Javier Krahe ha sido juzgado por algo parecido a una blasfemia. No, no estamos hablando de Teherán ni de la Europa Medieval. Esto es una noticia de hoy en España. La España de hoy que se parece peligrosamente a la de siempre. El "intratable pueblo de cabreros" al que se refiere Gil de Biedma.
Si este juicio se celebrara en algún país del oriente medio, los periódicos "primermundistas" estarían hablando de talibanismo y retraso cultural y las grandes potencias militares estarían afilando sus misiles para defender a Occidente del fundamentalismo y los extremistas.
Pero no. Esto está pasando en la democrática España de hoy. La que vota al PP y lo aúpa a la mayoría absoluta. La de los Reyes Católicos, la de Torquemada, la de Vicente de Valverde, la de Franco, que dormía con el brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús.
La de quita lo tuyo que pondré lo mío.
La que no entiende que el hijo del cazador de elefantes reciba una monumental pitada.
La que tan bien definió Jaime Gil de Biedma:
Media España ocupaba España entera
con la vulgaridad, con el desprecio
total de que es capaz, frente al vencido,
un intratable pueblo de cabreros.
No es que la historia se repita, es la historia de siempre.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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