Roberto Vecchioni pasó este viernes por el BarnaSants entre la verborrea, el escándalo y la excelencia.
Decía un viejo amigo que uno pasa de ser simple músico a cantautor cuando emplea más tiempo en presentar las canciones que en cantarlas. Si eso fuese cierto, Roberto Vecchioni sería sin lugar a dudas el paradigma del cantautor.
Y esto, ironías a parte, se cumplió en el concierto del viernes en cada una de sus canciones, llegando a emplear veintidós minutos en una de sus presentaciones. Nos habló de Horacio, de Vittorio Gassman, de Safo, del bien y del mal, de lo divino y lo humano, ignorando que no estaba en su cátedra de Pavía.
Y ciertamente no estábamos ni en su cátedra —hasta donde yo sé, los allí presentes habíamos ido a oírle cantar— ni en Pavía. Estábamos en Barcelona, donde una parte de la población tiene la mala costumbre de no entender el italiano, cosa frecuente por otro lado entre la mayor parte de las ciudades no italianas.
Tanta incontinencia verbal provocó que, aun después de haber rebasado en 45 minutos el tiempo concedido por la sala —esperaban otros conciertos inmediatamente después—, Vecchioni no hubiera interpretado el repertorio previsto y ajeno a señales, súplicas y advertencias pretendiera seguir con un concierto que tuvo que ser interrumpido tajantemente y en una forma un poco subida de tono por Pere Camps, director del festival, ante un público furioso —al borde del motín— que asistía al final de fiesta con sorpresa, incredulidad, rabia y emoción.
Y digo emoción porque hay que reconocer —al César lo que es del César y honor a quien se lo merece— que, en el poco tiempo que estuvo cantando, Vecchioni demostró que es grande entre los grandes.
El día anterior, en la rueda de prensa de presentación del concierto, había dicho que la principal característica de la trova italiana era la enorme carga poética de sus letras. Vecchioni es, por encima de todo, un intelectual y si decimos que es seguramente el mejor letrista de Italia, nos encontramos ante un cantautor que construye canciones de una extraordinaria poesía. Si añadimos unas melodías sencillas pero enlazadas a sus letras en perfecta simbiosis; una voz “de humo”, grave y profunda y una interpretación sentida, a veces incluso dramática —mezcla de Jacques Brel y Ovidi Montllor— tenemos como resultado de la ecuación algo parecido a la maravilla.
Arropado por dos excelentes músicos —piano y contrabajo— fue imposible no emocionarse con la interpretación que hizo de la Viola d’inverno. O con Le mie ragazze o Il bandolero stanco. O con el dúo con Joan Isaac en Le lettere d'amore.
Finalizado el concierto, vueltas las aguas a su cauce y ya sin Vecchioni, que marchó casi de incógnito al hotel, se celebró algo parecido al Dopo Tenco —en este caso el Dopo BarnaSants— un encuentro informal para comer, beber y comentar todavía entre incrédulos y emocionados lo que acabábamos de ver.
Buenos productos del Piamonte, servidos por la municipalidad italiana de Acqui Terme, ejemplo de cómo los poderes públicos pueden colaborar y potenciar la cultura cuando se lo proponen y, además, en un perfecto maridaje con los productos de la tierra.
El trovador cubano Silvio Rodríguez dará inicio a su próxima gira latinoamericana con una presentación pública y gratuita en la escalinata de la Universidad de La Habana, el 19 de septiembre a las 19:00. El histórico enclave volverá a convertirse en escenario de la Nueva Trova, en un evento que marcará el punto de partida de una serie de conciertos por cinco países de América del Sur.
El Covard (El cobarde) es el décimo disco publicado por el cantautor catalán Josep Andújar “Sé”. Incluye una habanera titulada Onades dins del cor (Olas en el corazón), escrita por el autor con música de Llorenç Fernández, canción que encarna la esencia de este nuevo trabajo realizado por un artista ligado a sus orígenes, al mar Mediterráneo, a la “Cançó de taverna” y marinera, a una cultura de tierra y mar que tras sus muchos años de oficio sigue aflorando en todas sus composiciones.
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