En 1972 el trovador cubano Augusto Blanca fue convocado, junto a Silvio Rodríguez y Eduardo Ramos, a integrar la delegación cubana que iría al Tercer Festival de la Canción Política de Berlín. Como resultado de esa gira quedó un diario que ilustró sus experiencias. Cuarenta y siete años después, alentado por el propio Silvio, publica Diario de mi primer viaje. Alemania-Febrero, 1972.
Ayer, 30 de noviembre, se presentó en la Habana dentro del espacio Sábado del Libro Diario de mi primer viaje, de Augusto Blanca, publicado por el sello Ojalá en colaboración con el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau.
En 1972 Augusto Blanca fue convocado, junto a Silvio Rodríguez y Eduardo Ramos, a integrar la delegación cubana que iría al Tercer Festival de la Canción Política de Berlín, en la entonces República Democrática Alemana (RDA).
Fruto de este primer viaje al extranjero Augusto Blanca escribió e ilustró sus vivencias que ahora publica con el nombre de Diario de mi primer viaje. Alemania-Febrero, 1972, un relato íntimo, sincero y divertido, interesante no solo como literatura de viaje, sino también como testimonio de una época en que los países socialistas estrechaban sus lazos culturales.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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