Conocí al cantante Albert Fibla a través de un amigo común, el escritor, periodista y polemista Salvador Sostres. Salíamos de una cena y me comento que en la sala Mediterráneo actuaba un “fuera de serie” y allí fuimos y pudimos escuchar a un Albert Fibla que en aquellos momentos cantaba indistintamente en catalán y en castellano y con claras influencias de Serrat y de Sabina. Ya me había hablado de él Salvador Escamilla cuando ganó el concurso Èxit, pero no lo había escuchado hasta la noche del Mediterráneo, donde sigue siendo un asiduo.
Albert Fibla ha publicado tres discos en Picap y es muy notable su continuada evolución artística. “Senzill” (2004), “El vals de la ingenuïtat” (2006), “El món es mou” (2008), este último el más personal de los tres, con arreglos y producción de Valentí Adell, creo que es uno de los mejores discos de este año.
También hay que destacar la brillante aportación en el disco homenaje a Lluís Llach “Si véns amb mi” con la versión de “La madame”
Albert Fibla, al margen de grabar buenos discos tiene otras virtudes, como son sus colaboraciones radiofónicas versionando canciones conocidas con textos relacionados a la noticia del día (normalmente deportiva) y también su sobresaliente directo. Es muy recomendable seguir a través de su web las actuaciones y disfrutar de ellas.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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