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El Sabina que conocemos hoy

El hombre del traje gris, más de treinta años después

por Frank Carlos Nájera el 12/07/2021 

Era otro diciembre fresco en Miami, de esos que para nosotros merecen el atuendo invernal, a pesar de que no es más que un par de vientos rellenos de rayos ultravioletas que no separarían a un europeo o neoyorquino de nuestras playas. Es el frío para nosotros, y en una mañana de uno de esos diciembres, en un año bastante particular y sobre todo apocalíptico, empecé a escribir lo que la chispa de Una de romanos me puso entre los dedos. Ahora, cerca de cinco meses después, lo vuelvo a retomar.

«El hombre del traje gris» (1988). Técnica mixta sobre papel, 74x100 cm. © Juan Vida
«El hombre del traje gris» (1988). Técnica mixta sobre papel, 74x100 cm.
© Juan Vida
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Muchos se han detenido para buscar respuestas o consuelo, escuchando más a fondo y mirando atrás en el calendario musical. Por eso hoy, a más de treinta años de su publicación, quiero hablar del álbum más nostálgico y solitario de Sabina: El hombre del traje gris. ¿Por qué? Porque su universo, su atmósfera, el aura mágica imperante en esas 12 canciones no ha vuelto a ser repetida ni siquiera por su mismo autor. Porque el arte, aunque persiga estéticas específicas, técnicas y rumbos de aciertos nítidos, sigue siendo en esencia subjetivo. Porque prefiero el Bohemio de Calamaro antes que Honestidad brutal. Porque prefiero el Mariposas de Silvio antes que Rabo de nube y la trilogía Tríptico antes que Causas y azares. Porque, lejos de los Física y química y los 19 días y 500 noches, El hombre del traje gris es aún mi favorito. Gracias a la accesibilidad que me da Spotify, ya sin la escarcha de las ventanillas, retomo este artículo-análisis-reseña-tú dime qué es para reconectar con esas viejas emociones.

 

El hombre del traje gris vio la luz en 1988 (Es curioso que, según Spotify, fue en pleno verano, el 29 de agosto) con un hermano mayor que se le hizo pequeño en retrospectiva artística, Hotel, dulce hotel. Cabe destacar que esto fue dos años antes de que yo naciera (Es la magia de la música). Aquel fue el primero que mostró a un cantautor más romántico y más cercano a la balada comercial (aunque con su distintivo sello provocador y mordaz), un tanto lejos de la trova de sus inicios, sin dejar de lado las letras efectivas y llenas de imágenes. El paisaje urbano acompañado de las ilustraciones al estilo Hopper, el pintor de las soledades de neón, era un complemento perfecto para el ambiente, en un producto más dirigido al público mainstream. Un año después el autor traería un cuadro de distinto feeling usando los mismos pinceles.

 

El hombre del traje gris presenta un Sabina transicional. Esa transición es la que resulta atractiva y pura en concepto, porque es un puente sólido, uno de esos viajes donde podrías preferir el trayecto antes que el destino. El power trío de Joaquín Sabina, Pancho Varona y Antonio García De Diego empieza a dar sus frutos. El sonido que gateaba en Juez y parte y comenzaba a caminar en Hotel, dulce hotel, aprendía a leer y a correr en este disco.

 

Es oscuro. Al menos más oscuro que cualquier otro trabajo de Varona y García de Diego. Temáticas en esencia existencialistas. Un personaje cargado de melancolía y fracaso se pasea por las canciones sin ser el protagonista de ninguna. Es como ese mendigo que vaga por las calles y todos terminan conociéndolo sin saber de su vida ni de su pasado. Una suerte de leyenda urbana misteriosa, omnipresente en la anatomía de la ciudad. Luego cada cual llena los espacios como quiere. Ese hombre del traje gris que susurra "Soy del color de tu porvenir" y saca un calendario del bolsillo y se lamenta por sus glorias perdidas. Ese hombre del traje gris que se desdibuja y aparece y desaparece, difuso y torturado. Ese que se convierte en ladrón de carteras o personaje urbano de pie ante el amanecer en la ciudad.

