El nueve de enero de 1950, hace hoy 68 años, moría en un cuarto en Marianao el bardo Manuel Corona, paradigma de la canción trovadoresca cubana y un hijo de Caibarién al que cada enero la Villa Blanca le rinde homenaje en resistencia perenne a su olvido.

ACN | Mairyn Arteaga Díaz - Por Manuel Corona se realiza desde hace 22 almanaques el Festival Nacional de Trovadores que en el centro de la Isla lleva el nombre de su musa inspiradora: Longina, y que perpetua la historia de una canción nacida desde las entrañas del amor.
Cuentan algunos que la pieza fue compuesta por encargo pero los más románticos se aferran a la idea de que surgió como fruto de una pasión incomprendida, esas que paren grandes obras de la cancionística nacional y que se defienden de boca en boca, incluso más allá de las fronteras del país.
Según testimonios de la también compositora María Teresa Vera, que constan en varias investigaciones, un domingo de octubre de 1918 es que ocurre el encuentro entre Corona y Longina.
Aseguraría Vera que en su casa se cantaba y bailaba cuando la dama llegó en compañía de un periodista, y que este le pidió al juglar caibarienense le compusiera una canción, sin sospechar siquiera que lo perpetuaría incluso después de su desaparición física.
Desde entonces el lenguaje misterioso de los ojos de Longina O´Farril sería verso recurrente en las cantatas que llegan hasta estos días, un tema indispensable cuando de trova cubana se habla.
En 1968 los restos de Corona encuentran final sepultura en el camposanto de Caibarién, que recibiera dos décadas después a su musa inspiradora para descansar hasta ahora en un letargo marcado por el amor y la música.
Este nueve de enero bardos de varias regiones del país pasan en peregrinación por las tumbas para rendir tributo a ambas figuras, una tradición que ya se espera en los días del festival.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.
Amanda Jara, hija de Víctor Jara y presidenta de la Fundación que lleva el nombre del músico chileno participa estos días en distintos actos en Barcelona relacionados con actividades de la institución que dirige. Amanda Jara habla desde una vida atravesada por la resistencia y la necesidad de mantener vivo un legado familiar y artístico, pero se presenta ante todo como una mujer consciente del mundo que habita, alejada de cualquier voluntad de construir una imagen heroica de sí misma.

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