El cantautor chileno Manuel García inició su gira española el 17 de octubre en el CAT de Barcelona con un concierto de más de dos horas, organizado en cuatro bloques que recorrieron su repertorio, sus raíces musicales y algunas de sus influencias. Una actuación especialmente cuidada, marcada también por la muerte de su padre tres días antes.
![]() Manuel García.
© Xavier Pintanel
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Tras finalizar en Chile la gira Pánico y entes de empezar la gira Al final de este viaje en la vida el próximo noviembre en México, Manuel García ofreció el pasado 17 de octubre en el Centre Artesà Tradicionàrius (CAT) de Barcelona un concierto singular. No tanto por las canciones interpretadas, algunas de ellas habituales en su repertorio, como por la manera de reunirlas, ordenarlas y presentarlas. El cantautor chileno había preparado una propuesta particular para inaugurar su gira española, aunque las circunstancias acabaron añadiéndole un componente personal que nadie hubiera deseado.
Tres días antes había fallecido su padre. El concierto de Barcelona era el primero que ofrecía desde entonces. Una circunstancia que inevitablemente estuvo presente, aunque García no permitió que condicionara el desarrollo de una actuación que mantuvo en todo momento su propósito musical. Fue un concierto cercano, que no informal, de esos en los que la relación entre el artista y el público se construye sin necesidad de grandes gestos ni de confidencias excesivas.
García comenzó recordando su relación con Cataluña, el primer territorio que visitó cuando empezó a viajar fuera de Chile. Lo hizo a propósito de eXile, un proyecto surgido de la mano de Manel Montañés que reunió al músico chileno con el catalán Guillamino alrededor de poemas relacionados con el exilio. Un exilio de ida y vuelta, primero de Cataluña hacia Chile y, décadas después, de Chile hacia Cataluña, que puso en relación las experiencias históricas de ambos países a través de la poesía y la canción. Aquella colaboración explica una parte de los vínculos que García ha mantenido desde entonces con el público catalán. "Mi guitarra —de un sonido excelente, acústica sin amplificación— es catalana construida por el luthier Antonio Manjón. Las cuerdas de mi guitarra también lo son. Hasta mi representante —Jonatan Márquez— también lo es", dijo.
![]() Claudio Araya, Javiera Paredes, Manuel García y Brisalia.
© Xavier Pintanel
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El concierto se organizó en cuatro bloques con títulos propios, una estructura que permitía recorrer diferentes territorios musicales. El primero, Bienvenida y Trova, recuperó cinco composiciones propias: Tanto creo en ti, Tu ventana, Hablar de ti, La nueva canción de la trova y Venga la vida. Un terreno conocido, con canciones que permiten reconocer algunos de los elementos fundamentales de su escritura: la atención a la palabra, el trabajo melódico y una forma de cantar que se mueve con naturalidad entre la intimidad y la expresión colectiva.
Pero fue el segundo bloque, Folclor y Raíz, el que introdujo las mayores sorpresas de la noche. Diez canciones dedicadas a explorar una parte de la tradición musical latinoamericana, con arreglos específicos y un acompañamiento instrumental que modificaba considerablemente el paisaje sonoro del concierto. Se incorporaron Claudio Araya, a la guitarra, el charango, el cuatro, la quena y la zampoña; Javiera Paredes, en la percusión, y Brisalia, al contrabajo, el charango y la zampoña. García dedicó una atención especial a la presentación de esta última, cantautora del norte de Chile de origen aymara, por quien dejó entrever una admiración que iba más allá de la complicidad entre compañeros de escenario. Había en sus palabras una voluntad evidente de dar a conocer su trabajo, de llamar la atención sobre una artista que merece ser escuchada y que el público tenga ocasión de descubrir. Un gesto de generosidad artística que, por otra parte, también favorece a quienes están sentados al otro lado del escenario.
La presencia de estos músicos no se trataba simplemente de incorporar instrumentos tradicionales a canciones conocidas, sino de trabajar con sus posibilidades expresivas y con las diferentes maneras de entender la música popular que representan.
Aparecieron Víctor Jara, con La partida y Deja la vida volar, y Violeta Parra, con Volver a los 17 y una interpretación de Pupila de águila que estuvo entre los momentos más logrados de la noche. También hubo espacio para Silvio Rodríguez, con una sorprendente lectura de Al final de este viaje en la vida, interpretada por García al cuatro, que aportó una sonoridad poco habitual a una canción tan asociada a la guitarra de su autor.
El recorrido se completó con dos huaynos, Paloma y Hasta que salga el sol, y tres composiciones del propio García particularmente próximas a las sonoridades andinas: Los colores, Pañuelí y La aguja.
Este segundo tramo fue probablemente el núcleo musical del concierto. Por la selección de las piezas, por el tratamiento instrumental y por la oportunidad de escuchar a García en un registro que, sin resultar ajeno a su trayectoria, ofrecía una perspectiva diferente de su trabajo. Había en esas interpretaciones una atención al detalle que justificaba por sí sola la singularidad de la propuesta.
El tercer bloque, bautizado como MexEspaña, introdujo un nuevo cambio de escenario. El reproche, Bajo una nube gris y El huerto, tres canciones que remitían a la música popularizada por el cine mexicano, cuya difusión tuvo una influencia considerable en el Chile de los años cincuenta y sesenta. García recuperaba así otra de las corrientes que forman parte de la educación sentimental y musical de varias generaciones de latinoamericanos. Una referencia que, además, permitía ampliar el recorrido hacia un repertorio menos directamente vinculado con la trova o con la canción de raíz andina.
![]() Claudio Araya, Javiera Paredes, Manuel García y Brisalia.
© Xavier Pintanel
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La cuarta parte, Cantos de ida y vuelta, devolvió el protagonismo a su propio cancionero con Palomita de mar, Las meninas y La danza de las libélulas.
Quedaban los bises. Y fue entonces cuando las circunstancias personales del músico encontraron su expresión más directa. García interpretó Mi viejo, de Piero, fallecido también recientemente. La canción del cantautor ítalo-argentino, adquiría aquella noche un significado inevitable. Fue una interpretación contenida, al borde del llanto, en la que no hacían falta explicaciones adicionales. La propia canción decía cuanto había que decir. Después llegó La gran capital, con la que puso fin a la actuación.
Más de dos horas de concierto, una duración generosa que fue dando sentido a cada una de sus partes. Y todo ello en una noche que, por razones ajenas a la música, no debía de ser fácil para él. García salió al escenario, cantó, tocó, compartió canciones propias y ajenas y sostuvo un concierto que merece un lugar destacado. No hizo falta convertir el dolor en espectáculo. Bastó con dejar que la música ocupara su lugar.
La argentina Maggie Cullen recaló en Barcelona el jueves 15 de octubre en la sala del Centre Artesà Tradicionàrius, dentro de su gira europea y en el marco de la programación del festival Empremtes. Ofreció una colección de clásicos argentinos y latinoamericanos son su mirada personal.
El cantautor chileno Manuel García inició su gira española el 17 de octubre en el CAT de Barcelona con un concierto de más de dos horas, organizado en cuatro bloques que recorrieron su repertorio, sus raíces musicales y algunas de sus influencias. Una actuación especialmente cuidada, marcada también por la muerte de su padre tres días antes.

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