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Grabación realizada el 5 de enero de 1960 en el Auditórium de la Escuela de Educación de la Universidad de Concepción, en el marco de la VI Escuela de Verano. Violeta lee parte del manuscrito del libro «Cantos folklóricos chilenos» y canta canciones de los informantes retratados.

Aparece en la discografía de

Charla en el Aula Magna y canciones finales


Violeta: «He conocido los más variados tipos de cantores populares. Empecemos por el Norte. El antiguo pueblito de Salamanca está ubicado justamente a noventa kilómetros de Los Vilos hacia la Cordillera. Me habían dicho que la Semana Santa era cosa interesante allí. Efectivamente, los salamanquinos celebran esta fiesta religiosa tal como se celebraba hace sesenta o setenta años atrás, con Judas quemado en la calle, con encapuchados, con procesiones de niños disfrazados, con cantos, ferias al aire libre, charlatanes y cantores callejeros. La gente de los alrededores acude toda para seguir el curso recordatorio de la Pasión de Cristo.

El cura párroco me pidió que cantara en la puerta de la iglesia unos versos por padecimiento en día Viernes Santo. ”Mañana, Sábado Gloria –agregó–, podemos cantar por sabiduría en el altar mayor”. Así se hizo con gran contento de la gente. Al término de ceremonia algunas personas querían conversar conmigo, entre ellas, un hombre que deseaba hablarme de cantos a lo pueta. Con este cantor que me cayó del cielo, pensé, no hay que perder ni un segundo. Lo tomé de la mano, lo llevé al cuarto en que me hospedaba y lo senté frente a a la máquina grabadora, la que puse a funcionar en un santiamén:
–Yo me llamo Alberto Cruz. Tengo treinta y cinco años, trabajo en peluquería y mi padre cantaba trescientos sesenta versos.
–Y usted, ¿canta esos trescientos sesenta versos?
–No señora. Cantores como mi padre ya no van quedando. Yo lo acompañaba a cantar, pero después, con la muerte de él y con la música moderna, la gente del campo se dejó de cantar a lo divino.
–Supongo que usted no habrá hecho lo mismo…
–Sí, señora, también me dejé de cantar. Pero eso duró hasta un día que fui a Los Vilos. En una cantina la radio estaba cantando un verso por el fin del mundo. Entonces, dije yo: ”¡ese verso lo cantaba mi padre!”. Y corrí para la casa a dar la noticia: ”¡en la radio están cantando a lo divino!”, les dije a todos. Desde entonces que les estamos cantando a los angelitos otra vez.
–¿Y qué clase de versos cantan por aquí?, le pregunté, feliz de que la cinta magnética se estuviera tragando todas esas declaraciones de Alberto Cruz de Salamanca.
–Al tiro le voy a decir una cuarteta por padecimiento:

”Dónde habrá flor más hermosa
que la flor de la pasión,
porque tiene los tres clavos
y corona del Señor”.

–¿Quiere que le relate el verso entero?
Asentí con la cabeza. Cinco décimas, incluyendo la despedida, recordó el cantor del Norte.
–Pero Alberto, lo malo es que yo estos versos los tengo que aprender con entonación.
–¿Y qué tiene, señora, cuando yo tengo una entonación para cada verso? Cuando se me quite lo nervioso va a ver usted.
Alberto encendió un cigarrillo, se sirvió un vaso de vino y decidió cantar. Empezó a llevar el compás con los pies. Se sentó, se entonó silbando entre dientes, y sacó sus primeras décimas cantadas.
–¿Es un verso mocho?, le interrumpí.
–No, señora, tiene cuarteta y despedida. Esta es la cuarteta:

”Doce palabras divinas
decoran por el profeta
entre las alas del Pueta
redobladas pelegrinas”.

Ahora les voy a cantar el verso:

[Canta «Verso por las doce palabras»].

