Ahora que el fin de año se avecina, recapitulemos y homenajeemos a nuestros amigos los músicos. He aquí un Top 10 de sus razonamientos más recurrentes. Declaraciones imaginarias sin coincidencia (literal) con la realidad:
Puesto 10°. “No pienso en los críticos cuando compongo. Los críticos no compran discos; se los mandan las compañías. ¿Que cómo lo sé? Pues porque lo sé”.
Puesto 9°. “La palabra mercado no me gusta. Para mí, Estados Unidos o Japón no son mercados; son países”.
Puesto 8°. “Nunca escucho mis discos. No miro hacia atrás”.
Puesto 7°. “Nunca escucho discos de nadie. No permito que nadie enturbie mi atmósfera de creación y me influya”.
Puesto 6°. “Mi música no admite etiquetas, que son malas y limitan la creatividad. Tampoco sigo ninguna tendencia: aborregan”.
Puesto 5°. “El giro etno-electrónico de mi nuevo disco, Last flight to Bombassa, no ha sido planificado; es producto de una evolución natural e inconsciente”.
Puesto 4°. “Antes de mi primer disco limpié baños públicos, tiré el tarot y me prostituí. Pasar penalidades es necesario para crear”.
Puesto 3°. “Cuando compongo no pienso en si la canción será comercial. Mi creación es libre”.
Puesto 2°. “Los medios han distorsionado mi imagen. En realidad, soy un gran tímido. Que trepe por la columna de altavoces en tanga no significa nada. Es mi forma de expresarme. Así exorcizo mi introversión”.
Puesto 1°. “Lo que usted está sugiriendo con esa pregunta es muy periodístico (con expresión de repugnancia)”.
Gracias a todos por estos momentos.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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