El cantante y guitarrista argentino Ramiro González editó su segundo álbum, El ojo de la tormenta (déle retumbar) que, consideró, se inscribe dentro de una renovación generacional que enfatiza el desarrollo de la composición.
Télam - El ojo de la tormenta es la primera parte de un material conceptual doble y que el propio músico califica de "osado" por su compleja relación entre la tradición sonora del noroeste con las influencias de otras regiones.
"Fue una búsqueda osada porque, por un lado, hay una parte tradicional que sugiere de donde vengo y señala una herencia regional innegable; y, a la vez, en otros momentos se juega con ritmos de otros lados y colores latinoamericanos", dijo Ramiro González en diálogo con Télam.
El músico, de 36 años, hijo del cantautor Pympe González, incluyó en su nuevo disco, además de chayas, tonadas y zambas, dos citas a ritmos peruanos como Candelera y Para lavar la sed.
Tras su debut en las bateas con Mojando la vida (grabado en 2002 y publicado siete años después), donde grabó junto a Ramón Navarro, Raly Barrionuevo y Pancho Cabral, González editó ahora su segundo trabajo formado con composiciones propias que pueden leerse como parte de un proceso colectivo más amplio.
"En los 60 hubo una generación muy fuerte y parecía que ya nada así volvería a pasar hasta que en los 80 irrumpieron músicos como Peteco Carabajal o Teresa Parodi. Y después hubo otro vacío", repasó.
"Ahora —continuó— hay una generación nueva en la que se puede mencionar a José Luis Aguirre, Bruno Arias, Juan Quintero, Topo Encinar, o incluso Raly Barrionuevo que es un poco más grande. Y lo más valioso es la búsqueda que se está haciendo en materia de composición".
Esos mismos autores hicieron su aporte a El ojo de la tormenta: Juan Quintero y Luna Monti pusieron guitarra y voz en Poquito, una chaya de formas extrañas; José Luis Aguirre sumó su voz a la tonada Las cuestiones bien cuyanas, mientras que Topo Encinar le dio forma a la música de La copla triste, en clave de chacarera doble.
Y en Padre del canto, con la guitarra de Luis Chazarreta —que se luce en todo el disco— le rindió homenaje a Ramón Navarro, referencia ineludible para todo cantautor riojano.
"El disco genera una situación similar a la de la fotografía. Se trata de reflejar una situación, el estado de un momento determinado y congelarlo en un lugar", reveló González.
"Es un recorte, una abstracción, pero a la vez el intento de capturar el instante de tensión en medio de la vorágine de una tormenta", graficó.
En relación con el antecedente de Mojando la vida, el riojano precisó que "aparecen melodías más sensibles", acaso como un modo de compensar el vigor de "letras más pesadas".
"Hay un trabajo de poesía y de composición de mucho desarrollo. Esa es una búsqueda personal pero también un rasgo generacional que señala una renovación", concluyó González.
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