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Novedad discográfica

Carlos Varela: un grito mudo a los 56

por Frank Carlos Nájera el 04/12/2019 

El trovador cubano Carlos Varela acaba de lanzar El grito mudo, su primer disco en solitario en 10 años tras No es el fin (Grafitti Music Records 2009), un disco que se acerca a veces estilísticamente a Como los peces, y esencialmente a Monedas al aire, pero que encuentra su propio rumbo.

Portada del disco «El grito mudo» de Carlos Varela.Un nuevo disco de Carlos Varela, después de tantos años. ¿Cómo sería? Cada uno de sus materiales es un mundo aparte. Juegos de voces y estilos, matices orgánicos, acercamientos al pop, distanciamientos del rock, trova omnipresente, jazz apadrinado por sus músicos, polémica y relevancia.

 

Era además un gran signo de interrogación. ¿Cómo se mantendría la calidad? ¿De qué hablaría? ¿Cómo volver al frente de la luz pública tras tantas vueltas de un planeta que hoy cambia por día? ¿Qué podía hacer un artista veterano ante la inmensa ola de creatividad y opciones disponibles en una sociedad acostumbrada ya al exceso de información y estímulos?

 

Eran 55 sobre ese pañuelo, esa barba, esa guitarra y esas botas negras combinadas con vestimenta igualmente negra desde siempre, desde que salió a la luz en los revueltos años ochenta por aquellos días de La palanca, donde denunciaba la corrupción aceptada de dar puestos de trabajo no al mejor para desempeñarlo, sino al amigo o al familiar o al que conviniera, y todo desde la analogía de La Palanca de Arquímedes, o La calle, donde decía con lenguaje directo y mordaz: "La calle está llena de perritos / callejeros / que no me dan la patica / porque no soy extranjero", días de crítica social cruda y planteamientos de un hombre que, desde abajo, decía lo que otros callaban.

 

Después de algunos cambios, se fijó la fecha del disco y se acabó la incertidumbre. Un año y medio más o menos ha pasado desde que supe por primera vez del mismo. Pasó por algunas revisiones y ajustes antes de salir. Se decía que se lanzaría en el verano y luego a finales del año pasado, Se excluyó Parques sumergidos, que fue parte de la promoción, al incluir Carlos en un post de Facebook un fragmento de la letra con el hashtag del álbum. ("Yo cambiaría las estatuas / de los parques sumergidos. / Cambiaría el miedo en la ciudad / de los libros prohibidos").

 

Llega el día y lo escucho y luego otra vez por partes y las últimas que suenan en mis altavoces son Serguei el cosmonauta y Parte del juego, que dejo para degustar más tarde. Cada día vuelvo a escuchar algo más hasta que me siento listo. He digerido El grito mudo varias veces, de distintas formas (con los audífonos los detalles resaltan y algunos sólo son audibles de este modo) y bajo distintos estados de ánimo. Creo que puedo hablar de él, si me lo permiten, con todo respeto y desde el corazón.

 

Empieza Why not?. Una voz habla en inglés. Es un fragmento de un poema de Kabir, un poeta místico hindú.

 

The Secret Books of the East are nothing but words. I looked through their covers one day sideways. I have been thinking of the difference between water and the waves on it. Rising, water’s still water. Because someone has made up the word ‘wave’, do I have to distinguish it from water?

 

("Los Libros Secretos del Este no son nada más que palabras. Miré a través de sus cubiertas un día por el costado. He estado pensando en la diferencia entre agua y las olas en ella. Levantándose, el agua es agua todavía. Sólo porque alguien ha inventado la palabra ‘ola’, ¿tengo que distinguirla del agua?")

 

Un comienzo que me recuerda a Ahora que los mapas cambian de color, con aquel discurso de Lenin. Suenan los primeros acordes. "Ya sabes que no hay héroes sin cobardes, sin perdón". Siempre creí, cuando lo cantó en uno de los conciertos que hizo en junio pasado en el Flamingo Theater Bar, que le faltaba algo de letra. Ahora creo que es sin duda el himno y la columna vertebral del disco. No en balde aparece dos veces. Carlos hace un llamado general, muy general desde su perspectiva global y a la vez como cubano, a un cambio, a "otros dioses", justo después de lamentar "I don't know cómo dejamos que el poder se hiciera Dios". Quizá podía haber llegado más lejos, convertirse en algo más épico. Tiene otra oportunidad para eso, más adelante.

