Graciela Massuh, amiga de María Elena Walsh, acaba de publicar Nací para ser breve, un libro fruto de seis meses de grabaciones con la trovadora argentina, que surge a la luz después de 30 años.
En la intimidad, aquellos encuentros en los que repasaban tarde a tarde su vida intelectual, artística y afectiva fueron un subterfugio para superar el dolor y la incertidumbre de un cáncer recién diagnosticado y contra el que María Elena Walsh luchaba con quimioterapia.
Graciela Massuh pregunta para estar cerca de la persona querida. Pregunta porque le intrigan las formas que toma el talento en un artista. Pregunta porque en esas respuestas parece estar no solo el modo de entenderla, sino también la clave de la propia búsqueda existencial.
Las grabaciones, realizadas durante seis meses en 1981, transcritas a páginas oficio, revisadas de puño y letra por la protagonista y guardadas durante décadas en cajas, esperaron el tiempo propicio para la relectura.
Enlazados amorosamente las ideas y los recuerdos de ambas, Nací para ser breve se transforma en una máquina delicada y precisa, que da cuenta —mientras vela, mientras desnuda— de las particularidades del mundo intelectual porteño desde los años cincuenta y, más allá, de la historia social del país en el siglo XX. Pero también de una mirada profunda sobre los vínculos. Porque, como dice la autora de este libro, "no hay nada más desgarrador que revivir la juventud en voces o imágenes que dan constancia de la inexorable materia de la que estamos hechos: el tiempo".
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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