Mañana viernes arranca el XXV Tradicionàrius, Festival Folk Internacional, que se desarrollará hasta el próximo 30 de marzo.
Por regla general así como en la América Latina el folclore transita con cierta transversalidad entre todos los géneros, en Europa es un género en sí, con escasos o ningún contacto con los otros géneros.
No sólo eso, es además un género minoritario. Las causas seguramente son múltiples: el colonialismo cultural de la música anglosajona, las migraciones del campo a la ciudad, la modernidad mal entendida, la pérdida de referentes en una Europa vieja y caduca.
Y es importante decir eso para valorar en su justa medida el hecho de que el Tradicionàrius —uno de los festivales folk más importantes de Europa— haya alcanzado su vigésimo quinta edición.
Cuando el viernes 13 de enero a las 10 de la noche, los Ministrils de la Vilanova soplen la primera nota hará casi 24 años que lo hicieron por primera vez en 1988. El Tradicionàrius es una historia colectiva. Si aquella primera edición fue posible por el impulso de unas pocas decenas de personas, a lo largo de los años sólo la generosidad y altruismo de miles de personas han permitido su continuidad y su sostenibilidad.
Al inicio de los años ochenta del siglo pasado, la presencia de los pocos grupos que se dedicaban al folk en las programaciones, los medios de comunicación o las ediciones discográficas era muy reducida o directamente nula. En enero de 1988 nacía el Tradicionàrius y lo hizo de forma muy modesta, con pocos recursos e ignorando cuál sería la respuesta a lo que en aquel momento se llamó ciclo de música tradicional y más tarde, en 2003, se convertiría en festival.
El propósito era disponer de una plataforma que ayudara a obtener visibilidad a los artistas y grupos que trabajaban con los materiales de la tradición musical y disponer de un espacio estable de relación entre todos ellos. Pero también recuperar el sentido festivo y participativo de los festivales de música y organizar actividades paralelas: charlas, talleres, edición de materiales de difusión o investigación, etc. Alrededor de esta hoja de ruta se han ido desarrollando las programaciones de estas 25 ediciones con notable fidelidad a los principios fundacionales.
El Tradicionàrius ha mantenido siempre una perspectiva abierta y curiosa en relación con la creación, recreación e interpretación de la música tradicional, al margen de ninguna ortodoxia, y ha valorado especialmente la honestidad, la capacidad de innovación y de interacción con otros géneros musicales, otros formatos u otros instrumentos.
Después de muchas batallas, de suplir los recursos con imaginación y buena voluntad por parte de todos, las circunstancias de este 2012 —crisis incluida— vuelven a acercar esta edición a la primera: limitación de recursos y perspectivas inciertas.
Nos quedamos con las palabras de los organizadores: "Nosotros ya sabemos desde el principio que resistir es vencer. Lo haremos".
Así sea.
Ayer sábado, el Teatre Principal de Inca (Mallorca) se convirtió en el escenario de "60 anys de l’amor perdut", un emotivo concierto homenaje organizado por el festival BarnaSants para honrar la figura de Joan Ramon Bonet el undécimo integrante de Els Setze Jutges, coincidiendo con las seis décadas de su breve pero influyente trayectoria musical.
Una carta abierta impulsada desde el entorno del BarnaSants reclama la creación del Ateneu de la Cançó en Barcelona, un espacio dedicado a preservar y dinamizar la canción de autor. La iniciativa cuenta con el respaldo de seis de los ocho exresponsables de Cultura de la Generalitat en las últimas dos décadas, abriendo algunas preguntas que van más allá de la música.

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