El cantautor barcelonés Jordi Montañez lanzó Anòxia, su tercer trabajo en solitario, un disco reivindicativo de canción de autor en estado puro, con unos arreglos cuidadosos que beben del folk y de la música norteamericana más independiente.
Según el diccionario, en medicina la palabra "anoxia" es la "disminución o falta de oxígeno respirable en las células o en los tejidos de un organismo". Anòxia es también —como una metáfora de los tiempos que nos ha tocado vivir— el título del tercer disco solista del cantautor barcelonés Jordi Montañez.
Tras Dolça victòria (Dulce victoria, Temps Record, 2011) y Cançons d'ara (Canciones de ahora, Mésdemil, 2013), el músico publica un nuevo álbum en el que expresa las opresiones invisibles que asfixian ante la más cruda resignación o la más feroz resistencia.
Anòxia ha sido producido por Pau Romero —con quien ya trabajó en su segundo disco—, que también es el responsable de unos arreglos que acercan el álbum a una canción de autor en estado puro y que beben del folk y de la música norteamericana más independiente.
La portada de Anòxia es un poema visual de Maria Albero, que se encarga también del diseño del disco.
Jordi Montañez (Barcelona, 1985), después de pasar por diferentes proyectos musicales, realizó su primer concierto en solitario en 2009 presentando una maqueta autoeditada. En 2011 presenta su primer disco, Dolça victoria, una colección de canciones de corte principalmente acústico, donde la voz y la guitarra son los elementos que más destacan.
En 2013 presenta el segundo disco, Cançons d'ara, que supone un punto de inflexión estético: más ecléctico y eléctrico, dando un peso importante en los arreglos pensados para un formato de banda. Las letras siguen atribuyendo mucho peso en la lírica y en cómo el contexto socioeconómico afecta a nuestras relaciones cotidianas.
Montañez quiere reivindicar así la vigencia de la palabra y adaptarla a una estética musical actual.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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