Algo tendrá Albert Pla que llena teatros programe los días que programe. Seguramente será porqué gusta o no gusta, pero jamás deja indiferente.
La regla para medir a Albert Pla, si existiera —y de antemano les digo que no existe ni puede existir—, tendría unas unidades de medida desconocidos incluso para los más sabios. Pla jamás ha sido un tipo militante en nada. Jamás ha buscado remover conciencias. Jamás ha sido ni ha hecho bandera de nada. Jamás se le ha visto en ningún evento solidario, político, social o deportivo.
Sin embargo ni los más comprometidos trovadores catalanes han hecho un retrato tan demoledor de la burguesía catalana como el “Papa, jo vull ser torero”; ni los más militantes trovadores chilenos o cubanos un ataque tan corrosivo al imperialismo yanqui como “La colilla”; ni alegato más claro y preciso contra los prejuicios raciales como “Joaquín el Necio”, ni nadie ha tenido lo que se ha de tener para dedicarle al Borbón —perdón, Su Majestad Juan Carlos I— una canción como “Carta al rey Melchor”.
Albert Pla es transgresor y —lo he dicho en más de una ocasión— convierte la canción-protesta en canción-a-tomar-polculo. Pero que nadie se engañe, bajo esta capa de feísmo y de aparente transgredir por transgredir se esconde un artista meticuloso, preciso, que concibe el espectáculo como un todo, con su escenografía, sus luces, sus entradas perfectamente guionadas, sus ensayos y una organización que a veces me gustaría encontrar en más de un trovador al uso.
Y este es el espectáculo que nos ofreció el viernes en el Teatre Joventut de L’Hospitalet. En un teatro con todo el papel vendido y una hora y media por delante que supo a poco, Albert Pla presentó su espectáculo totalmente en solitario basado en su último disco La diferencia. Mientras canta, toca la guitarra, controla el sonido y enciende y apaga los focos de un espacio hecho de luz, desde el que mira la delgada línea que marca la diferencia entre el bien y el mal.

Albert Pla —como todo buen transgresor— tiene grandes defensores y grandes detractores, pero nunca deja a nadie indiferente.
Y para mí, que quieren que les diga, es un genio. Un gran genio.
En este mundo actual dominado por una élite de tiburones ávidos de sangre y dinero, forjadores de un mundo autoritario, genocida, explotador y censor, Silvio nos trae desde su bloqueada isla, nuevas y viejas canciones como si hubieran sido escritas anteayer para darnos un abrazo de esperanza, esperanza, esperanza blanca, roja o negra pero con amor.
Durante el periodo de la Unidad Popular en Chile, la efervescencia creativa dio lugar a proyectos artísticos ambiciosos. Entre ellos destaca Los Siete Estados, un ballet concebido por el coreógrafo y director del Ballet Nacional Chileno, Patricio Bunster, que reunió en un mismo espacio de experimentación al cantautor Víctor Jara, al compositor peruano Celso Garrido-Lecca, al Ballet Nacional, a la Orquesta Sinfónica de Chile y a una nómina imprescindible de la Nueva Canción Chilena y movimientos afines: Inti-Illimani, Isabel Parra, Los Blops, Patricio Castillo y el grupo cubano Manguaré.

Notas legales
Servicios
• Contacto
• Cómo colaborar
• Criterios
• Estadísticas
• Publicidad
Síguenos