El dúo boliviano Negro y Blanco actuó en BarnaSants por segundo año consecutivo.
La primera mala noticia —y afortunadamente última del concierto de anoche— fue la ausencia del trovador Luis Rico. Problemas de última hora lo retuvieron en La Paz privando al público —que abarrotó el auditorio de la Casa América de Catalunya— de un concierto único en el que se proponía un mano a mano entre dos generaciones de trovadores bolivianos.
Este año el BarnaSants estrenaba convenio de intercambio entre trovadores bolivianos y catalanes al igual que se hizo el año pasado con el Centro Pablo de la Torriente Brau de Cuba. Confiemos en que esta ausencia no tendrá repercusiones en la continuidad de tan excelente idea.
En este sentido Christian Benítez y Mario Ramírez insistieron ayer en la idea del mestizaje, del intercambio, de la integración. Del respeto por la cultura del que viene y del respeto por la cultura del que está. Y de la suma de ambas que al fin y al cabo es lo que nos hace avanzar como pueblos.
Los Negro y Blanco reivindican ante la canción-protesta —a la que no renuncian y de la que no se sienten ajenos— la canción-propuesta. Interesante idea puesto que la protesta sin propuesta es, de hecho, una queja.
Empezaron, como no podía ser de otra manera, con "Píntame Bolivia" y siguieron con varias composiciones en la más pura lírica de la trova como a "A quemaluz" y "Ellas". Hubo tiempo también para la recuperación de canciones antiguas como "Tesis" y al final para las canciones más inspiradas en los bailecitos, cuecas, caporales y chacareras.
Fue un concierto fresco, ameno, con tiempo para todo. Un concierto para escuchar, reflexionar, emocionarse y divertirse. Esperemos que esto, y el éxito de público, provoquen un nuevo regreso.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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