El trovador catalán Ramon Sauló llegó al BarnaSants batiendo el récord de asistencia de la sala Harlem Jazz Club dentro de esta edición. Aunque Sauló no busca grandes gestas, sino medirse entre las pequeñas cosas.
Ramon Sauló canta y compone canciones sencillas, frágiles, que parece que se vayan a desvanecer como el agua que se cuela entre los dedos si uno pretende agarrarla. En la música de Sauló no hay más pretensiones que las de llegar directamente al corazón, sin intermediarios ni peajes. Vía libre.
Que nadie busque en Ramon Sauló una técnica guitarrística virtuosa ni un trabajo armónico depurado. No lo precisa. Es más, en la sencillez es donde Sauló consigue esta extraña conexión sináptica que emociona y casi hipnotiza al oyente.
En Sauló no se advierte estrés por vender, ni ambición por triunfar, ni miedo al fracaso. Sólo pretende divertirse y emocionar haciendo y cantando canciones. Si lo consigue, bueno. Si no a otra cosa. Es seguramente esta actitud la que hace que él se lo pase bien en el escenario y transmita y contagie esta actitud a la platea.
Es cierto que a veces serratea e incluso joanisaaquea, pero es, de un lado mimetismo con el maestro y con el compañero de generación, y de otro, la facilidad en conectar con el público en las cosas pequeñas y en la capacidad de narrar nuestras propias vidas y experiencias.
Acompañado por Pep Travé a la guitarra, este domingo Ramon Sauló desgranó una a una las canciones de su CD Som així (Somos así) más alguna inédita y demostró que, a veces, en las pequeñas cosas están las grandes gestas.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.

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