Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
![]() Una guitarra en el escenario.
© Xavier Pintanel
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Joan Manuel Serrat cita recurrentemente una frase atribuida al pensamiento del escritor catalán Josep Pla, según la cual "la manera que tiene alguien de ser internacional es ser primero muy provinciano".
Tras veinte años de plataformas musicales, parece que ahora el recorrido es el inverso: un viaje de lo universal a lo local, con todas sus luces y sus sombras.
Cuando el streaming comenzó a transformar la industria musical, la promesa parecía incontestable. La música, por fin, dejaría de entender de fronteras. Un artista podría publicar un disco en cualquier rincón del planeta y llegar inmediatamente a un oyente situado a miles de kilómetros. Nunca volveríamos a depender de las distribuidoras, de las licencias territoriales, de las importaciones imposibles ni de aquellos discos que tardaban meses —cuando llegaban— en aparecer en las tiendas.
Y, de alguna manera, esa promesa se cumplió.
Nunca habíamos tenido un catálogo tan inmenso al alcance de la mano. Cualquier persona puede escuchar hoy una canción grabada esa misma mañana en Montevideo, Dakar, Tokio o Quito. La tecnología resolvió un problema que parecía insalvable: el acceso universal a la música.
Lo que casi nadie anticipó fue que el acceso universal no produciría necesariamente una escucha universal.
Dos décadas después, las listas de éxitos muestran una realidad muy distinta de la que muchos imaginaron. Los grandes fenómenos globales siguen existiendo, pero se concentran en un puñado de artistas mainstream con una capacidad de promoción extraordinaria. Por debajo de ese reducido grupo, el mapa musical se parece mucho menos a una aldea global de lo que cabría esperar. Cada país escucha, sobre todo, a sus propios artistas o a los de su mismo espacio lingüístico y cultural y, curiosamente, rara vez salimos de nuestro propio ecosistema sonoro.
La explicación no es misteriosa. Las plataformas viven de nuestra atención. Su objetivo consiste en mantenernos escuchando el mayor tiempo posible y, para lograrlo, recurren a algoritmos que aprenden nuestros hábitos y nos recomiendan aquello que probablemente nos gustará. Es un sistema extraordinariamente eficaz, pero también extraordinariamente conservador. El algoritmo no tiene ninguna obligación de sorprendernos; al contrario, funciona mejor cuanto más consigue confirmar nuestras preferencias.
Y, sin desearlo ni pretenderlo, este modelo ha contribuido a hacer florecer escenas locales de enorme riqueza en países donde muchos músicos debían viajar al extranjero para poder vivir de su trabajo y que ahora cuentan con públicos propios capaces de sostener a sus creadores. Es, sin duda, una buena noticia. Pero toda transformación genera efectos secundarios y, en este caso, algunos de ellos no afectan al mundo digital, sino al analógico.
Durante buena parte de las últimas décadas existió un tejido de festivales, teatros, auditorios y pequeñas salas que permitió que muchos artistas construyeran lentamente una carrera internacional. No eran estrellas de estadios ni encabezaban las listas de ventas, pero encontraban espacios donde ser descubiertos. Cantautores latinoamericanos recorrían España; músicos portugueses actuaban con frecuencia en América Latina; intérpretes españoles encontraban auditorios en Argentina, Chile o Uruguay. Aquellos viajes no dependían de millones de reproducciones, sino de una red cultural que entendía el intercambio artístico como parte de su razón de ser.
Hoy esa red resulta mucho más frágil.
Los costes de desplazamiento han aumentado, la programación es más prudente y el conocimiento que el público tiene de los artistas extranjeros es menor. Un músico puede acumular millones de escuchas en su país y seguir siendo prácticamente un desconocido fuera de él. La facilidad para publicar ya no garantiza la capacidad de circular. Y si ese viaje implica cruzar el Atlántico, las dificultades se multiplican.
Paradójicamente, mientras nunca ha sido tan sencillo escuchar a un cantautor chileno desde Madrid o a una cantante gallega desde Buenos Aires, organizar una gira que una ambas orillas resulta hoy mucho más complicado para la inmensa mayoría de los artistas.
A este fenómeno se suma otra transformación silenciosa: la del propio mercado de la música en directo.
Los macrofestivales atraviesan un momento de extraordinario —y a veces desmesurado— crecimiento. Han dejado de ser únicamente acontecimientos musicales para convertirse también en productos turísticos, capaces de atraer a miles de visitantes y generar un importante impacto económico en las ciudades que los acogen. No hay nada objetable en ello. El problema aparece cuando ese crecimiento convive con las crecientes dificultades de los teatros, auditorios y salas de pequeño y mediano formato, precisamente los espacios donde tradicionalmente encontraba acomodo el artista que no era una estrella, pero tampoco un desconocido.
Los grandes festivales seguirán necesitando nombres capaces de vender decenas de miles de entradas. Es lógico. Pero la circulación cultural rara vez se construye desde los escenarios gigantescos. Se construye en esos espacios donde el público todavía acude dispuesto a descubrir una voz nueva llegada de otro país, aunque no aparezca en las listas virales ni domine las redes sociales.
Quizá por eso convenga replantearse una idea que durante años dimos por evidente. La diversidad cultural no consiste únicamente en que cada país fortalezca su propia música. Eso es una excelente y necesaria noticia. La diversidad también depende de que esas músicas viajen, dialoguen y se mezclen con otras.
La gran paradoja del streaming no es, por tanto, que haya fracasado la globalización musical. Es algo mucho más sutil. La tecnología ha conseguido que cualquier canción pueda llegar a cualquier lugar del mundo, pero no ha conseguido que los músicos puedan hacer el mismo viaje.
Josep Pla decía que para ser internacional había que ser primero muy provinciano. El streaming, siempre dispuesto a simplificarnos el viaje, ha decidido hacerlo al revés: primero nos hizo internacionales y después nos devolvió a la provincia. Está bien. Lo celebro por mis amigos de acá. Pero añoro a los de allá.
El Cancionero y Discografía de Violeta Parra, impulsado por cancioneros.com, continúa siendo una de las investigaciones documentales más importantes dedicadas a la universal artista chilena. Cuatro años de investigación permitieron recuperar 520 canciones, reconstruir su discografía, corregir numerosos errores históricos y fijar datos fundamentales sobre una de las figuras esenciales de la música latinoamericana.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.

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