Alfredo Zitarrosa fue El Cantor, por el mandato de su voz, extraordinaria, conmovedora e irrepetible; pero también fue un ser excepcional, profundamente humano –y humanista-, un hombre bueno y tierno, ingenuo y solidario, generoso y sensible, contradictorio en sus facetas oscuras, que -tras una apariencia circunspecta y severa- era un tozudo optimista que le cantó al amor bajo todas sus formas: El amor de pareja, el amor a los desposeídos, a sus semejantes; el amor a la vida, en suma, a la que celebró y en la que siempre tuvo la certeza de que hacía falta, como persona que era. Fue capaz de cantar su amor por un pájaro o por una mariposa, y hasta por una planta, y supo, como expresara Juan Carlos Onetti, llegar al público y hacerlo sentir.
Fue un defensor acérrimo de sus convicciones, que partían de la base de que toda persona, por el sólo hecho de nacer, tiene derecho a una existencia digna. Asumió un compromiso ineludible con su tiempo, su clase y su pertenencia social, a través de sus ideas, llevadas a la acción política como militante activo y sostenido en el tiempo, con una congruencia entre la proclama y los hechos, que es muy difícil de encontrar en figuras de raigambre popular.
Su talento como creador le permitió llegar instancias de inspiración tales que dieron como resultado canciones plenas de valores poéticos y musicales, con una rara correspondencia entre texto y melodía, cargadas de belleza, que reconfortan y agradan al espíritu de quien las escucha, sirviéndole de consolación.
Cantó como todos quisiéramos cantar. Y lo hizo de una manera definida e inconfundible, creando un estilo, lo que lo transformó en el símbolo, no sólo de su país sino de toda una región, la América Morena como solía llamarla, y, como consecuencia de ello, se constituyó en una figura de trascendencia universal.
Recibido con una imponente manifestación popular al regreso de su forzado exilio; desaparecido prematuramente a la edad de 52 años; transformado en referente insustituible para sus contemporáneos y las generaciones venideras de músicos y otros artistas populares; respetado por todas las corrientes de opinión; venerado por quienes lo acompañaron en su labor artística y por los que siguen su legado; constituido en uno de los más altos exponentes del patrimonio musical y cultural de su tierra; su canto, su ejemplo de vida, su actitud militante irrenunciable, perduran en el tiempo y proyectan una luz cada vez más intensa y abarcadora.
El Festival BarnaSants 2026 iniciará el 27 de enero, en el Palau de la Música Catalana de Barcelona, su 31.ª edición con un concierto de homenaje al cantautor Lluís Llach, que conmemorará el 50.º aniversario de los míticos conciertos de enero de 1976. El espectáculo reproducirá, medio siglo después el repertorio original íntegro de aquellos conciertos con la participación de artistas como Manel Camp, Santi Arisa, Borja Penalba, Gemma Humet o Joan Reig, entre otros.
Una grabación inédita de Mercedes Sosa, registrada en la televisión suiza en 1980 y restaurada 45 años después, permite redescubrir la voz de la cantante tucumana en pleno exilio, en un momento de plenitud artística atravesado por la tristeza del desarraigo y la imposibilidad del regreso.

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