La cantautora mexicana Lila Downs estremeció anoche al público argentino con un recital intenso, signado por el baile y momentos de honda emoción, que resultó memorable y hoy se repite en el teatro Gran Rex a las 21.
Télam/Laura Ferré - La fuerza del canto ancestral fusionada con los acordes más urbanos de la modernidad conformaron una seductora mixtura que marcó el espíritu del concierto, en el que la Lila Downs hechizó a la audiencia con los matices de su voz y de su cuerpo.
"¡Vamos a celebrar la vida!" gritó para inaugurar el show y refrendar su entrega, capaz de trazar un itinerario musical sin concesiones que lejos de instalarse en la previsible euforia de los ritmos pegadizos, se permitió adentrarse en la oscuridad de los boleros y las coplas.
Al margen de estos apuntes, la propuesta artística quedó clara desde el principio de la velada: compromiso emocional y festivo para narrar las historias de los que menos tienen, de los enamorados y de las exuberancias de la naturaleza.
La colorida puesta en escena enfatizó el valor de lo artesanal, con una simple pantalla de video como telón de fondo para proyectar imágenes de mujeres aborígenes y grabados sobre la religiosidad popular, inspiradora de su último trabajo discográfico, Pecados y Milagros.
Lila estuvo en Argentina dos años atrás con su tour Mujer de magia negra y en esta ocasión eligió subir al escenario enfundada en una suerte de vestido de novia inmaculado y sugerente, con una botella de mezcal en mano.
Así abrió el fuego musical con su potente Mezcalito, para seguir orgullosa apostando a los agudos en Tu cárcel y Dignificada, cuyo título se encarna en la sensualidad definitiva de la artista.
Los gorjeos desgarradores de una suerte de pájaro tomaron su voz y definieron la ovación con que fue saludada Palomo, mientras que su versatilidad la llevó luego a transformarse en una iguana y terminó arrastrándose por el escenario para acompañar el tema del mismo nombre.
Las inflexiones de la voz devinieron gestos teatrales que subrayaron la insolencia de Zapata se queda, cuyos acordes fueron acompañados por el zapateo de Lila, mientras las imágenes de pies descalzos en movimiento profundizaban la intensidad del cuadro y convocaban al baile.
Su voz siempre sonó impecable y transformó las luchas sociales por conservar la identidad en una bandera cantada como sucedió en Justicia, entonada paseándose y con el puño cerrado en alto, pero desde un lugar de honda femineidad, como sucedió durante todo el concierto.
La cantante local Soledad Pastorutti fue la invitada para compartir escenario y conformar una versión de Los hermanos, de Atahualpa Yupanqui, en la cual Lila agregó dramatismo e intensidad al dúo ocasional.
Esta mujer, defensora de los derechos de otras mujeres y cultora de una mezcla de ritmos —música tradicional mexicana, coplas, bachata, hip-hop— que representa y reivindica, mantuvo a la platea en movimiento con la caliente Pecadora y para el cierre ofreció la sabrosa Cumbia del mole.
Durante más de una hora y media, la comunión entre público y artista mantuvo intacta para culminar en cuatro bises que incluyeron La cucaracha, un clásico de la Revolución Mexicana y una versión de La llorona en la cual Lila terminó arrodillada en el piso cubierta por un pañuelo, casi como una suerte de símbolo de las luchas que no cesan.
Su banda de músicos tiene pasión y excelencia y el arpa de Celso Duarte dialogó toda la noche no sólo con la voz de la cantante, sino también con sus chales, sus sombreros, sus flores y cada detalle que recordó al público que estuvo frente a una mujer desbordante.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.

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