Perrozompopo llegó a Europa con una falsa fama de cantautor rockero. En el concierto efectuado en el Auditori Barradas centro del Festival BarnaSants, demostró que es mucho más que eso.
![]() Ramón Mejía «Perrozompopo»
© Xavier Pintanel
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A Ramón Mejía «Perrozompopo» lo venden como sobrino de los Mejía Godoy, pero con ellos comparte apellido, talento y poco más.
Perrozompopo tiene un estilo muy personal pero sin salirse de la ortodoxia trovadoresca. A veces recuerda a Javier Ruibal, otras se da un aire a Manu Chao, en ocasiones tiene algunos dejes vocales de Alejandro Sanz; pero sin parecerse a ninguno de ellos.
A veces aparece algo de flamenco, otras algo nos sugiere un guaguancó. Pero sin ser nada de ello y todo a la vez.
Perrozompopo basó todo su concierto en sus dos primeros discos Romper el silencio (2004) y Quiero que sepas (2007). De su último disco CPC (Canciones populares contestatarias) (2010) —que teóricamente venía a presentar— apenas interpretó dos por tenerlas todavía “muy tiernas” según explicó.
Vino sin banda y sus canciones acompañándose sólo con la guitarra —y acompañado también por la delicada guitarra de Oliver Haldon—, alcanzaron otra dimensión distinta que desde el disco. Al igual que en la cocina, donde a veces un exceso de cítricos, especias o picantes enmascaran el verdadero sabor de una buena carne; unos arreglos excesivos pueden dejar en segundo plano la verdadera esencia de una canción. Gran descubrimiento: el talento de Perrozompopo es superior al que ya le suponía desde el disco.
Estas canciones, bellas, desnudas, duras y al tiempo sensibles, llegan directamente al corazón. Al silenciarse los aplausos tras la canción Cuando tardas y demoras, un espontáneo gritó: “¡Perrozompopo, aquí están todos llorando!”. Pues eso.
El Cancionero y Discografía de Violeta Parra, impulsado por cancioneros.com, continúa siendo una de las investigaciones documentales más importantes dedicadas a la universal artista chilena. Cuatro años de investigación permitieron recuperar 520 canciones, reconstruir su discografía, corregir numerosos errores históricos y fijar datos fundamentales sobre una de las figuras esenciales de la música latinoamericana.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.

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