Dentro del monográfico Las fotografías de Víctor Jara iniciamos una nueva colección en la que descubriremos a los cuatro fotógrafos que más y mejor fotografiaron al trovador chileno. Iniciamos la ronda con el que seguramente podríamos considerar el "fotógrafo de cabecera" del Movimiento de La Nueva Canción Chilena: Antonio Larrea.
![]() Antonio Larrea: El fotógrafo fotografiado con su fotografía.
© Juan Miguel Morales
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Antonio Larrea nace en Santiago un 29 de Julio de 1948. Junto a su hermano Vicente se le puede considerar el creador de la imagen de La Nueva Canción Chilena, desde 1968 hasta 1973.
Realiza sus primeros estudios en el Instituto del Puerto de San Antonio, para luego continuarlos en Santiago en el mítico liceo Lastarria. En 1966, ingresa a la Escuela de Artes Aplicadas, donde es alumno de distinguidos maestros de arte como Pedro Lobos, Rodolfo Opazo, entre otros. En fotografía tiene la orientación de otros dos maestros: Mario Guillard y Domingo Ulloa. Aunque egresa en 1971, ya trabajaba desde 1968 junto a su hermano Vicente, formando una de las duplas de diseñadores más conocidas en la historia del diseño gráfico chileno, con su famosa firma al pie de sus trabajos: Vicho Toño Larrea.
Ambos hermanos trabajaron estrechamente con Víctor Jara y el sello DICAP en la producción gráfica de sus discos.













Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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