 

Le sigue El bostezo de la espera. De nuevo el éxodo y la nostalgia. Esta vez es desde el punto de vista del cubano de dentro de Cuba. "Yo fui feliz / descalzo entre los ciclones. / Cuando no teníamos nada / bastaba con las canciones. / Y ayer salí / y sólo vi en los balcones / el bostezo de la espera, el miedo / y coronas de flores". Es una suerte de híbrido entre Foto de familia y Todo será distinto, con una intro que bebe de Everglow de Coldplay sin restarle carácter. La canción cumple y conmueve. Este es el Carlos de ahora con su lenguaje de ahora. Bien cantada, con una letra precisa: "Como nacer a orillas del mar y no poder tocar el horizonte nunca y ver más allá...". El cubano siempre ha querido viajar, sentirse más libre. Muchos que no han tenido las oportunidades se han quedado atrás y, al no luchar, sólo se han dedicado a callar y a esperar, viendo a sus muertos con las venas llenas de miedo. Este es un tema recurrente en la discografía de Carlos Varela. Es casi una obsesión. También lo es rememorar su niñez y juventud, como en Memorias y Aro de barril (Inédita, pero disponible en videos de YouTube cantada en vivo). Descalzo entre los ciclones, rememora Carlos, y más de uno puede verse identificado. Es algo muy cubano.

 

Carlos Varela: un grito mudo a los 56
Carlos Varela: un grito mudo a los 56

Aquí llegamos al tema que le da título al álbum: El grito mudo es la historia de una chica de trece años a la que hacen bullying. Un tema que le debe su raíz estructural y su toque deja vú a Como un ángel. De nuevo aparecen los peces y el medio en el que nos escondemos. El arreglo nos remonta a sus días de Como los peces, y es que por estos tiempos el cantautor ha hecho algunos conciertos por España celebrando el vigésimo quinto aniversario (adelantándose un poco) de aquel disco. No sólo es en esta canción, sino en el álbum en general, se respira algo de aquellas intenciones, de aquel pop rock y aquellas guitarras que sonaban en La política no cabe en la azucarera y las atmósferas de El niño, los sueños y el reloj de arena y El leñador sin bosque. El cantautor parece reconocer más hoy su obra de 1995. En aquel mencionado concierto en Miami cantó seis temas de Como los peces. Sin duda es una referencia para él. Escuchando el tema con audífonos, me recuerda mis tiempos de escuela y todas las cosas que se veían y se vivían allí, cómo cada día puede ser un ejercicio de supervivencia para una persona. Es una temática universal y para algunos viejos seguidores de Carlos puede resultarle un poco light en un principio, pero hay que escucharlo bien hasta el final. El tono light en la música es para contrarrestar la letra. Es una canción directa, aunque quizá no de las mejores del disco.

 

Volando slowly suena genial. Carlos tiene muchas influencias anglosajonas y nos gusta cuando se notan. La vestimenta de la canción me atrapa. ¿Qué pasa entonces? La letra. No me lleva a ninguna parte. Se podía haber beneficiado de un coro más intenso, de mayor gancho. "Me hace daño jurar / y también no creer. / Me hace daño. / Me hace daño escapar. / Me hace daño esconderme de ti." Tal vez en un par de escuchas más le agarro más cariño. Por el momento, lo noto algo incompleto, como que me quedo esperando un momento en el que explote, y el momento no llega. Para mí ha sido bueno como música de fondo y energizante mental, de esos que actúan desde atrás, una especie de medicina de bajo perfil.

 