 

En estos tiempos el sonido retro ha cobrado una relevancia especial. Los 80’s han vuelto a considerarse grandes, no sólo dentro de sus estándares. Los 90’s han empezado a valorarse más allá de Nirvana y Guns N’ Roses. Cada década ha tenido sus niveles de producción, sus vicios y virtudes, sus tendencias y fallos encantadores. La reverberación de los 80’s favorece la nostalgia y los sentimientos de tristeza y aislamiento, pero con una dosis de bienestar por llenar el espacio y cubrir sus silencios y sus debilidades vocales o instrumentales. Sabina se favorece de la década en la que graba. Sus ingenieros saben cómo captar el momento. Hay cierta sabiduría que le ha dado el estudio y cierto mundo que le ha dado la vida de los bares. Los cortes fluyen. Las voces se expanden. Sabina no suena aún a borracho empedernido, a vividor o a estafador de alcantarilla. Tampoco suena a intelectual que intenta mostrarse empático con la vida callejera. Es auténtico y natural. Hay más logros que simples intentos. El intérprete es un contador de historias, un cronista de sucesos con un enfoque poético anclado en la realidad.

 

En esta entrega, sin embargo, es más que eso. La producción trasciende las palabras. Las cajas de las baterías se comprimen, se saturan hasta la máxima potencia y explotan. Las guitarras son 100% ochenteras. Las historias miran al pasado o describen un presente que contrasta con un pasado mejor, con la belleza de lo crudo, lo visceral, con un trasfondo agridulce. Son una especie de lamento triunfal, de glorias terrenales, de desafío a la rutina y lo establecido en un paquete de temas que en otra pluma llegarían al ridículo o a la absurda pretensión literaria, pero en la pluma de Joaquín llegan certeros a algún rincón que no alcanzo a descifrar.

 

Llegan y se quedan. Uno no sabe dónde están, pero los siente. Podría ser el alma. Podría ser el cúmulo de espejos que se deposita en el subconsciente, como en esos sueños lúcidos que se cuelan alguna que otra medianoche atemporal. Es como un mundo propio, una suerte de estética Highlander, como un filme distópico de aquellos años. Varios géneros conviven para desembocar en un aire rock con ritmos pop que establece un balance entre lo potencialmente comercial y lo literario y cinematográfico.

 

Joaquín Sabina. © Juan Vida
Joaquín Sabina.
© Juan Vida

Eva tomando el sol es una metáfora sólida de principio a fin que marca el paso que dará el resto. El Rap del optimista es esa sátira disfrazada de relleno que termina arriba un conjunto de melodías por lo general a término medio.

 

Quién me ha robado el mes de abril se ha convertido en un clásico de la canción de autor, recientemente sacado a flote por el álbum homenaje a su autor y en abril del año pasado, por la pandemia misma que robó a muchos españoles de su libertad y su normalidad en un mes en otros tiempos más alegre y primaveral.

 

La pasión de Locos de atar, de Peligro de incendio, de Juegos de azar, y hasta de Besos en la frente tienen un regusto a vino añejado que se descorcha para la ocasión, con ese sonido vintage y su inevitable vigencia lírica todavía hoy, donde nuestros problemas de burocracia oficinista y normas sociales continúan amenazando con matar el espíritu y la chispa de los seres humanos.

 

El éxito en los fracasados y el fracaso en los que podrían ser exitosos es otra temática omnipresente a lo largo de todo el material, como una forma de mostrarnos un mundo en el que el éxito es tan subjetivo como el arte, las estrellas vienen y van, los aplausos vienen y van y hay que agarrarse al primer globo que te permita salir volando.

 

Hay temas que son parte del conjunto como buenos integrantes de un todo, pero siempre hay destacados en cada equipo. Los perros del amanecer es probablemente el clímax atmosférico del disco, donde Sabina llega más alto en lírica metafórica mostrándonos ese momento donde se efectúan las acciones más viscerales del día, mientras los personajes menos interesantes duermen. Sabina se muestra más irreverente y sucio, con versos como

 

"A la hora del primer despertador,

cuando entra al metro el exhibicionista

y llora el eyaculador precoz

y se masturba la telefonista.

A la hora del ardor.

A la hora del terror.

Cuando cantan los grillos de la depresión."

 

Otro punto alto es el toque melancólico en Cuando aprieta el frío, que es a la vez una proyección de imágenes surrealistas y metáforas y un llamado desesperado al consuelo y la calidez. Dan fe de ello versos como

 

"Dile que estoy parado

al final de mí mismo,

igual que un aduanero

sin nadie a quien multar,

como un autoestopista

debajo de la lluvia,

como la menopausia

de una mujer fatal.

Y dile que la echo de menos

cuando aprieta el frío,

cuando nada es mío,

cuando el mundo es sórdido y ajeno.

