La mítica formación chilena afincada en París sigue recorriendo el mundo esparciendo su habitual mensaje de compromiso y libertad.
La existencia del grupo Quilapayún se remonta ya a medio siglo atrás. Fundado en el año 1965 con la voluntad de recuperar y difundir la riqueza de la música folclórica chilena, se convirtió en todo un símbolo de reivindicación de identidad que hoy en día aún perdura con el complemento de nuevas composiciones.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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