El músico Rafael Santa Cruz, reconocido como uno de los mayores investigadores y promotores del cajón peruano, el instrumento de percusión que también se usa en la música flamenca, falleció en la madrugada del lunes por un paro cardíaco, a los 53 años.

En las primeras horas del lunes, el actor y músico Rafael Santa Cruz falleció a consecuencia de un paro cardíaco, cuando se encontraba descansando en su vivienda.
Owal Lay, director de Políticas Públicas para la Población Afroperuana del Ministerio de Cultura, fue quien lo confirmó, a través de los micrófonos de RPP Noticias.
"Es una lamentable noticia para la cultura afroperuana. Hemos perdido a uno de los promotores de la internacionalización del cajón afroperuano en el mundo. Para mí, es una pérdida significativa porque Rafael era un gran amigo durante los últimos años", afirmó. Añadió además que no se conocía algún padecimiento físico por parte del músico. "Lo vi hace un mes y lo vi sin ningún signo de enfermedad visible. Estoy en shock".
Rafael provino de de la tradición de los Santa Cruz, una importante familia afroperuana dedicada a cultivar diversas manifestaciones artísticas. Fue sobrino del célebre Nicomedes Santa Cruz. Era encargado de organizar el Festival Internacional del Cajón Peruano, evento que el 2013 logró batir el Récord Guinness tras reunir más de 1.500 cajoneadores.
Santa Cruz, de 53 años, también destacó en el mundo de la actuación, participando en importantes producciones del director Michel Gómez.
El mismo lunes, el desaparecido artista estuvo ofreciendo todo su arte en las instalaciones de la Feria del Hogar en Chorrillos.
El Cancionero y Discografía de Violeta Parra, impulsado por cancioneros.com, continúa siendo una de las investigaciones documentales más importantes dedicadas a la universal artista chilena. Cuatro años de investigación permitieron recuperar 520 canciones, reconstruir su discografía, corregir numerosos errores históricos y fijar datos fundamentales sobre una de las figuras esenciales de la música latinoamericana.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.

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