El festival BarnaSants presentó este miércoles otra arriesgada pero interesante apuesta.
Rimbaud suena a priori como un pretencioso pseudónimo. Pero en realidad Jean-Philippe Rimbaud es el nombre real de este representante de las nuevas generaciones de chansonniers, nacido en la localidad francesa de Montpellier.
Presentó su nuevo CD Ni même en Sibérie (Ni siquiera en Siberia. Warm up, 2008), planteado como una suerte de road movie, donde la atracción de los viajes se ve obstaculizada por la necesidad de echar raíces. Musicalmente, se aparta del tono sombrío y grave de su anterior CD Le jour de l'explosion (El día de la explosión. Warm up, 2006) para volver a una canción más inventiva e imaginativa, donde guitarras acústicas y eléctricas se superponen y complementan.
La música de Rimbaud está a mitad de camino entre la Chanson y el rock anglosajón elegante. Usa y a veces abusa de las secuencias pregrabadas y loops, lo que le da un cierto tono previsible. Pero esta ausencia de sorpresas se ve compensada por la cuidada puesta en escena en donde las canciones se mezclan con proyecciones basadas en su propia experiencia como director de cortometrajes y video.
Hay que seguir de cerca la propuesta de Rimbaud que puede o no puede gustar, pero que no deja en ningún caso indiferente.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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