Hay algunas veces —pocas, pero haberlas, haylas— en donde uno se encuentra un poco huérfano de Dios. De su consuelo y de su larga mano en eso de la vida después de la muerte.
Hoy hemos despedido a Joan Baptista Humet, un hombre de profundas creencias religiosas. "Ha sido una hermosa muerte" ha dicho su hermano. Y yo me lo he creído porque sus ojos no mentían. Yo, que jamás he visto nada hermoso en la muerte, yo, que no creo en Dios, me lo he creído. Porque Humet era un esteta y hasta muriendo ha sido capaz de crear belleza. Dice su hermano que el martes reunió a su familia —sus hijos, su esposa, su madre, su primera esposa— y les pidió permiso para marcharse. Genio y figura. El sábado, el día antes de su muerte desde su cama vio como el Barça le metió tres goles al Sevilla. Y señalaba con el pulgar hacia arriba a Messi. Grande Messi. Como si el delantero no quisiera que Joan se fuera con mal sabor de boca. Todo debía ser hermoso en esta muerte. A su hijo pequeño de cuatro años le dijo que se iba de viaje al "País de Nunca Jamás" que si se tratara de un guión de Disney lo podríamos tomar como una ñoñería pero viniendo de alguien que realmente va a realizar ese viaje, nos pone el corazón así de pequeño que más que latir parece que ande descalzo para no romper el silencio que nos queda en el alma.
Dice su hermano que se fue feliz, dando las gracias.
Los que no creemos en Dios no somos tan fuertes ante la muerte. Nos falta valor, elegancia y humildad. Pero seguiremos combatiéndola con la memoria que es nuestra mejor arma. Combatir al olvido es como morir un poco menos.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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