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Ateneu de la Cançó

6 de cada 8 políticos (sin cargo) aman la canción de autor

por Xavier Pintanel el 24/03/2026 

Una carta abierta impulsada desde el entorno del BarnaSants reclama la creación del Ateneu de la Cançó en Barcelona, un espacio dedicado a preservar y dinamizar la canción de autor. La iniciativa cuenta con el respaldo de seis de los ocho exresponsables de Cultura de la Generalitat en las últimas dos décadas, abriendo algunas preguntas que van más allá de la música.

Marçal Girbau y Pere Camps, director y exdirector del BarnaSants respectivamente. © Xavier Pintanel
Marçal Girbau y Pere Camps, director y exdirector del BarnaSants respectivamente.
© Xavier Pintanel

 

Siempre me han parecido intrigantes esos comerciales de televisión que aseguran que nueve de cada diez expertos recomiendan un cierto producto. Uno no puede evitar pensar qué le pasó al décimo: si fue el tonto de la clase o, por el contrario, el único con pensamiento crítico. Con esa misma lógica estadística me causa una cierta inquietud leer la carta abierta publicada en favor de la creación del Ateneu de la Cançó en Barcelona: seis de cada ocho exconsellers —cargo equivalente a ministro— de Cultura del gobierno catalán la han firmado. No está mal el porcentaje, aunque en esta ocasión mi curiosidad no se dirige especialmente a los dos ausentes.

 

Pero antes de entrar en ese terreno, conviene detenerse en el objeto del deseo. El Ateneu de la Cançó se plantea como un espacio público de referencia dedicado a la canción de autor. No solo un archivo o un centro de documentación, sino un lugar vivo: programación estable, apoyo a creadores, encuentro entre artistas, investigadores y público. En definitiva, una casa para una tradición que ha sido central en la historia cultural reciente.

 

Porque si algo ha demostrado la canción de autor —y especialmente la Nova Cançó— es su capacidad para ser algo más que música. Fue herramienta de resistencia durante el franquismo, vehículo de lengua y espacio de conciencia colectiva. Y aunque los contextos cambien, esa dimensión no ha desaparecido del todo. Quizá por eso gusta tanto en los discursos y tan poco cuando toca poner recursos encima de la mesa.

 

El proyecto, impulsado desde BarnaSants, no es precisamente vaporoso: modelo de gestión definido, cesión de un equipamiento público de unos 1.800 m², un presupuesto anual estimado de 1,21 millones de euros, financiación mixta y, muy importante, un convenio a largo plazo.

 

Hasta aquí, todo parece razonable. Incluso ilusionante. Seis de ocho exconsellers lo avalan. Lo que devuelve inevitablemente a la reflexión inicial: ¿y los otros dos? En este caso no haber firmado no importa, es un acto coherente con la gestión que realizaron en su día.

 

Ahora bien, hay otra cuestión más relevante que sobrevuela el asunto con cierta insistencia: si seis exresponsables de Cultura consideran necesario este Ateneu, ¿por qué no se impulsó cuando estaban en el cargo? Tenían presupuesto, estructura, capacidad de decisión. Y, sin embargo, el Ateneu no apareció. Ni un esbozo, ni una primera piedra, ni siquiera una excusa especialmente creativa.

 

No parece una falta de sensibilidad — me consta que al menos cuatro de los seis firmantes son amantes de la cultura y de la canción de autor; especialmente mi querido, añorado y exiliado Lluís Puig—, así que quizá haya que mirar hacia otros lugares menos poéticos: presupuestos, competencias compartidas, necesidad de acuerdos institucionales.

 

Y ahí aparece el siguiente actor inevitable: el Ayuntamiento de Barcelona. Porque el proyecto necesita la cesión de espacios y la toma de decisiones concretas. Y la brutal paradoja es que desde la restauración democrática, la ciudad ha sido gobernada —a excepción de cuatro años— por fuerzas de izquierda lo cual, sobre el papel, debería facilitar iniciativas de este tipo. Pero la realidad, como suele ocurrir, introduce matices. Matices desalentadores.

 

Al final, la pregunta no es tanto si gusta o no la canción de autor —que probablemente sí—, sino cuánto margen hay para convertir esa afinidad en política pública concreta. Porque entre la adhesión simbólica y la ejecución práctica hay un terreno amplio, lleno de negociaciones, prioridades y tiempos administrativos. La carta está firmada, el proyecto definido y el Ateneu, de momento, sigue siendo una idea con bastante consenso. Siempre que no haya que hacerlo realidad.

 

Y eso costará porque la canción, además, fomenta el pensamiento crítico y —lo dijo Serrat— "a la derecha eso nunca le ha gustado. Y a la izquierda, tampoco. Al poder no le gusta que le toquen los cojones".

 

Y menos con guitarra.







 
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