Carlos Varela: un grito mudo a los 56Ahora, la canción que se hizo disponible como bonus de la preventa del álbum en Amazon Digital Downloads. La quemé antes de tenerlas todas, así que tuve tiempo de escucharla cien veces antes de escribir la reseña. "Luego me fui al África, / tierra de guerras y diamantes, / y allí escuché el lamento lento / de los elefantes." Emigrantes es un elemento a destacar en toda la discografía de Carlos, por la producción y el riesgo. Cánticos tribales son el coro, con el que arranca de una vez. Se habla de un cambio interno, de la perspectiva que da el viajar y darse cuenta que todos buscamos nuestro lugar, de encontrarnos, de ejercer dicho cambio. Mezcla de voces y luego un discurso que me vuelve a recordar a Ahora que los mapas cambian de color, hacen una coda central en apariencia caótica, pero bien cuidada y balanceada. Dos guiños en la letra a Pequeños sueños y El leñador sin bosque, de este último tomando un trozo archiconocido en la obra de Varela. Al principio no me gustaba esa inclusión en el tema. La veía innecesaria. Ahora creo que ayuda un poco con la energía vital del mismo, que deja la sensación de haber viajado el mundo en globo o en sueños lúcidos y hasta en el tiempo si se quiere. Es un tema de world music electrónico que es a la vez un rompecabezas de temas pasados y una innovación única en el repertorio. Da la impresión de que la letra ayuda a la música más que al revés. La sobreproducción ayudará a su trascendencia, a su carácter atemporal. Algunos puristas no gustarán del tema, alejado de los convencionalismos de lo que significa ser un cantautor hispano y más aún Carlos Varela, pero este hace tiempo ha estado experimentando con hacer canciones donde la música, no la letra, es la protagonista. Se notó bastante en el álbum No es el fin y luego más aún en la canción aislada El árbol de los pájaros dormidos (que me hubiera encantado que incluyera en el disco en reseña), donde sólo hay unos segundos de letra en medio de un tema épico y largo de música con solos de guitarra extraordinarios. Así y todo, el tema regala momentos para aquellos que se adentran a su universo interior expandido, como casi al final un Carlos desenfrenado acuñando: "Yo nunca juré / ni voy a jurar. / Yo vengo del lodo. / Yo no soy del coro / que aprendió a callar." Hay fuerza y caña, actitud y despliegue de valentía musical y vocal.

 

Agarrándonos desprevenidos, nos encontramos con Perdón. "No alcanza el tiempo / para comprender / cuánto mal / hay detrás del bien". No pasa desapercibida. Si bien la primera vez me esperé más en materia de letra, ahora no la puedo dejar de escuchar. Melódicamente, es de lo más destacado de todo el material. Inspiración espontánea. La letra me dice lo que la música quiere, y la música acompaña a la letra de la mano, soltándola sólo cuando la mano le empieza a sudar. Me da ciertas vibras de De vuelta a casa, que sería el caso más reciente de semejante aura. Tiene alma y magia, que es lo más importante en una canción de Carlos Varela. Podría llegar a ser un clásico en su repertorio, una especie de canción pequeña como Yesterday (la canción que siempre quiso escribir Carlos), salvando distancias, que llega a transmitir lo increíble sin parecer muy ambiciosa y cruza las fronteras del lenguaje. Gusta porque gusta, porque es una canción redonda donde funcionan las voces y el arreglo enfocado de guitarra. Cuando vimos los adelantos en las redes sociales, pensé que sería un dúo con Leoni Torres, pues él se veía presente en las grabaciones. Al final no fue así, pero terminé no echándolo de menos. Carlos Varela trae invitados a sus grabaciones, pero duetos, lo que se dice duetos, no hay en sus discos. Sólo coros y una guitarra aquí, un piano acá y algún que otro arreglo pintoresco como el de El humo del tren tocado por Los Van Van.

 

California viene incluida en este paquete, a pesar de que creí siempre que era una de esas canciones que reflejan un momento de la historia y resulta ser tan efímero que la canción muere en poco tiempo. Pues me equivoqué. California habla más que de los incendios. Habla de su conexión con sus ciudadanos, de los políticos y los puentes, de tolerancia y sentimiento, de amistad y de rabia. Sonido norteamericano, balada rock a medio tiempo. Encaja perfectamente en el concepto general y se lleva bien con sus hermanas. Carlos vuelve a rajar la voz como hacía antaño, quizás incluso con más garra, algo que se extrañó en el hiperjazzístico No es el fin. Se respira actitud y la letra viene de adentro, franca y personal. No hay tantos tópicos varelianos repetidos como "el silencio" y "los peces", "los muros", "Dios" y "el sol", y "las piedras", y "los jardines", y "las cruces". Aparecen "el poder" y "el dinero", etc., pero cumplen específicamente con la esencia de lo que se ha de transmitir.

 

Origami es una joya. Perdón, corregiré: Es LA joya. Es el "Una palabra" de este año. La voz cálida de Carlos Varela se despoja de producciones ostentosas y equipos sofisticados y lluvias de instrumentos en los arreglos. La voz brilla porque no tiene que hacerlo demasiado. No tiene que esforzarse sosteniendo notas. No tiene que demostrar nada más que corazón. La letra funciona por el minimalismo de su vestimenta y la dinámica matizada de su ejecución. Desde el primer momento en que supe de ella por un adelanto en Instagram, supe que sería de mis favoritas. A juzgar por las redes, no soy el único. A muchos les ha parecido de lo mejor. Y es que lo es. Trascenderá. Es grande. El vuelo poético que no logra desde El árbol de los pájaros dormidos, lo consigue aquí en un resultado de inspiración orgánica. "Yo sólo fui / el origami aquel / que se escondió en tu pelo. / Sólo trataba de salvar / tal vez / tu frágil alma de papel / del aguacero." Para incluir en un playlist donde vaya todo el disco Nubes. Para cerrar los ojos... y escuchar.

