El día en que me fue imposible no vivir, Dios Nuestro Señor —o aquel que estuviera de guardia— me privó del talento para cantar pero a cambio me dio la capacidad de poder ser consciente de mis limitaciones. El primer don me impidió ser trovador y el segundo caer en el ridículo intentando serlo.
Aun así, en mis primeros años, la inconsciencia y mi amor por la música me llevaron a aprender a tocar algún instrumento para acompañar mi tortuosa voz.
Enseguida descubrí que esto de la música abría puertas que en aquella época permanecían muy cerradas. Serrat ha dicho en múltiples ocasiones que él se metió en esto de la música “para poder tocar el culo a las niñas” —quizás por eso hay más trovadores que trovadoras— y yo, machito como todos, intenté sacar provecho de la situación y, créanme, funciona.
En el top one de las canciones más eficaces siempre se situó “Cuando voy al trabajo” de Víctor Jara. Cuando agarraba la guitarra y miraba a las niñas directamente a los ojos con cara de cordero degollado entonando aquello de “Pienso en tiiiii, mi vida, pienso en ti-i-iiiii” caían con más facilidad de lo que la férrea moral nacionalcatolicista del régimen de Franco permitía y toleraba.
Confieso que siempre tuve un cierto remordimiento de conciencia. En esos años de lucha, de fanatismo, de ortodoxia, de creer que un mundo mejor era posible, la idea de que Víctor Jara había dado su vida para solucionar mi vida sexual me parecía cuanto menos inmoral. De mayor y ya con los ánimos calmos comprendí que, a esa edad, la entrepierna tiene razones que la razón ignora.
Y comprendí también que si Víctor lo supiera estaría orgulloso al ver que sus canciones le sirven al amor más allá de la muerte.
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En este mundo actual dominado por una élite de tiburones ávidos de sangre y dinero, forjadores de un mundo autoritario, genocida, explotador y censor, Silvio nos trae desde su bloqueada isla, nuevas y viejas canciones como si hubieran sido escritas anteayer para darnos un abrazo de esperanza, esperanza, esperanza blanca, roja o negra pero con amor.
Durante el periodo de la Unidad Popular en Chile, la efervescencia creativa dio lugar a proyectos artísticos ambiciosos. Entre ellos destaca Los Siete Estados, un ballet concebido por el coreógrafo y director del Ballet Nacional Chileno, Patricio Bunster, que reunió en un mismo espacio de experimentación al cantautor Víctor Jara, al compositor peruano Celso Garrido-Lecca, al Ballet Nacional, a la Orquesta Sinfónica de Chile y a una nómina imprescindible de la Nueva Canción Chilena y movimientos afines: Inti-Illimani, Isabel Parra, Los Blops, Patricio Castillo y el grupo cubano Manguaré.

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