Despido intenso, emotivo, de Tel Aviv. En la vieja casa de David Broza, cantando canciones sobrecargadas de sentimientos, recordando los tiempos de la esperanza, cuando un joven David de 20 años escribió su primera canción, dedicada al líder egipcio Sadat, que firmó la paz con Israel. "Todo estará bien", decía la vieja canción, antes de que el asesinato de Sadat a manos de los fundamentalistas islámicos, y la violencia posterior, arrasara los sueños de millones de personas. Me habla del poder de la música, de sus colaboradores palestinos, de sus conciertos por la paz, de la lucha de la música por un mundo mejor, del cansancio… Incluso me explica algo triste aunque no sorprendente, los intentos de hacer un macroconcierto en Barcelona para la paz, que se frustraron por intervención directa de Hamas. Aparece Serrat en la conversación, el primero que le llamó cuando tuvo un grave accidente de coche, y me habla de sus cuitas por la España del franquismo, cuando spray en mano, y con su pasaporte inglés, hizo sus pinitos en la lucha por la libertad.
Un hombre sensible, que se emociona recordando sus viajes a Brozas, el pueblo de Extremadura de donde, presumiblemente, huyó su familia judía en los tiempos de la expulsión. Como tantos otros, David es el canto de la vida, el sueño roto de la paz, la incansable capacidad de la música por intentar reescribir la realidad.
Si Broza es mi despido de lujo, mi regalo para el viaje, mi recuerdo emocionado, otro músico me da una simbólica bienvenida en Chile. Víctor Jara da nombre al espacio donde se anuncia un concierto, y de golpe, ese país tan largo, hoy preñado de tantas esperanzas, retorna en su memoria negra. Después, ante un grupo de diputados chilenos, que me hacen el honor de una charla en el Parlamento, las iniciativas parlamentarias surgen con su dinámica fuerza; ahora están discutiendo si la sanidad pública financia la píldora del día después, encarnizado debate: es abortiva, no lo es, qué pasa en España… Contemplo este Chile vibrante, plenamente instalado en la bella complejidad de la democracia, alejado del dolor de otros tiempos. Y pienso en Víctor Jara. Su cuerpo quebrado, sus sueños, sus Amandas, todo convertido en nada, arrasado del presente por el odio. Pura, trágica memoria.
Pero las canciones de Víctor Jara se mantienen más allá del cuerpo destruido, como se mantiene la canción de David Broza, Todo estará bien, y la realidad, por unos instantes, deja de ser una ingrata amante, para convertirse en una apacible amiga. Puede que no todo esté bien, pero la música lo intenta, traspasa los límites del miedo, cabalga por los sueños de la gente, construye puentes donde hubo violencia, y al final, si no consigue cantar a una realidad nueva, canta a la esperanza, se agarra al futuro, donde todo estará bien, porque todo es posible.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.

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