 

Ni yo soy yo ni tú eres tú le sigue como las burbujas de un experimento a punto de explotar. Cuando vi el tracklist de El grito mudo, me llamó la atención este título. No sé por qué pensé que no me gustaría, que sería como una especie de Como un pez sin el mar. Una vez más, me equivoqué por completo. Me equivoqué muchas veces con este disco. Por eso esperé unos días antes de escribir mi reseña. "¿Cómo quieres que vuelva a creer, / cuando tanta gente aún se quiere escapar?" El Carlos rebelde de otros tiempos se muestra desilusionado y apoyando a sus compatriotas, envolviendo las críticas en papel celofán como dijera hace unos 20 años, aunque en esta canción se sale por los poros, el papel se rompe un poco, derrocha energía, la voz se destapa, los coros lo levantan como una estrella de rock, y es que Carlos también es rock. Es un cantautor rockero de barba y tabaco, con pasado contestatario y presente experimental en búsqueda de su propia magia. El gnomo tiene 56 años. La última vez que lo escuchamos en un álbum suyo, tenía 46. Si hay algo bueno y malo en el hecho de que se demore tanto para sacar material nuevo, es que, musical y vocalmente, cada material es muy distinto a su vecino, y se quedan en el camino un montón de temas merecedores y dignos. Desde el 2003 con Siete no teníamos algo de rock con la voz de Carlos. Aquí está. Tiene 56 años y se muestra de nuevo como el trovador roquero que siempre fue. "Los pequeños sueños se demoran", como dijera en Emigrantes.

 

De espaldas a la época es un descarte de No es el fin. Ya lo sé: No suena bien dicho así. Pero lo es. No es por eso un relleno. Carlos lo anunció como parte de No es el fin junto con Baile de disfraces (que sería el cierre del disco y se quedó afuera), Nadie, Telón de fondo, El ángel de la basura y Aro de barril (estas dos últimas también quedaron descartadas), entre otras. El caso es que no creo que conceptualmente hubiera encajado bien en aquel disco. Supongo que su autor también pensó lo mismo. En este también suena algo extraña, aunque a la vez tiene sentido. Es como la hija emo de un matrimonio judío, que termina promoviendo la cultura de sus padres. ¿Cómo puede entenderla quien no sea cubano y, de entre los cubanos, aquellos que no conozcan La Habana? Pueden hallarle otros significados más personales, me imagino, y es donde veo un riesgo y una valentía en el cantautor, que aplaudo. La obra está. El resto es del tiempo.

 

Como en Aro de barril, hay elementos que el cubano con cierta historia a cuestas puede comprender mejor. Así como en aquella decía "Me gustaba más / cuando la ciudad / se llenaba de mostaza / y zapatos colegiales. / Me gustaba más / cuando éramos iguales", en esta hace un juego de palabras con las tiendas en divisa (moneda extranjera, o sea, dólar, recién puesto una vez más en circulación en Cuba) de La Habana.

 

A orillas del Danubio, de espaldas a La Época. Ojo con las mayúsculas. El Danubio es, además del segundo río más largo de Europa, una tienda de divisa, o shopping, como también se le llama. Todavía recuerdo pasar por La Época de niño con mi mamá a buscar unos zapatos para la escuela que me duraran al menos un año. El Encanto fue una tienda famosa en La Habana, la más grande por aquellos tiempos de los 50’s, que se quemó por dos bombas que pusieron a su entrada, en un sabotaje hecho en protesta por el rumbo que estaba tomando el Gobierno de la Revolución Cubana con respecto a todos los negocios privados, dos años y dos días antes del nacimiento del cantautor, haciendo historia y marcando el comienzo de otra época, precisamente, en donde la pobreza se generalizó. Empezaban los años 60.