A las nueve de la noche, más o menos, había conocido a Alberto Cruz. A la una de la mañana el rollo de cinta magnética en doble pista estaba grabado completamente. ¿Podemos conseguir un poquito de agua?
Funcionario: Sí.
Violeta: Juan de Dios Leiva, ’on Leiva, ochenta y cinco años, chacarero, cantor y tocador de la Comuna de Las Barrancas, Santiago, es un anciano delgadísimo, erguido y huraño (no quiere hablar con nadie). Cuando le pedí que me enseñara sus cantos, me respondió:
– Yo juré no volver a cantar más en mi vi’a porque Dios me llevó a mi nietecita regalona, y la noche terrible que tuve que cantar pa’ ella la tengo anudá en el pecho y la garganta.
’on Leiva rompió su juramento cuando le dije que la patria necesitaba sus cantos:
–Por usté’ lo voy a hacer, Violetita, que es la única que transmite a lo pueta.
Tomó la guitarra, la afinó y tocó los primeros acordes del acompañamiento del canto a lo divino a la modalidad de los cantores de Barrancas. Don Juan de Dios no pudo cantar. Era verdad que tenía por su nieta un nudo en la garganta. Como en un gemido le salieron las primeras palabras:

”Ángel glorioso y bendito,
que estái senta’o en lo alto,
gloria al Paire, gloria al Hijo
gloria al Espíritu Santo”.

Las lágrimas de don Juan de Dios se deshacían en los tuntuneos de los entorchados de la guitarra. A pesar de su pena, me enseñó el acompañamiento a lo divino, y me entregó un cuaderno con hermosos cantos. En la primera página leí:

”Saludo a la bella mesa,
saludo al altar precioso,
saludo al ángel hermoso
por la virginal pureza”.

Más adelante, leí otra cuarteta de un verso por sabiduría:

”Quisiera un libro tener
con las tapas de diamantes,
con las hojas tan brillantes
que llegue a resplandecer”.

También por sabiduría, leí en otra página:

”La gloria es una ciudad
de lo más blanca y pomposa,
de medidas portentosas
y de inmensa claridad”».

La Rosa Lorca:

«Doña Rosa Lorca, también de la Comuna de Las Barrancas, es meica, arregladora de angelitos, partera y cantora. No toca la guitarra, pero su compadre sí. Y su compadre no es otro que don Juan de Dios Leiva, de quien acabo de hablarles. Los versos que me enseñó las Rosa Lorca son los que canto con el acompañamiento del ex cantor de velorios, don Juan de Dios Leiva. Décimas por padecimiento:

[Canta «Verso por padecimiento»].

En el fundo Tocornal:
”Cualquiera canta en una mata de hojas”. ”Cualquiera canta en una mata de hojas”, le respondió don Antonio Suárez a mi hermano Nicanor cuando este le preguntó qué le parecía el canto de la Violeta Parra. ”Cualquiera canta en una mata de hojas”.
Era la primera vez que visitábamos al cantor en el fundo Tocornal. Don Antonio era gran conversador, inteligentemente se escabullía cuando tratábamos de darle a conocer el objeto de nuestra visita. Si no hubiera sido por los díceres con que naturalmente adornaba su conversación, nos hubiéramos venido con las manos vacías.
Anoté en mi cuaderno, mientras él hablaba de su vida campesina, los díceres que pude, y menciono:

”El burlesco no vale na’”.
”Del formal se espera mucho”.
”La plata se gana al sol y se consume a la sombra”.

Al ofrecernos un vaso de vino durante el almuerzo, dijo:

”Al medio de la sopa viene una copa”.

Más tarde, le oí decir:

”Cuando el cristiano quiere quemarse, el diablo junta la leña”.

Don Antonio goza de espléndida salud y dice que no sabe lo que es el reumatismo, a pesar de haber pasado su toda vida regando con el agua a la rodilla, y lo que es peor, realizando de noche esta dura faena. ¡Es un tronco firme don Antonio, con sus cien años a cuestas! Todavía no ha encontra’o quién le gane a cosechar los choclos más lindos, ni menos que le haga competencia en la saca de miel, sin guantes ni mascarilla. Refiriéndose a los patrones, dijo:

”Los gentiles no pueden quejarse de mí”.

Al despedirnos, le agradecimos la botella de miel y el canasto de frutas con que nos obsequiaba. Él contestó:

”El mezquino come solo
hasta saciar su barriga.
Después traga la saliva,
lo mesmo que el Colo-Colo”.

