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Martín el Pescador y el Delfín Domador


Había una vez un pescador que, como todos los pescadores, se llamaba Martín. Pescaba unos peces que, como todos los peces, andaban haciendo firuletes bajo el agua.
Y el agua era de mar, de un mar que, como todos los mares, estaba lleno de olas.
Unas olas que, como todas las olas, se empujaban unas a otras diciendo patatrún, patatrún, patatrún.
Un día Martín arrojó el anzuelo y, ¡zápate!, sintió que había picado un pez muy grande. Trató de enrollar el hilo, pero el pez era fuerte y tironeaba como un camión. Tanto, tanto tironeó que arrastró a Martín por la arena de la playa. Pero Martín era muy cabeza dura. No iba a dejarse pescar así nomás, y mucho menos por un pez. De modo que con una mano se sujetó el gorro y con la otra siguió prendido de su caña.
Cuando Martín quiso acordar, ya estaba metido en el agua, arrastrado a toda velocidad hacia el fondo del mar.
–¡Qué raro!, dijo Martín, yo debería tener miedo, y sin embargo este paseo me gusta... y lo más gracioso es que no me ahogo... Lo que sucede es que, de tanto pescar, estoy “pescadizado” y puedo respirar bajo el agua.
Así pensaba cuando de pronto, ¡zápate!, su vehículo se detuvo en seco. Es decir, no tan en seco porque el mar está siempre bien mojado.
–Parece que hemos llegado, pero ¿adónde?, se preguntaba Martín muerto de curiosidad.
Había llegado a una enorme gruta llena de peces de colores que tocaban el saxofón, de langostinos vestidos de payasos, de pulpos con bonete y otras cosas rarísimas y marítimas.
Sobre la gruta había un gran cartel escrito en pescadés, que decía:

“Gran Circo del Delfín Pirulín.”

–¡Esto sí que está bueno!, pensó Martín, ¡un circo en el fondo del mar!
Inmediatamente llegaron un montón de pescadotes y arrastraron a Martín hasta la pista, en el fondo de la gruta.
Y un tiburón vestido de locutor anunció:
–¡Pasen señores, pasen a ver la maravilla del siglo, pasen a ver el fenómeno! ¡Por primera vez, en el fondo del mar, un auténtico Martín Pescador pescado! ¡Pasen, señores, y vean como el gran Delfín Domador Pirulín va a domar a este pescador salvaje!
–Eso sí que no, protestó Martín, yo quiero ver la función pero a mí no me doma nadie.
Los peces pekineses, los langostinos finos, los camarones cimarrones, el pulpo con la señora pulpa y los pulpitos, todos hicieron cola para sacar entradas y ver al fenómeno.
A Martín, claro, no le gustaba que lo miraran con ojos de pez, y forcejeaba para escaparse, pero dos enormes tiburones disfrazados de mamarrachos lo agarraron con sus aletas y no lo dejaron ni respirar, a pesar de que Martín respiraba bastante bien bajo el agua.
Por fin, entre grandes aplausos, entró el Domador, un Delfín gordo como tres buzones, con chaqueta colorada, charreteras de alga y botones de nácar.
Martín ya estaba enfurecido, y el Delfín se disponía a domarlo nada más que con una ballenita para cuellos de camisa, porque en el mar no hay sillas. Y no hay sillas, parece, porque los peces nunca se sientan.
Desfilaron cientos de miles de millones de milloncitos de millonzotes de peces y bicharracos de toda clase para ver el gran número del Circo.
Martín no se dejaba domar así nomás, pero ya se estaba cansando y tenía mucha sed, es decir, ganas de tomar un poco de aire.
Peleaban duro y parejo, y Martín ya iba a darse por vencido cuando de pronto se oyó en el Circo la siguiente palabra mágica:
–¡Pfzchztt!
A pesar de que esta palabra mágica había sido pronunciada muy bajito, su tono fue tan autoritario que el público hizo un silencio impresionante. Las ostras se quedaron con la boca abierta, y todos miraron hacia la entrada.
El Delfín Domador Pirulín se quedó quieto, dejó de domar a Martín, se quitó la gorra e inclinó la cabeza. Martín se preguntó:
–¿Y ahora qué pasa? ¿No me doman más?
Se escuchó otra vez una voz muy suave y chiquita que dijo:
–¡Pfzchztt!
Y todos, silenciosa y respetuosamente, le abrieron paso a la dueña de la voz.
Martín, que era muy educado, también se quitó el gorro y saludó.
Entraba en la gruta, lenta y majestuosa, una Mojarrita con corona de malaquita y collar de coral.
–¿Quién será ésta, que los deja a todos con la boca abierta?, se preguntó Martín.
El Delfín Domador Pirulín le adivinó el pensamiento y le dijo al oído:
–Es Su Majestad Mojarrita V, Reina del Mar, el Agua Fría y el Río Samborombón.
–Ah, comentó Martín, ...me parece cara conocida.
La Reina Mojarrita se acercó a Martín y le dio un besito, ante el asombro y la envidia de todos. Martín se puso colorado y no supo qué pensar de todo esto.
Después de un largo y misterioso silencio, la Reina habló, con una voz tan chiquita que tuvieron que alcanzarle un caracol como micrófono.
Y dijo así:
–¡Pfzchzit! Yo, Mi Majestad Mojarrita V, Reina del Mar, el Agua Fría y el Río Samborombón, ordeno: ¡Basta de domar al Martín Pescador! ¡Basta, requetebasta, y el que lo dome va a parar a la canasta, y el que sea domador va a parar al asador!
–Gracias, Majestad, tartamudeó Martín emocionado.
–¡Pfzchztt!, prosigo, interrumpió la Reina; Martín me pescó una vez, hace un mes o cinco o tres, cuando yo era chiquita y me bañaba en camisón en el Río Samborombón.
–Claro, dijo Martín, ya me acuerdo, con razón me resultaba cara conocida, Majestad...
–¡Pfzchztt!, prosigo, interrumpió la Reina; Martín me pescó, pero le di lástima y, sin saber que yo era Princesa, volvió a tirarme al agua. Ahora yo quiero devolverlo a la tierra, y lo enviaré en mi propia carroza lleno de regalos y paquetitos.
Y así fue como Martín volvió a su playa en una gran carroza tirada por 25.000 tiburones disfrazados de bomberos, mientras la banda de langostinos tocaba un vals, las ostras le tiraban perlas y el Delfín Domador Pirulín le hacía grandes reverencias.
Martín volvió a su casa y, como no era mentiroso, todo el mundo creyó en su aventura.
Lo único que no le creyeron del todo fue que Su Majestad Mojarrita V, Reina del Mar, el Agua Fría y el Río Samborombón no sólo le hubiera dado un besito al reconocerlo, sino que le había dado otro besito al despedirlo.

Y así llegamos al fin de la historia de Martín con el Delfín Pirulín.










 
  

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