 

Carlos Varela: un grito mudo a los 56Fin de Siglo es una tienda en ruinas, mientras que Alma es un centro comercial (mall), Acapulco, un viejo cine y el Bulevar, una especie de centro comercial al aire libre (protagonista de un tema del primer disco de Carlos, muy recomendado). Muchos cines en La Habana han caído en ruinas y se han dejado así. Lo que era Coney Island hoy es el Parque La Isla del Coco, en un intento de reavivar el parque de atracciones y además, nacionalizarlo y remover por completo su nombre neoyorquino y su recuerdo capitalista, aunque al final termine por acentuarlo al ser una especie de Disney World con personajes cubanos. Los dos últimos versos le dan cierre a un tema que dice mucho y dice más de lo que dice, siempre que se descubran las analogías... y la historia. La gente se empezó a escapar. Al mundo le tomó cinco años descubrir Una palabra cuando apareció en Man on Fire, de Tony Scott, con nuevas hermanas en la calle dentro de otro nuevo álbum, a pesar de ser una auténtica obra maestra. De espaldas a la época se cocinará a fuego lento dentro de todos nosotros. Nos vemos en diez años a ver qué me dicen.

 

La espera y el cambio aparecen de nuevo en Serguei el cosmonauta. Sin embargo, esta vez quieren hablar más, sugerir más... Y lo logran. Creí que en un par de escuchas terminaría por atraparme, porque el final me dejó con ganas de más, del gancho, de un clímax… y vaya si me atrapó. Es una canción atmosférica con un arreglo memorable, inspirado, que te lleva de viaje, un viaje espiritual por la historia y por las emociones, por la esencia misma de la condición humana.

 

El gancho está. El clímax está. Su propio trasfondo lo eleva a lo mejor del álbum. Es otro tema en el que conocer la historia es vital. Yo no la conocía. Investigué y se abrió la canción ante mí. Por eso tuve que borrar todo lo que había escrito sobre ella, porque pecaba de ignorante, creyendo que el personaje principal era ficticio y la historia como tal no contaba mucho. ¡Cuánto me había equivocado!

 

Serguei sale de la estación Baikonur y orbita en el espacio en la estación Mir. "Y pudo ver de nuevo su jardín con otra hierba" ¿De qué está hablando Carlos? Pues resulta que la historia fue real. Hasta hicieron una película hace dos años, Sergio y Sergei, (con Ron Perlman en el elenco) donde se recrea el suceso. Serguei no es otro que Sergei Krikalev, un astronauta de 33 años al que le llamaron "el último ciudadano de la Unión Soviética", ya que entre 1991 y 1992 pasó 311 días, 20 horas y 1 minuto a bordo de la estación espacial Mir, el triple del tiempo previsto. La Unión Soviética se derrumbó en ese período y le decían que no había dinero para traerlo de vuelta. "Él no comprendía. / Cuando llamaba a Tierra / nadie le decía lo que iba a vivir". Partió de la Tierra como ciudadano de un país que no existía al aterrizar. "Y anduvo en el espacio/ durante la guerra/ entre Yeltsin y la antigua URSS".

 

La canción es una crónica poética del suceso, una propuesta de debate, y de repente Carlos Varela demuestra ser el mismo cronista que cantaba "Dicen que vieron al Pato Donald / besándose a escondidas con el Oso Misha. / ¿Qué vas a hacer si ahora se detiene/ Tu reloj Poljot?". El mismo que hablaba de un fotógrafo vagabundo que se dedicaba a revelar en blanco y negro el alma de los trovadores cubanos, El Plátano, como le decían, en aquel tema que cantara con Amaury Pérez. Es el mismo que cantaba el Blues del boxeador y Bola de Nieve, el de las fábulas, el de las parábolas, con gente real y gente imaginada y lo que hay en medio, fundiendo magia con historia, porque hay muchos Lucas y muchas Lucías y algunos Sergueis también, que al regresar se quedan rezando muy lejos de Dios.

 

Parte del juego es refrescante y rítmica, con una fusión contemporánea de sonidos y texturas y armonías. Pensé por un momento que aparecería la voz de Cimafunk por ahí, y aunque no sucedió, sí sonó fuerte Daymé Arocena, de lo mejor de las nuevas generaciones de cantantes en Cuba.

 

Si Siete no tuviera El humo del tren, podría contar con algo así en su tracklist.

 

El epílogo anuncia que este es el fin. Así lo hizo en el disco anterior, con aquella cajita de música. El final se convertía en el principio. Esta vez se habla de lo mismo que en el inicio de Why not?, con la misma voz, algunas palabras iguales y otras, hablando de lo mismo, básicamente, como parte de los versos de Kabir.

