Igual pero distinto, Joan Manuel Serrat aprovechó la presentación de su segundo disco de tributo a Miguel Hernández Hijo de la luz y de la sombra para ofrecer el viernes ante un Gran Rex repleto un concierto de intenso disfrute de la canción.
Télam/Sergio Arboleya - Sobrio y austero, pero también intenso, el catalán acercó hasta el escenario su nuevo homenaje al poeta que murió a los 31 años en las cárceles franquistas y lo hizo a partir de unos textos que siguen sonando dolorosamente vigentes y a los que vistió con correctos ropajes que multiplicaron su impacto gracias al sexteto que lo secundó.
Con dos teclados (en manos del histórico Ricard Miralles y de Josep Mas "Kitflus"), los sólidos bajos de Víctor Merlo, la ajustada batería de Vicente Climent, las precisas guitarras de Israel Sandoval y el vibrante violín de Olvido Lanza, todos ellos munidos de auriculares, el cantautor pudo abismarse en el hondo universo poético del artista del que se celebra el centenario de su nacimiento.
Metido de lleno en esa atmósfera, Serrat esquivó los desbordes pasionales de una audiencia que lo adora y salvo al inicio de la velada, a eso de las 21.40, cuando comenzó cantando en bambalinas Llegó con tres heridas y una ovación acompañó su aparición en escena, fue riguroso para volver a evocar a uno de los letristas que lo han marcado.
La primera mitad del concierto —también ilustrado con pobres cortos de cineastas españoles que pasaron por una pantalla dividida en tres al fondo del tablado— estuvo íntegramente dedicada al natural de Orihuela y en ese recorrido destacaron Hijo de la luz y de la sombra, El hambre y Si me matan, bueno.
De su primer acercamiento del año 1972 también rescató Nanas de la cebolla, la conmovedora Elegía y Para la libertad, y hasta animó un conmovedor encuentro intimista entre Tristes guerras y Menos tu vientre que abordó a guitarra y voz.
El demorado cántico "olé, olé, olé, Nano, Nano, Nano" puso fin a ese recorrido y mientras los instrumentistas ejecutaban una versión jazzeada de Vagabundear y sus nombres e imágenes se reproducían en la pantalla, ahora de un solo paño, el artista no quiso aligerar la velada.
Aunque introdujo algunos comentarios entre pícaros y nostálgicos, a la hora de la música regaló contundentes versiones de algunas canciones no tan habituales en sus conciertos como, por caso, La bella y el metro y Los recuerdos.
Con vibrante y genial actualidad entonó Disculpe el señor (sobre ese criado que le informa al patrón que millones de pobres están allí exigiendo comida porque "no se han enterado que Carlos Marx está muerto y enterrado") y también Pueblo blanco.
Con casi dos horas de show encima, el ritual de los bises y las idas y vueltas entre el clamor, el coqueteo y los deseos de más, sorprendió con una recuperada versión de Señora sobre la que comentó "aquí usurpo una personalidad que caducó pero que es mía y hago con ella lo que quiero".
Ya en la medianoche, Serrat acercó una contenida mirada sobre Penélope y otra de igual signo para Es caprichoso el azar y se despidió, previsible pero gozosamente, con Fiesta para sumar otra gema de Antonio Machado a la celebración.
El segmento local del tour Hijo de la luz y de la sombra ya pasó por Comodoro Rivadavia, Trelew, Bahía Blanca y concretó dos noches porteñas a las que seguirán las de hoy y mañana.
El 30 de noviembre y el 1º de diciembre llegará al Metropolitano de Rosario, el 3 al Orfeo de Córdoba y el 6 al Auditorio Bustelo de Mendoza, para regresar al Gran Rex donde cerrará la gira argentina los días 9, 10, 12 y 13 de diciembre.
Tras la publicación del disco Tinc una casa al mar, Joan Isaac vuelve a editar un nuevo trabajo: Azimut, en el que se encuentra acompañado por el músico y compositor Eduard Iniesta. Durante 2023 fue publicada una recopilación antológica de la obra del artista, compuesta por veinticinco cedés, como parte de la conmemoración de sus cincuenta años de oficio y 70 de vida, que culminó con un gran concierto en El Palau de la Música catalana y la edición de Joan Isaac al Palau en 2024. Azimut es su más reciente creación, una obra protagonizada por unos textos profundamente poéticos, vestidos fundamentalmente por voz y cuerdas.
Hay discos que no necesitan levantar la voz. Azimut es uno de ellos. Joan Isaac presenta un trabajo hecho desde la contención, desde ese lugar donde la canción deja de ser ornamento para convertirse en algo casi necesario. Un disco minimalista, preciosista, trabajado con una delicadeza profundamente orgánica. Como todo en Isaac, un acto de fe.

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