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Óbito

Pablo, con todos nosotros

por Frank Carlos Nájera el 22/11/2022 

En las noches tristes, escribo. Dormir no apetece ni apremia. La tristeza se canaliza y empieza a formar palabras, y las palabras se me venden como necesarias, y yo las compro y las consumo creyendo que las voy creando. Nunca he sido fumador. Fumo palabras y entre el humo de las noticias voy rodeando la imagen de un rostro muy familiar.

Pablo MIlanés. © Xavier Pintanel
Pablo MIlanés.
© Xavier Pintanel

 

Hoy es 21 de noviembre, de un año bastante difícil, y tengo muchas imágenes en mi cabeza. Recuerdos, canciones, videos, Cuba, una cajita de música inventada por mi padrino (de Iglesia Católica, porque de niño uno no tenía opción de escoger religiones o abstención de ellas), un televisor de veinte pulgadas, una realidad que será distinta a partir de ahora. Un mundo con Pablo Milanés.

 

Por supuesto, el mundo seguirá teniendo a Pablo, pero ya no estará Pablo para verlo. Negación, aceptación, rabia, compensación, duelo. ¿Qué pasa cuando se juntan y mezclan dos o tres de esas? Setenta y nueve años. Repites un número mágico y el hechizo te lanza dardos desalentadores. Un pensamiento entonces. Un pensamiento se levanta sobre el montón de hermanos que luchan por ver la luz. Un pensamiento que camina con la lentitud de quien sabe que llegará tarde o temprano, dejando pedazos de sí a sus espaldas.

 

Los genios no duran para siempre.

 

El arte es una cosa muy ambivalente. Pero hay gente que lo lleva en sí, pase lo que pase y no hay forma de que se lo quites de encima. Un cantautor es lo más insoportable cuando cree lo que no es y canta lo que no dice nada. Pero los buenos… ¡ay, los buenos, si son buenos de verdad! ¡Vaya que lo son! Pienso en Serrat, en Charly, en Sabina, y una vena se encoge por Aute, y un pedazo de corteza de corazón se inclina a lo que alguna vez fue Silvio, y a lo que me gustaría que siguiera siendo Silvio, porque la política ahora cabe en todas partes, y se metió en la azucarera, y se metió en las tribunas donde cantaban los artistas, y en los despachos de los dirigentes, y en las casas de los dictadores, pero el hombre soñador, el creador invencible también sigue ahí, mucho más alto y de mejor aspecto que el desgastado señor de alma desgarrada por ideologías injustificables. Pero esto no es sobre Silvio, ni Charly, ni Serrat, ni Aute, ni el Sabina que ahora amenaza con romper los pronósticos. Quiero hablar de todo, pero más de Pablo.

 

Empezando la oración anterior, se me posó una mosca en la mano derecha. Las moscas nunca han conocido lo que es el respeto. Las moscas siempre hablan cuando no quiero escucharlas. En este país apenas se ven. Y cada vez que las encuentro, cada vez que una se cuela por la puerta después de un día entero de lluvia, quieren decir algo. Y yo no creo en señales, pero las moscas… Las moscas no saben que yo no creo en señales.

 

Mi padrino era inventor. Así lo recuerdo. Tenía mucho ego, pero también muchas inquietudes intelectuales. Cuando yo era muy niño, me hizo una cajita de música (la llamo así a falta de una clasificación más cercana) con un estuche plástico de perfume Suchel, algo que parecía un motor (si se puede decir así) y dos cables, uno verde y el otro gris. Había que hacer contacto con esos cables y una batería Polaroid Polapulse para cámara, que venía en unos cartones con un polvo dentro. Algo complicado de explicar, incluso más complicado de inventar, pero muy fácil de hacer que funcionara. Cuando poníamos aquellos dos cables, sonaba una melodía. A mí me gustaba mucho el aparato. A mis amigos también. Era algo único. Un día mi mamá me dijo de qué canción era aquella melodía. "Amo esta isla/ Soy del Caribe/ Jamás podría pisar tierra firme/ Porque me inhibe". Pura idealización utópica. Igual que Cuando te encontré. Y las dos eran del mismo autor. La frescura de la primera nada tenía que ver con la ambigüedad épica de la segunda. Eterno romántico, desgarrador, sentimental, y sobre todas las cosas, humano. Ese timbre me acompañó en momentos en donde buscaba inspiración… o consuelo. "Te he visto pasando del brazo de un hombre, que de cierto modo podría ser yo". Demasiada verdad disfrazada de sencillez. Un hombre que dijo basta a un sistema que antes había glorificado y que ya no representaba a su pueblo. Un hombre que puso El breve espacio en que no estás en boca de todo el continente. Y yo tenía un pedazo de todo ese arte en un invento para mi pequeño entretenimiento infantil. Para mi pobre entendimiento infantil.

 

Fui a ver a Pablo una vez. Era el 30 de marzo de 2019. Flamingo Theater Bar recibía al maestro en un concierto con Carlos Varela. Yo iba con mi hermano, que me acompañaba con bastón, convaleciente de una operación en la pierna en donde le habían quitado los hierros que le colocaban los huesos en su lugar (o algo así). Apareció Pablo y empezó a cantar. El mismo timbre. El mismo Pablo. El mismo que yo veía en la TV con el afro que lo caracterizaba en su juventud, en ese televisor de veinte pulgadas en donde por primera vez vi color en una imagen, el mismo Pablo que, sentado, levantaba el espíritu de todos, el mismo que volvía a tocar la guitarra después de muchos años en donde una condición muscular le impedía hacerlo con soltura. El mismo Pablo de siempre. Porque Pablo nunca fue de piruetas y extravagancias. Le bastaba con su voz y su guitarra. A veces hasta sin ella. Aunque esa noche sí que tocó a sus anchas. Y cantó, y bromeó, y lo vi. Lo vi porque tenía que verlo. En un momento la gente empezó a corear una canción que yo no conocía. Pablo tocó la guitarra sin cantar más de una estrofa. Miré a mi hermano y también coreaba. El público cantaba con la solidez que da la memoria cuando está vigente y clara. La mitad del tema en un popurrí de clásicos. La vibra que sentí no la había sentido nunca. Energía, aura saliendo de todas las almas presentes, de todas las gargantas presentes, evocando épocas que habían vivido y se negaban a olvidar. El tema que no conocía era el de la serie Algo más que soñar, que traía a la pantalla chica las emociones de la Guerra de Angola y amores juveniles, No ha sido fácil, emblema de una generación a la que yo no pertenecía. Tal vez como una suerte de tardía compensación, después de aquella noche ese tema pasó al panteón de mis favoritos.

 

Pablo estaba en nuestro cine, en nuestra historia y la de muchos que lo esperaban en la escalinata de la Universidad de La Habana para escuchar algo que los hiciera pensar a la vez que sentían. (Si pudiéramos tener algo así ahora…) Pablo estaba en las tardes de amigos, en la salsa de un Sabina noventero, en aquel video con Leoni Torres que todos los de mi generación por suerte conocen, en el comienzo y final de muchas verdes mañanas, en los que amamos las canciones con un concepto valiente y real, en el ayer, en el hoy, en los porque sí, en la inspiración de los que han padecido y se han levantado. Los días no volverán, aunque echemos a correr, pero él estuvo y llegó para no marcharse jamás, aunque ya no pueda ver que, en efecto, se quedó con todos nosotros.

 

Aún conservo la cajita de música con el estuche de perfume Suchel.






 
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