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Quintín Cabrera

por Miquel Pujadó el 22/11/2009 

A veces, se produce un cierto desequilibrio entre una vida y una obra. Dicho de otra manera, hay grandes artistas que más vale no llegar a conocer personalmente: desde un punto de vista ético y humano, suelen decepcionar. Otras veces, en cambio, los poetas —o los pintores, o los cineastas— hacen de su trabajo una prolongación del propio carácter, o convierten su paso por el mundo en un aspecto más de un proyecto global, tanto vital como artístico. Quintín Cabrera formaba parte de esta última categoría: estoy seguro de que Salvat-Papasseit lo habría considerado uno de los "poetas con mayúscula" que reivindicaba, uno de aquellos poetas que componen un verso con cada uno de sus gestos. Era un artista, pero ante todo era un hombre. Un hombre que vivía entre los hombres y que no se miraba las cosas desde una distancia prudencial. No le daba miedo mancharse, y sus canciones llevaban muchas manchas de sangre, y de carbón, y de grasa de máquina, y estaban marcadas por las heridas del combate, un combate desesperado pero indispensable para una vida más justa, no para unos pocos, sino para todos.

 

Nacido en Montevideo, Quintín Jorge Cabrera Beduchaud escribe desde muy joven unas canciones que son hijas de muchos padres: Carlos Puebla, Yupanqui, Gardel, Zeca Afonso, Woody Guthrie... Pero son hijas también de entornos, amistades, cóleras y risas. Son, por tanto, seres vivos. Quintín llega a Cataluña en pleno franquismo y, convencido de que ningún internacionalismo no puede ser construido sobre la opresión de unos pueblos sobre otros, hace de la causa catalana su propia causa. Utiliza enseguida con naturalidad la lengua del país (que pasará a sus hijos Ferran y Dayman, nacidos ya en Cataluña) e incorpora algunos temas en catalán a su repertorio: la pavana "Amor que tens ma vida", la adaptación de un tema del cantante occitano Martí (“Aquí, una nit")... Ya en su álbum Yo nací en Montevideo (1975) recita, a ritmo de milonga sobre una tenora (instrumento típico catalán similar a un oboe) que retoma la melodía de "La presó de Lleida": "No sólo compartimos la mesa y la cama. Compartimos las palabras, todas las maldiciones apretando los dientes, los hijos (...), el alquiler de la casa, y este dolor inmenso de tener dos patrias igualmente pisadas."

 

Algunos —sobre todo los que habían abrazado el pragmatismo enterrando de paso su juventud mental— lo llamaban, frunciendo el ceño, idealista, incluso iluso. Y quizá lo era. ¡Pero qué lugar más gris sería el mundo sin personas como Quintín! ¿Necesitabas un equipo de sonido? Quintín te lo prestaba sin cobrar un céntimo, y él mismo te hacía de técnico de sonido. ¿Los músicos se organizaban en un sindicato para la defensa de sus derechos? Quintín estaba siempre en primera línea de fuego, ofreciendo su tiempo, su esfuerzo, su mesa. En un mundo artístico lleno de egos hinchados, comportamientos mezquinos y piernas dispuestas siempre a hacer la zancadilla, era bueno saber que existía alguien como él, solidario y afable, que llenaba de buen humor y fraternidad calles, casas y escenarios.

 

Era precisamente sobre el escenario donde se revelaba como un comunicador de primer orden, dosificando sabiamente la emoción y la risa, donde —por muy numeroso que fuera el público— parecía dirigirse siempre a un conjunto de personas, de amigos, nunca a una masa amorfa y fácilmente manipulable. Y la lucha y el compromiso no podían ser entendidos sin el humor. En los conciertos de Quintín Cabrera nos emocionábamos aprendiendo que "Las ciudades son libros", escuchando las historias de "Juan" ("creador del planeta y del pan") y "Mi padre el compañero" (aquel poeta que manejaba camiones y que llevaba a sus hijos al circo porque le gustaba aún más que a ellos), pero también nos hacíamos un hartón de reír con las cuartetas a menudo improvisadas que salpicaban canciones como "El viejito 'el acordeón", "Que sí, que no" o la impagable "Milonga-niza" de acentuación imposible ( "En el tiempo 'e los apostoles / los hombre eran barbaros, / se subían a los arboles / y se comian los pajaros"), o sonreíamos cuando, cantando "Los reyes son los padres ", nos explicaba el racismo de Tarzán, o el hecho de que "Supermán es asexuado y gilipollas (boludo)", antes de dejarnos llevar por la ternura de "Un largo abrazo de agua" o "Va de lunas".

 

Quintín vivió tiempos difíciles, claro. Tiempos en que aquellos que defienden que la Trova, además de un producto artístico bello y riguroso, debe ser una herramienta ideológica puesta al servicio de la dignidad del ser humano y de sus luchas cotidianas, comenzaron a ser arrinconados por un poder político (y por ciertos medios) que los consideraba molestos, incluso peligrosos, que los marginaba y hasta los ridiculizaba si no se dejaban colgar una medalla que permitiera recluirlos en el Museo de la Resistencia (¡como si ya no fuera necesario resistir contra nada ni nadie!). Quintín no jugó al juego del victimismo, no era su estilo. Continuó cantando por todas partes (de Madrid a Lisboa, de Zaragoza a Málaga) y produciendo canciones cada vez más bellas (“Las casas viejas", "Quase um fado", "Yo vengo de un país que ya no existe"...), se desplazó a Meco, junto a Madrid, donde creó con otros compañeros la asociación ZECA, consagrada a la difusión y la defensa de la Trova. Guadalajara será su última etapa. Allí librará su combate definitivo, esta vez contra su propio cuerpo, pero sin perder nunca la sonrisa ni la esperanza. Los "partes médicos" rimados que nos iba ofreciendo periódicamente eran un ejemplo sobrecogedor de inteligencia. Inteligencia, buen humor y voluntad de vivir y de hacer vivir a los demás.

 

En un mundo donde se quiere imponer la amnesia histórica, donde los medios de comunicación proponen la vulgaridad y la estupidez como modelos a seguir, donde las más terroríficas páginas orwellianas de 1984 se han convertido en la realidad que nos envuelve, no nos podemos permitir el lujo de aceptar la muerte de alguien como Quintín Cabrera. Lo necesitamos. Por lo tanto, está vivo. Cada uno de nosotros llevará una parte. Cada uno de nosotros llevará un verso o un acorde de guitarra. Cada uno de nosotros mezclará con su sangre unas gotas de agua del Olimar, un poco de mate, un suave perfume de grappa... y le dejaremos nuestra voz para que siga cantando, porque necesitamos, más que nunca, sus canciones: 

"He vivido tuteando a los abismos.

El perseguir quimeras no es tan malo:

Al avanzar se buscan nuevas metas,

Se aleja el horizonte a cada paso."










 
  

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