El cantautor ecuatoriano Carlos Rubira Infante falleció esta mañana a los 96 años como consecuencia de un infarto en el hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, de los Ceibos, según confirmó su hijo Pedro Rubira.

PL | Redacción - Carlos Rubira Infante (Guayaquil, Ecuador 1921) fue autor de más de 400 canciones, conocidos pasillos, pasacalles, sanjuanitos o albazos, entre ellos el tema: Guayaquileño, madera de guerrero, que se convirtió en el himno de esa ciudad portuaria.
Debido a su larga trayectoria en el mundo de la música, Carlos Rubira se ganó el derecho a ser parte del Salón de la Fama de Compositores Latinos, distinción que recibiría en octubre próximo.
En las redes sociales, múltiples son los mensajes de cariño y admiración hacia el cantautor y de solidaridad con su familia.
"Una inmensa pérdida para el país. Todo lo que ha aportado a la música sobre todo al sentimiento patrio que debemos tener todos, el sentimiento de identidad con el suelo", afirmó el presidente de la república, Lenin Moreno.
Por su parte, el ministro de Cultura y Patrimonio, Raúl Pérez, señaló: "Carlos Rubira Infante, creador nato que entregó al país innumerables piezas musicales entre pasillos, pasacalles, sanjuanitos, albazos, valses, y otros géneros. Formador de grandes voces y promotor musical. Su fallecimiento deja un gran vacío en el ámbito cultural del país".
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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