Mayte Martín, cantaora. Y mucho más que eso. Alguien que, como dice Alessio Arena, propone el reto de enfrentarse a un canto que lo ponga a uno ante sus miedos y esperanzas. Le debíamos su cancionero y discografía.
![]() Mayte Martín.
© Isabel Camps
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Mayte Martín pertenece a esa estirpe de artistas atemporales, unidos por la hondura y la asombrosa sinceridad del canto.
Ahijada y discípula de la Niña de los Peines, arraigada en el paisaje melódico de Juanito Valderrama, es también heredera de la emoción mesurada de los crooners y del magnetismo del tango.
Esto no es porque su música se dirija hacia el apego fácil del mestizaje, sino porque su cautivadora voz abarca todos estos géneros, dándoles nueva envergadura, reinterpretando la pureza de cada uno de ellos y salvándolos cada vez del riesgo que, las músicas que no se mezclan, tienen de aterrizar en lo estéril.
Por otra parte, por la parte emotiva y sensitiva que desprende de la obra de esta Gloria Fuertes de la canción, podríamos decir que la voz de Mayte Martín es una especie de sentido en sí misma, un sexto, refinado y milagroso sentido, que toca, bebe, olfatea, percibe y vislumbra todo lo que está cantando.
Sirenas, como ella, debieron de plantear a su público, desde el principio de la historia de la música, es decir de la humanidad, el reto de enfrentarse a un canto que lo ponga a uno ante sus miedos y esperanzas.
Un canto que nos hace, en fin, sentirnos vivos.
En este mundo actual dominado por una élite de tiburones ávidos de sangre y dinero, forjadores de un mundo autoritario, genocida, explotador y censor, Silvio nos trae desde su bloqueada isla, nuevas y viejas canciones como si hubieran sido escritas anteayer para darnos un abrazo de esperanza, esperanza, esperanza blanca, roja o negra pero con amor.
Durante el periodo de la Unidad Popular en Chile, la efervescencia creativa dio lugar a proyectos artísticos ambiciosos. Entre ellos destaca Los Siete Estados, un ballet concebido por el coreógrafo y director del Ballet Nacional Chileno, Patricio Bunster, que reunió en un mismo espacio de experimentación al cantautor Víctor Jara, al compositor peruano Celso Garrido-Lecca, al Ballet Nacional, a la Orquesta Sinfónica de Chile y a una nómina imprescindible de la Nueva Canción Chilena y movimientos afines: Inti-Illimani, Isabel Parra, Los Blops, Patricio Castillo y el grupo cubano Manguaré.

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