 

Y no es el fin.

 

El verdadero epílogo vendrá dentro de dos canciones. Carlos se despide dos veces.

 

Este epílogo le da paso a otra versión de Why not? nombrada Why not? (De noche). Es una versión acústica con coros incluyendo el de su propia voz. Las cuerdas le dan pie a un estribillo-oración más épico que en la otra versión. Las voces se van tirando arriba en diferentes ángulos y, de repente, es mi tema favorito del disco, junto a Origami y Serguei el cosmonauta. Eso sí es una sorpresa. Es lo que un arreglo distinto y un toque acústico pueden darle a la esencia de una canción que lo necesita.

 

Adiós es precisamente eso: una despedida. Por el Instagram de Carlos sé ahora que es dedicada a la madre, fallecida hace casi treinta años, que cumpliría años por estas fechas, a pocos días de sacar el disco a la venta. Me gusta más ahora, porque la veo como una especie de cierre de ese capítulo, de esa trilogía que empezó con Monedas al aire y continuó con Cuatro lunas para terminar en este Adiós breve, en donde Carlos le pide a ella un último beso para despedirse. A mí me dio escalofríos ese "adiós" cerrando por completo el disco. Pensé que Carlos se despedía de todos por alguna razón y lo estaba disfrazando. La verdad, sin embargo, no deja de ser agridulce. Es el epílogo, más que una canción, en el que silbidos y un par de estrofas cantadas sin efectos ni coros ni nada que tape la espontaneidad de la garganta, le da un toque de improvisación de bardo afuera de la cabaña en tiempos medievales. Lo malo es que es demasiado corta, tanto que parece un fragmento, y no da tiempo a asimilar su carga emocional.

 

Carlos Varela: un grito mudo a los 56
Carlos Varela: un grito mudo a los 56

Este es el Carlos Varela que tenemos hoy. Aún es el que hacía retratos fotográficos, el que te ponía un espejo enfrente y jugaba con los claroscuros para que vieras lo que él veía, en caso de que quisieras mirar a otra parte. Ese ese y es algo más. No hay un Rayas blancas o Estrella polar, donde la realidad cubana se plasmaba directa, ni un Espantapájaros o una Flor de loto donde la fantasía nos ayuda a entender una parte de nuestra realidad. No es el Carlos que escribe o graba India o B612 (El Pequeño Príncipe), pero es el Carlos que graba Serguei el cosmonauta y también el que escribe Parte del juego con versos oscilando entre varelismos ("Yo vengo del fuego /y no tengo miedo./ Soy uno más/ en la ciudad/ donde callar/ es sólo parte del juego") y versos estilo Andrés Calamaro ("Ser aire o sombrero/ es sólo parte del juego./ Ser de atrás o el primero/ es sólo parte del juego"). Es Carlos Varela viviendo la segunda etapa de su carrera, donde busca sonidos y temáticas más universales y sigue encontrando los nacionales, que conoce el exilio cubano desde adentro y que ha viajado más, que padece y siente como un ser humano con ganas de decir y de expresar, aunque existan otras comodidades e intereses.

 

El grito mudo se acerca a veces estilísticamente a Como los peces, y esencialmente a Monedas al aire, pero encuentra su propio rumbo. Las letras siguen la estructura de los discos anteriores, mejorando el gancho que flaqueó en un par de temas de No es el fin. No puedo decir si general es mejor o peor que aquellos. A mí me desilusionó No es el fin en su mayoría, y luego me acabó gustando. Prácticamente fue con Siete que empecé a escuchar a Carlos Varela, aunque más tarde me pareció de lo más flojo de su carrera. Mi favorito era Nubes, luego Jalisco Park y ahora es Monedas al aire (¿se ha notado mucho?). Sólo hay una cosa que me queda bien clara: En este disco Carlos dijo lo que quería decir y cómo quería hacerlo. Lo recomiendo y los invito a que se adentren a este viaje. La magia no se ha perdido. El gnomo sigue en pie y vigente.

 

Ahora sólo quisiera que pudiera limpiar las grabaciones de algunos viejos temas y lanzarlos al fin en aquel Los hijos de Guillermo Tell Vol.2 que no se acabó de concretar. Es una espina que a los verdaderos seguidores no nos ha dejado de sangrar. ¿Podremos escuchar decentemente Bajo presión, India, Cicatriz, o El verdugo algún día?

 










 
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