El cordobés Jairo asumió el concierto central de la tercera noche del 52do. Festival de Folclore de Cosquín y -a diferencia de la explosión a la que apostaron Oscar Palavecino y Abel Pintos en las jornadas previas- ofreció una diversidad de climas que fue bien recibida por el público.
![]() Cacho Buenaventura invitó a Jairo para cantar juntos «Virgen india».
© Pedro Castillo/La Voz
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Télam - Jairo transitó un recorrido musical sólido pero sin sorpresas, apoyado en su buena condición vocal y un repertorio ecléctico del que a veces enfatiza el costado menos valioso.
En esta oportunidad, el trovador cordobés logró sacarle rédito a su cancionero de raíz folclórica y se lució con La olvidada (Agustín Carabajal) y la Oración del remanso (Jorge Fandermole).
El momento de mayor interacción con el público fue enhebrado a través del drama de El ferroviario y de la riqueza percusiva de Antiguos dueños de flechas.
"No sentí peso alguno por ocupar el espacio central. Me interesa el fenómeno artístico, no el estadístico. Mi trabajo es igual para una persona o para mil", expresó el cordobés a Télam.
La tercera luna de Cosquín ofreció una programación con muchos momentos opacos del que fueron una excepción —notable pero fugaz— el dúo entre el mendocino Jorge Marziali y la entrerriana Marita Londra y el santiagueño Motta Luna.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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