los papeles de Gilbert.

 

Posteriormente, aparecen estas otras cartas en una cena en Washington DC. Estábamos en EEUU en la casa de un amigo y aparece un hombre argentino, un hombre de teatro que había convivido con la Violeta en Buenos Aires, y me dice: “yo tengo cartas que tu mamá le escribió a don Joaquín Blaya, y te las voy a mandar”, y cuando ya estoy vendiendo mi departamento en París, me encuentro un sobre blanco, lleno de cartas. Entonces, cada aparición de cada papelito tiene una historia que me conmueve profundamente porque yo no soy la censora de la Violeta, soy la persona que se ha ocupado de mostrarle al mundo esa otra parte de la Violeta; esa parte reflexiva de la relación con las personas que ella tanto valoraba y que cultivaba en la distancia.

 

Desde una perspectiva más intimista, cómo ha sido para ti, como hija, llevar al mundo esta dimensión icónica que tiene Violeta, ¿cómo sobrellevas esa dualidad?

 

No es un proceso fácil, porque por una parte yo estoy acá en Chile con estos materiales. Hemos creado, con mi hermano y con un grupo de gente, una Fundación para cautelar, preservar esto, que es un patrimonio de Chile, porque la Violeta transmitía con Chile, y por eso hacemos lo que hacemos, porque así mi madre lo hubiese querido. Pero claro, cuando me encuentro con cierto material donde mi madre conversa con sus amigos, me doy cuenta que hay cosas que yo desconocía en ella. Entonces ella me va contando cosas a mí a través de este material. Habla del mundo que la rodea, de ese sentimiento enorme que sentía por este planeta; de cómo ella piensa que tiene que moverse en el mundo; de cómo ella piensa que tienen que ser las relaciones entre las personas; de cómo ella ve a sus amigos. Es una forma de conocer a mi madre.

 

Tu madre era una mujer muy de sus amigos, muy de la gente, ¿no?

 

Una vez le preguntaron en una entrevista, entre sus trabajos y sus oficios, porque la Violeta tenía más de 200 oficios, cuál es el oficio que prefería, y ella responde: “yo elegiría quedarme con la gente”. Esa frase habla por sí misma.

 

¿Fue difícil para ti hacer la selección del material?

 

Un poco, pero siento que no he cometido ninguna indiscreción con mi madre. Yo no publiqué estas cartas para ganarme la confianza de cierto personaje siniestro, que eventualmente querría que esto ocurriera. Todo lo contario. Estas cartas nos enseñan a ver el mundo, nos dan lecciones a nosotros, y además nos da otra visión de la Violeta, una dimensión que no está contenida en sus canciones.

 

¿Por qué crees que la Violeta no ha tenido el mismo reconocimiento que sí han tenido otras figura como Neruda o la Mistral?

 

No lo sé, no sabría responder eso. Tengo una teoría muy personal y es la siguiente: creo que la Violeta es una creadora tan mágica que su obra se mueve sola, en su gran mayoría, sus cantos hablan solos. La Viola está instalada en el mundo de una forma que uno no podría llegar a imaginar. Pero en Chile no tenemos una fundación poderosa, no tenemos una empresa Violeta Parra, y de eso soy acusada, de que la Isabel impide que la Violeta esto y lo otro, pero nadie piensa que nosotros somos dueños de elegir cómo queremos mostrar a la Violeta en Chile; nosotros no queremos que su nombre se convierta en una marca, en una empresa comercial, pero tampoco somos tontos. Sabemos que ahora, que finalmente se hará el museo Violeta Parra, que son palabras mayores, tenemos que tener cuidado porque no queremos vender a mi madre.

 

¿Por eso te niegas a ciertos proyectos que han querido tener a la Violeta como protagonista?

 

Pero es que cuando alguien quiere hacer una película con la Violeta, ¿qué se supone que debería hacer yo? ¿Tengo que ponerme al servicio de esa persona y entregarle a mi madre en bandeja, pasar horas de mi vida contándole cómo era la vida de la Violeta y tengo que entregarles las cartas, mis recuerdos, mi corazón y mis llantos? No, yo no estoy dispuesta a hacer eso.










 
  

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