El cantautor sevillano Álvaro Ruiz, conocido por ser el guitarrista de El Kanka durante más de seis años, presenta El vuelo del abejaruco, su segundo trabajo discográfico en solitario, un disco donde las raíces flamencas andaluzas se entremezclan, muy elegantemente, con la bossa nova, el jazz o el folclore latinoamericano, desde la samba al chamamé, del son a la soleá.
Álvaro Ruiz es un joven compositor, guitarrista y cantaor de trincheras nacido en Sevilla. Estuvo cuatro años afincado en Madrid, donde comenzó su carrera como guitarrista de El Kanka.
Durante dos años ha girado Ritmo y Compás (2017), su primer álbum, por diversos puntos de la geografía española. y también en varias capitales de Latinoamérica.
Ahora presenta El vuelo del abejaruco, su segunda producción discográfica en solitario, una nueva propuesta sobre la canción de autor que mezcla la tradición flamenca, músicas latinoamericanas y armonías de jazz.
Once canciones originales grabadas en directo en El Tercero Estudios (Barcelona) para captar la frescura y la propia naturaleza de los músicos. Con Carlos Manzanares como ingeniero, productor musical y arreglista, Adrián Soriano al bajo, Santiago Vélez al piano y Guillem Arnau a las percusiones, y en el que incluyen las colaboraciones de Pedro Pastor y Las Migas.
El abejaruco es un ave migratoria de no más de treinta o cincuenta gramos de peso que viene de África, y en cierto modo, Álvaro la usa como una alegoría antropológica entre el ser humano y a la música.
El abejaruco, cómo la música, está en continuo vuelo. Podría decirse básicamente que el vuelo del abejaruco es un viaje por el último capítulo de su ser más personal. Una oda a lo cíclico, a la ida y vuelta, al aprendizaje del día a día, a los desafíos que el mismo viaje, a veces te brinda.
Pasión Vega presenta en concierto su nuevo disco Pasión Almodóvar con una selección de canciones que forman parte del universo cinematográfico del director manchego Pedro Almodóvar.
Abril de 2026. Una visita a Cuenca. La ciudad alta parece casi inalcanzable pero se va abriendo al paso del caminante y se descubre a pinceladas, se avanza lentamente con atención a los detalles, te va envolviendo su generosa ofrenda de ocres, una esencia dulce de calles antiguas, escenario de historias de vida que fueron y van arriba y abajo. Cuenca, refugio de miradas eternas que en sus horizontes van quedando guardadas, también en nuestra memoria. Cuenca, la de la piel quebrada por hoces y ríos, la que celebró en el siglo XX su poeta Federico Muelas, la que envejece y revive en el XXI y cada día.

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