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Escúchalo en Apple MusicMarzo de 2017
![]() Mayte Martín.
© Isabel Camps
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Mayte Martín pertenece a esa estirpe de artistas atemporales, unidos por la hondura y la asombrosa sinceridad del canto.
Ahijada y discípula de la Niña de los Peines, arraigada en el paisaje melódico de Juanito Valderrama, es también heredera de la emoción mesurada de los crooners y del magnetismo del tango.
Esto no es porque su música se dirija hacia el apego fácil del mestizaje, sino porque su cautivadora voz abarca todos estos géneros, dándoles nueva envergadura, reinterpretando la pureza de cada uno de ellos y salvándolos cada vez del riesgo que, las músicas que no se mezclan, tienen de aterrizar en lo estéril.
Por otra parte, por la parte emotiva y sensitiva que desprende de la obra de esta Gloria Fuertes de la canción, podríamos decir que la voz de Mayte Martín es una especie de sentido en sí misma, un sexto, refinado y milagroso sentido, que toca, bebe, olfatea, percibe y vislumbra todo lo que está cantando.
Sirenas, como ella, debieron de plantear a su público, desde el principio de la historia de la música, es decir de la humanidad, el reto de enfrentarse a un canto que lo ponga a uno ante sus miedos y esperanzas.
Un canto que nos hace, en fin, sentirnos vivos.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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