
Pocas personas han influido tanto, para bien o para mal, en la carrera de Serrat como José María Lasso de la Vega. Este personaje—para no entrar en responsabilidades judiciales digamos que si coincidiera con él en un naufragio estaría más pendiente de él que del barco—, este personaje decía, fue el responsable de algunos de los más sonados éxitos y también de los mayores errores del trovador catalán.
Lasso de la Vega fue, por ejemplo, quien propició esta unión contra natura entre Serrat y Augusto Algueró que dio como resultado la canción Penélope. Y digo que esta unión fue inusual porqué Serrat venía del mundo de la trova y Algueró de aquello que se dio en llamar canción ligera o comercial. Los grandes éxitos de Augusto Algueró ("La vida es una tómbola de luz y de color", "La chica ye-yé", "ola, ola ,ola, ola, no vengas sola") no ligaban a priori ni estilística ni formalmente con la canción de Serrat.
Aún así, decidieron presentarse juntos al IV Festival Internacional da Canção Popular de Rio de Janeiro, y ganaron los tres premios posibles: a la mejor letra, la mejor música y la mejor interpretación.
Las relaciones personales entre Serrat y Algueró nunca fueron, por decirlo de alguna manera, demasiado cercanas. Quizás esto, o cualquier otra cosa, propiciaron que —como quien dice subiendo al avión hacia Rio— Serrat propusiera cantar Penélope con una música que él mismo había compuesto. Los hechos han dado la razón a Lasso de la Vega y a Augusto Algueró y esa Penélope ha pasado a ser una de las canciones imprescindibles en cualquier antología de Serrat. La otra Penélope, la de letra y música de Serrat quedará —tan celoso como es Serrat con sus inéditas— esperando en el andén un tren que no llegará jamás.
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En este mundo actual dominado por una élite de tiburones ávidos de sangre y dinero, forjadores de un mundo autoritario, genocida, explotador y censor, Silvio nos trae desde su bloqueada isla, nuevas y viejas canciones como si hubieran sido escritas anteayer para darnos un abrazo de esperanza, esperanza, esperanza blanca, roja o negra pero con amor.
Durante el periodo de la Unidad Popular en Chile, la efervescencia creativa dio lugar a proyectos artísticos ambiciosos. Entre ellos destaca Los Siete Estados, un ballet concebido por el coreógrafo y director del Ballet Nacional Chileno, Patricio Bunster, que reunió en un mismo espacio de experimentación al cantautor Víctor Jara, al compositor peruano Celso Garrido-Lecca, al Ballet Nacional, a la Orquesta Sinfónica de Chile y a una nómina imprescindible de la Nueva Canción Chilena y movimientos afines: Inti-Illimani, Isabel Parra, Los Blops, Patricio Castillo y el grupo cubano Manguaré.

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