Que no se te olvide.

Es de esas que dan

siempre un poco más

que todo y nada pide (…)

Cuéntale que la extraño

y que me siento seco

igual que un presidente

dentro del autobús,

como una Kawasaki

en un cuadro del Greco.

Igual que un perro a cuadros.

Igual que un gato azul."

 

El hombre del traje gris es profundo justo hasta donde tiene que serlo, al borde de la intelectualidad, sin salir de los límites del arte. Después Sabina escribiría a golpe de periódico, como en Mentiras piadosas, se pondría más canónicamente romántico, como en Esta boca es mía, elegiría la acidez y el desgarro y el desborde de personajes urbanos y referencias tropezándose entre sí como en Física y química, hasta empezar a ser una antología de sí mismo entre guiños y revisitas como en Yo, mí, me, contigo y todos los que le siguieron. 19 días y 500 noches tiene grandes letras y un toque de rock casinero y mordaz, pero es nada atmosférico en general. Alivio de luto era demasiado heterogéneo como para verse como algo más que una palanca de empuje. Dímelo en la calle fue un monstruo de mil cabezas.

 

El hombre del traje gris fue el álbum conceptual que no parece pretender ubicarse en dicha categoría. Es una suerte de cuentos cortos ambientados en el mismo paisaje. Clubes, asientos traseros de automóviles, apartamentos abandonados y reocupados, cines, hoteles, madrugadas y amaneceres, ladrones y policías, rebeldes y agentes del orden, músicos mercenarios, secretarias, oficinas, ventanas, edificios, televisores, escuelas, maletas, aeropuertos. Son los elementos que conforman la cinematografía de estas canciones.

 

No todo puede ser bueno, dicen. Tiene que haber errores, puntos flojos, cosas que no envejecieron bien. Sería deshonesto sólo hablar de lo positivo y obviar por completo cualquier elemento existente que no pueda dejar de notarse, ¿no? ¿Qué podría señalarle a un disco español de 1988? Primero hay que saber que el estilo musical de Sabina es comunicativo. A lo largo de su carrera, ha jugado, entre muchos otros, con el blues, el jazz, el rock and roll y el swing, géneros muy musicales, de improvisaciones sonoras y solos de instrumentos por excelencia, pero sin usar ninguna distracción que lleve una canción demasiado lejos de su letra, salvo pocas excepciones.

 

Puede sonar por este motivo algo parco a veces, demasiado cómodo en un acompañamiento arreglado para colocar su voz limitada sin que se pierda en tiempo y espacio, sin grandes aportes al pentagrama. Eso es parte de su estilo. Es su registro general. Ante todo, sigue siendo un cantautor, aunque se le confunda con estrella rock o popero comprometido. Es por eso que los ritmos del material en cuestión no están diseñados para volarte la cabeza por sí solos. Tienes que saber el idioma para disfrutarlo al máximo. Sus letras siguen siendo el piloto que vuela la nave. Aún así, para los estándares modernos, letras como la de Juegos de azar pueden tambalear ante las demás. Siguen siendo muchísimo mejores que el Mónica de Hotel, dulce hotel o el Eh, Sabina de Ruleta rusa (o casi todo el Ruleta rusa). Este par de detalles me parece lo único que se me puede ocurrir remarcar en cuanto a debilidades intrínsecas.

 

Por último, me gustaría mencionar que hay dos álbumes donde se asoma este hombrecillo del traje gris, sin que se mencione de manera explícita: El primero sería Vinagre y rosas, que gana por su añejado intencional, pero sufre de emociones prestadas y un exceso de canciones innecesarias. El segundo es Lo niego todo, conceptual como el que más, el testamento de la vejez, la versión extendida de A mis cuarenta y diez producida por un rockero mucho más joven con un estilo quizá demasiado característico para prestarlo a un veterano. Ninguno de estos dos consigue llegar a la magia sublime de aquel rompecabezas tan fresco como febril que nos regaló al Sabina que conocemos hoy.

 

Ninguno vuelve a entrar a ese otro universo paralelo al ya bastante conocido universo sabiniano, ese otro que existe de manera simultánea, con una esencia de expresionismo alemán, de surrealismo daliniano, de juego de sombras y claroscuros, de monstruos con rostros humanos, de pandilla callejera, de chaquetas de motociclista que sigue manteniéndose intacta más de treinta años después.






 
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