Poco tiempo después, llegó a mi casa con una notica descomunal:
–Le tengo un guitarrón, Violetita, pero tiene que ir a buscarlo de cuerpo presente.
Fui corriendo. En mis manos puso al maravilloso instrumento junto con la siguiente historia:
–Con este guitarrón iba pa’ un velorio cuando me encontré con el diaulo.
–¿Cómo supo que era él, don Antonio?
–Porque por aquí se sabe que es el único cantor que toca violín.
–¿Y usted no tuvo miedo?
–Ni de noche que hubiera sido. ¿Qué le va a hacer a uno el diaulo, que anda con Dios por compaña?
–Tiene razón, don Antonio, pero cuénteme to’o.
–Estaba afirmado en un árbol, tocando el violín. Al verme con el guitarrón me dijo: ”Eh, amigo, ¿por qué no me lleva pa’l velorio?”. ”Pero hombre, ¿que no sabís que a los velorios no se va con ese estrumento?”. ”Sí, pero yo puedo tocar todo que toca usted”. ”Entonces, no veo el inconveniente. Pero voy a probarte tres veces”.
Don Antonio le presentó al diablo unos complicados tuntuneos de cueca, que el diablo repitió igualito.
–Llevái una –le dijo don Antonio–, a ver si ahora me tocái estos trina’os.
Sencillo problema para el tocador de violín, que ejecutó el trina’o a las mil maravillas.
–Llevái dos. Si llegái a la tercera, te llevo.
Dicho esto, don Antonio le puso la prueba de fuego:
–Tocaremos a lo divino –le dijo sentenciosamente. No bien hubo don Antonio tocado los primeros acordes cuando se sintió una ráfaga de olor a azufre. Extrañado, don Antonio retiró la vista del guitarrón para dirigirla al tocador de violín, mas este había desaparecido, y en su lugar humeaba el violín del maldito.
–A lo humano sí que podía tocar el gallito. Pero en tratándose de tocar a lo divino, tenía que reventar –terminó diciendo don Antonio.
Después de su lindo cuento, soltó el cantor de los díceres una graciosa cuarteta a lo humano:

”En la ciudad del pogreso
se ha visto una maravilla:
las tejas de sopaipilla,
las puertas de pan con queso”.

Surgió el primer inconveniente: los dedos de don Antonio, de cien años, estaban torpes. El oído poco le acompañaba para la afinación del instrumento, y por lo demás, cada vez que tomó parte de alguna rueda de cantores, el tocador obliga’o era su amigo Isaías.
Y aseguró don Antonio:
–Pero no se apene, Violetita. El domingo que viene voy a convidar a mi compadre y al ”Profeta Angulo”, sobrenombre de su amigo Isaías.
Así se hizo, efectivamente. Afinado el instrumento por manos de este nuevo cantor, el Profeta Angulo, la voz de don Antonio se hizo presente en un canto a lo humano, por el mundo al revés, cuya cuarteta dice:

”El mundo al revés pintado
yo lo vi en una pintura.
De penitente vi un cura
y el demonio confesa’o”.

Por su parte, don Isaías más tarde le respondió con un verso a lo divino, ”por Judas, el traidor”. Conozcamos la cuarteta:

”Tengo y no te quiero dar,
porque tenís quien te dé.
Cuando te dejen de dar,
entonces yo te daré”.

Decididamente, el profeta Angulo era buen cantor y buen toca’or. Como me interesaba conocer la opinión que él tenía de otros cantores, me acerqué y le le dije:
–Me han dicho que por aquí hay buenos cantores.
–Yo no sé, Violetita, pero cuando yo saco el tono dejo a los otros en el puente de Los Morros. Porque pa’ cantar hay que ser arrogante, y el toquío debe llevar sus chacharachas, pa’ que se sienta bien bien el sonoro del estrumento. Todo lo que yo sé, se lo aprendí al Zurdo Ortega, y él no tenía superiores –terminó diciendo el Profeta.
El asunto se ponía delica’o. Era preferible seguir con el canto.
Ausente el Profeta Angulo, declaro que bastante razón tenía para considerarse buen cantor y tocador. Cada vez que lo visito saca a lucir mejores versos. Debo confesar, también, que gracias a él recopilé cinco guitarrones, dos de los cuales doné a la Universidad de Concepción, otro al Museo de Música Folklórica de Polonia, y dos conservo en mi poder.
Don Isaías confiesa sesenta y ocho años. Desempeña cualquier oficio durante la semana, y los días domingo participa en partidos de rayuela, en donde es considerado un as del tejo pesado.
–Con mi guitarrón asisto a los partidos, y ahí sí que se canta, pues, Violetita –me ha dicho don Isaías en repetidas ocasiones.
Un día me prometió formar una rueda de cantores con Emilio Lobo y Agustín Robolledo, este último poeta de talento. El día de la reunión, Agustín Rebolledo, como todo cantor auténtico, se disculpó con que era bien poco lo que sabía, que no tenía talento y que su memoria ya no valía nada. Todo falso, porque a medida que fuimos teniendo confianza fue sacando de todos los bolsillos, hasta de los del chaleco, hojas de cuadernos de caligrafía con versos que me traía de regalo. Me explicó que su niñita, que ya había pasado el silabario, escribía lo que él le dictaba. Más tarde, cuando la alegría y el entusiasmo llegaron a su punto alto, Rebolledo me dijo:
–Aunque yo no soy cantor, sino poeta, voy a cantarle un versito, pa’ que yo no sea el único que va a dejar de cantarle.
Al compás del acompañamiento del Profeta, empezó a cantar con la voz más increiblemente desafinada y absurda un verso por despedida del angelito. Tal era la desafinación, que don Isaías no pudo dejar de quejarse:
–Sabiendo que soi tan desabrido, ¿cómo te atrevís a cantar, Agustín, por Dios?
Pero Rebolledo no perdió fuerza ni ánimo, a pesar de lo interminable de su canto. La máquina grabadora desempeñaba su papel satisfactoriamente. No hubo bien terminado su canto, me dijo:
–Ahora quiero relatarle un versito por la Sagrada Escritura.
–Encantada, don Agustín, le respondí.
El relato de su verso fue simplemente descomunal. Yo no puedo menos, aunque sea en una estrofa, repetir aquella forma con que Rebolledo utilizó en el relato de su verso. La cuarteta es la siguiente y fue dicha en tono muy natural:

