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Javier Ruibal

por Nacho Artacho el 01/03/2008 

Algo debió de resultarle extraño aquella tarde. Una sombra en la tierra, un poniente que no se esperaba hasta bien entrada la semana y que terminó imponiéndose de mala manera, el pájaro que vino de cruzado, un silencio de ruina que se instaló de pronto en medio de la plaza y su verbena diaria de coliflores frescas y vecinas con niño. Hubo de haber un signo, un arrebato que entre todos los hombros viniera a tocar el suyo en el paseo. Supo entonces que todo lo que alguna vez escribió el ser humano, e incluso lo que estaba aún por escribirse, ya se había cantado en las tabernas del muelle antes de todo espacio y todo tiempo.

Fue este conocimiento el que lo llevó a dejarse las noches y los días en los mentideros de comadres deslenguadas y en las interminables partidas de dominó frente al puerto. Los que frecuentábamos la casa nos fuimos poco a poco dando cuenta de cómo se iba entrando en sus canciones todo aquel viejo mundo de corrillos en la puerta y piratas a la espera de infelices.

Le dio por hacer fiesta cada tarde. Nos reunía con la excusa del vino de las ocho y el cigarro, y poco le hacía falta para dejar la mesa y agarrar la guitarra y pararnos la charla y escucha ésta, Curro, ésta te va a gustar. Hablaba de las putitas lindas de la base americana, de pensiones a medio derrumbarse que sólo aguantaban en pie para seguir oyendo el ruido del amor en los somieres, de la furia y la huelga cuando los astilleros, de la africana definitiva que detuvo a su paso el trabajo en los muelles, de los contrabandistas que se agolpaban en la oscuridad y de las pasiones desquiciadas que se agolpaban en los corazones de los contrabandistas.

El caso es que, de tanto darse a aquello de escribir, acabó por olvidar que hubo una vez un tiempo en el que no lo hizo. Los últimos vinos de la tarde se fueron convirtiendo en los primeros de la madrugada, y los cuatro amigos que le escuchábamos las historias dimos pronto en veinte, y los veinte no tardaron en ser el barrio puesto bajo el balcón.

Una noche no estuvo ya. Habían adelantado sus faenas para nada los tenderos, no se le abrió la puerta al jaleo de chiquillos que metían la cara entre las rejas. Tuvieron que dormir como Dios manda las abuelas, que precisamente hoy iban a pedirle la de aquellas muchachas de costumbres ligeras que buscaban un guapo con el que engañarse las fatiguitas. Alguien dijo algo de era él, estoy seguro, de un sombrero de fieltro blanco y una barcaza blanca como el sombrero, de se fue tan quietecito que casi no se iba, de qué le vamos a hacer, señores, cada uno a su cama, que no ven que no se pinta nada aquí.

En los años siguientes, nadie tocó la casa. Con la sal y los días, le había ido creciendo una cáscara espesa donde fueron a instalarse las algas esperadas y una inexplicable constelación de erizos que acabó por movilizar a los departamentos sanitarios de cinco provincias. De modo que, la mañana en que tuvo a bien volver, debió saltar por sobre los precintos que alertaban de posibles contagios y consecuencias irreparables. Abrió el balcón lo justo para que fuese saliendo el aire enrarecido de marisma que se había pegado a las paredes y a las baldosas, y se dejó caer en el camastro con tanta pesadez que se diría llevase el mundo entero jorobándole la espalda.

Como si nunca hubiera tomado el sombrero de fieltro y la barcaza, nos reunió a la tarde sin una mala excusa ni una mala botella que aligerase los muchos años y la mucha congoja, que dónde te has metido, carajote. Torció el gesto en aquella sonrisita canalla que habría de ganarle tanto amor de mujer embravecida y agarró la guitarra y se templó. Habló entonces de los tranvías tristísimos que arrastran a las bellas y a Lisboa lejos de la ciudad y el estuario; de calesas paradas a la puerta de aquellos caserones antillanos que vieron coronarse a los virreyes; de bailarinas traídas del Oriente para dar lustre a un París al que se le moría el cabaré; del desierto y los hombres azules que lo habitan. Definitivamente, se había traído el mundo en la garganta.







 
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