La fría crónica del domingo 4 de octubre de 2009 por la mañana informó que había dejado este mundo Mercedes Sosa, la irrepetible cantora popular que permanentemente fuera una embajadora musical de nuestro país en el mundo.

Mercedes Sosa nació el 9 de julio de 1935, un año en que por esas jugarretas del destino murió el más grande ícono del tango: Carlos Gardel.
Dedicó su vida a la cultura ya que en su adolescencia llegó a ser profesora de danzas nativas, pero el canto fue su historia y de su Tucumán natal y a Mendoza se convirtió en pieza fundamental del Nuevo Cancionero donde también revistaban su esposo Óscar Matus, Tito Francia y Armando Tejada Gómez entre otros.
Junto a semejantes laderos editó su primer disco totalmente independiente: La voz de la zafra.
Fue en el año 1965 cuando de la mano de otro grande del folclore argentino, Jorge Cafrune, pisó por primera vez el escenario mayor del Festival de Cosquín, acompañada por su bombo y cobijada por su poncho, causando una verdadera sensación al público que la vivó en la plaza Próspero Molina.
Con esa voz tan especial y cálida grabó siendo jovencita la maravillosa obra conceptual Romance de la muerte de Juan Lavalle, de Ernesto Sábato y Eduardo Falú y a partir de ahí registró otros materiales históricos y conceptuales que son parte de la cultura popular.
Canciones con fundamento, Yo no canto por cantar, Hermano, Para cantarle a mi gente, Con sabor a Mercedes Sosa, Mujeres argentinas —con el maestro Ariel Ramírez—, El grito de la tierra, Navidad, Homenaje a Violeta Parra, Cantata sudamericana, Traigo un pueblo en mi voz, Serenata para la tierra de uno, De mí, Alta fidelidad —con temas de Charly García—, Corazón libre, En vivo en Europa, su versión de la Misa Criolla, Escondido en mi país, Gestos de amor y 30 años, fueron algunos de sus discos grabados en más de 40 años de carrera ininterrumpida.
Cantora fue su última producción lanzada justamente poco antes de su deceso. En dos álbumes interpretó 34 canciones junto a colegas cantores como Fito Páez, Marcela Morelo, Luciano Pereyra, Milton Nascimento, León Gieco, Peteco Carabajal, Charly García, Shakira, Joan Manuel Serrat, Julieta Venegas y Abel Pintos entre otros.
Pero, sin dudas, uno de los álbumes más emotivos fue el grabado en vivo en el estadio Luna Park del año 1982, a su regreso a la Argentina después de su exilio en Europa, castigada y censurada por la dictadura militar que azotó al país entre los años 1976 y 1983.
El cine también la tuvo como protagonista en filmes como El Santo de la Espada y en Güemes (la tierra en armas), donde le puso la piel al personaje de Juana Azurduy y se filmó un documental titulado Como un pájaro libre con imágenes de su conciertos en el estadio de Ferro Carril Oeste y el teatro Opera.
Protagonista de todos los escenarios nacionales, también tuvo su lugar en el mundo donde salas emblemas del espectáculo como el Lincoln Center y el Carnegie Hall estadounidenses o el Mogador francés por citar sólo algunos, recibieron su arte.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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