Jaume Sisa, Quimi Portet y Joan Miquel Oliver representan tres ejemplos evidentes del individuo que ha sabido hacerse entender.

Entre los tres suman cerca de 400 canciones, todo un universo que, en realidad, son tres universos con órbitas propias unidos por un hilo invisible que los más osados denominan tradición. Los tres en el escenario ofrecen un concierto sin precedentes: amenazaban molestarse entre ellos, pero han acabado como chiquillos en una pastelería inventando la música de los astros.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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