”Treina y nueve libros son
de la Sagrada Escritura,
otros veintisiete más
compreban la verdad pura”.
Versos por la Sagrada Escritura»)

Pero cuando hubo que decir la décima, mi buen Agustín se enderezó en el asiento, medio inclinó la cabeza para un lado y, casi totalmente por la nariz, sacó de punta a cabo la décima anunciada:

”De Genesís prencipiaron
el Antiguo Testamento;
profetas de tal talento
este prencipio tomaron.
Deleuteromio gallaron,
al que Josué da razón;
con Los Jueces hubo unión,
según dicen los romanos.
Hecho por setenta ancianos,
¡treinta y nueve libros son, Violetita!”

A todo esto, don Emilio, el otro cantor, esperaba calladito su turno en un rincón. Me acerqué a él y le entablé conversación.
–¿Está aburrido, don Emilio?
–¿Por qué, pues señora, cuando me he llevado mirando la maquinita? ¡Bueno, que remeda bien!, ¿no?
–Así es, don Emilio.
Al ver el micrófono cerca de él, preguntó:
–Y qué, ¿ya me está remedando a mí?
–No, don Emilio, solamente estoy cambiando la cinta –le mentí–. ¿En qué trabaja usted, don Emilio?
–Soy silletero. Las hago y después las empajo. Por eso es que ando con este delantal, y como tengo que hacer el trabajo en la calle, tengo que hacerme sombra con este sombrero. Pero, la verdad, es que no me gusta ser silletero –me confesó en voz baja–. Yo soy buscador de minas. Ya tengo como doce, y las tengo marca’ítas.
Al ver su modestísima ropa, le dije, discretamente:
–Pero usted podría ser un hombre rico con esas doce minas, don Emilio.
–Claro –me contestó–, siempre que las trabajara. Pero a mí me gusta encontrármelas nomás. Me lo paso en la cordillera. Bajo cuando se me acaba el cocaví. Por la comida no me aflijo, porque tengo un perro conejero, y la ensalá’ no falta nunca en el campo. Después que compro mi tabaco, me voy pa’ la Cordillera. Falta no le hago a naide, porque soy solo. Cantando, busco las minas. Y pa’ que la voz me acompañe tomo yerba de la cantora, que se cría en las piedras cordilleranas, y que es güena pa’ la voz y el sentí’o.
–Don Emilio, yo quisiera oírlo cantar.
–Sí, pues, pero lo malo es que con estos gallos no se puede cantar na’ más que una entonación.
–Pero, don Emilio, si yo he sabí’o que son muy buenos cantores.
–Así será, pero yo los hago ver vacas rosillas a entonaciones.
Don Emilio tenía toda la razón, porque cuando empezó a cantar con su voz tamizada por su abundante bigote, a mí también me hizo ver vacas rosillas. La dulce voz de don Emilio lo colocó a la cabeza de los cantores. Se lo hice ver. Él comentó que no había canta’o desahogado porque el tocador trataba de confundirlo con el floreo de los alambres del guitarrón.
–Otro día le puedo cantar en la casa suya con más tranqulidad –agregó.
Mi hermano Nicanor lo invitó a su casa. Para agredecérselo, don Emilio sacó de su bolsillo una linda piedra mineral y se le regaló, al mismo tiempo que le decía:
–Es metal del bueno, regüelto con oro, señor. Si no me cree, puede reitirla cuando quiera.
Al día siguiente apareció a las seis de la mañana en casa de Nicanor, y allí quedó para siempre, en la máquina grabadora, todo el repertorio de don Emilio, el buscador de minas. A él corresponde el «Verso por el rey Asuero», que voy a cantar, y cuya cuarteta dice:

