El músico nacido en Cochabamba (Bolivia) pero establecido en Ginebra (Suiza) Willy Claure acaba de lanzar Cuecas para no bailar, un disco "minimalista" en el que han colaborado, entre otros, Javier Ruibal, Joe Vasconcellos y Pavel Urquiza.

El músico boliviano Willy Claure define su nuevo disco Cuecas para no bailar como "un trabajo musical minimalista a guitarra acústica y voz".
El trabajo está compuesto por diez temas propios —algunos con textos de Ana María Ramos— y cinco cuecas compuestas por autores bolivianos como Matilde Casazola, Alberto Ruiz, Nilo Soruco y Yayo Jofré.
El disco contiene la colaboración en nueve temas de Joe Vasconcellos de Chile, José Luis Madueño de Perú, Carlos Aguirre de Argentina, Javier Ruibal de España, los cubanos Elsten Torres y Pavel Urquiza y los bolivianos Marcelo Arias, Ronaldo Vaca Pereyra y Milton Cortez.
"La idea es reafirmar los lazos de unidad entre nuestros pueblos utilizando para ello un género musical que compartimos, con sus diferencias. Ellos cantan los temas con arreglos míos", explicó el músico cochabambino.
"La cueca no solamente es boliviana, no solamente es chilena, no solamente peruana. Es un bien común en Latinoamérica".
Willy Claure pretende convertir en Cuecas para no bailar la música tradicional boliviana en música contemporánea y de vanguardia.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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