[Canta «Verso por el rey Asuero»].

[salto en la cinta]

Muchas reuniones de cantores se efectuaron en casa de don Isaías, el Profeta. Mas hubo un cantor que no aceptó ninguna de nuestras invitaciones. Le propuse a don Isaías que fuéramos los dos a buscarlo. Nos recibió con cariño. Muy enrabiado, don Isaías había prometido decirle unas buenas. Cumplió al pie de la letra. En el momento de darle la mano, le dijo:
–Mire, ’on Grabia. De aquí p’a’elante usted no es más mi amigo. Qué, ¿le parece mal que la Violetita lo defienda por el arradio? Qué, ¿se va a llevar los versos pa’l cementerio?
’On Grabia ni se inmutó. Invitó a sentarse, partió un melón, espantó los pollos y ordenó que amarraran el perro, esto último muy maliciosamente.
–No lo rete, don Isaías, para que no se enoje de veras –lo rogué–. Dediquémosle una décima,y de a poquito lo vamos conquistando.
–Qué va a entender, cabeza de pieira, si no ha querido cantar más desde que se casó.
’On Grabia le había jurado a su novia dejarse de ”bureos”, reuniones de cantores. Estaba cumpliendo su juramento. El problema era bastante serio. Habría que hablar con la señora Chabelita, y, si ella lograba comprender la importancia del trabajo de investigación, estaría todo arreglado. Conquistamos a la dueña de casa, y ahora es ella quien recuerda lo que don Gabriel Soto ha olvidado. ’On Grabia es pueta; escribe sus versos con Biblia en mano. Cuando se decidió cantar fue un día inolvidable… ¡Un año de espera y de curiosidad! Ésta es la primera décima que salió de su boca:

”’Ñora Violeta Parra,
usted ya se creería
que hoy día yo no vendría
a cantarle en la guitarra.
El canto poco me agarra
y menos la poesía.
La grande torpeza mía
disculpen aquí a Grabiel.
Fue malo mi proceder,
lo digo con sentimiento;
perdone mi atrevimiento
y mi arrogancia también”.

En la radio me pidieron un programa con cantores populares. A cada cantor le pagarían cinco mil pesos por un solo canto.
–¿Qué le parece, don Gabriel –le pregunté– si usted me ayuda?
Tranquila pausa del cantor. Luego me contestó:
–Aunque aquí gano doscientos pesos, y allá me van a pagar cinco mil, yo tengo que ’icirle que la plata no vale na’, que nunca hey falta’o a mí trabajo y que el patrón me estima mucho.
De ahí no lo sacó nadie. El programa se hizo, pero sin ’on Grabia.

Cantoras a lo divino hoy pocas. Una que otra en largas distancias. Sin embargo, puede encontrarse alguna de repente. En Puente Alto hay una, y en el interior de la Provincia de Concepción tuve la suerte de encontrarme con otra».

De ella, esta tonada en cuartetas octosilábicas con acompañamiento al estilo de guitarrón que voy a cantar como final de esta conversación: «Huyendo voy de tus rabias».

[Canta «Huyendo voy de tus rabias»].

[salto en la cinta]

[Canta «Casamiento de negros»].

Podemos cantar otra canción entre todos. Que así sale… [interrupción inaudible, al parecer le piden uina canción] ¿Ah? Primero vamos a cantar el «tirintintín tirintintán», ¿ah? ¿De acuerdo? ¿Sí? ¡Ya!

Ustedes me ayudan en la parte que dice «Toca la campanilla, tirintintín tirintintán». Es una polka del… de mediados del siglo pasado recogida en el Alto Jahuel, Buin.

[Canta «El sacristán»].










 
  

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